Las recientes declaraciones del presidente José Antonio Kast no son hechos aislados ni simples polémicas comunicacionales. Forman parte de una corriente política internacional que ha construido identidad a partir de la desconfianza hacia la ciencia, el ambientalismo y el conocimiento experto. Una lógica que ya se vio en líderes como Javier Milei, Donald Trump o Jair Bolsonaro.
Durante campañas anteriores, Kast afirmó que “el agua de los ríos se pierde en el mar”, reduciendo el ciclo natural del agua a una visión puramente extractiva y económica. La frase ignoraba que los ríos, desembocaduras y océanos forman parte de un sistema ecológico indispensable para la regulación climática, la biodiversidad y la disponibilidad futura de agua.
Ahora, el mandatario vuelve a instalar controversia al cuestionar la relevancia de los humedales, ecosistemas fundamentales para amortiguar inundaciones, capturar carbono y preservar biodiversidad. En tiempos de crisis climática, los humedales son considerados infraestructura natural estratégica en todo el mundo. Pero desde esta mirada ideológica aparecen como un obstáculo para el crecimiento económico rápido o para intereses inmobiliarios.
Más grave aún fue su comentario respecto de la investigación científica, al afirmar que muchas investigaciones terminan “en un bonito libro”, sin generar empleos. La frase revela una visión profundamente cortoplacista, donde el conocimiento solo tendría valor si produce rentabilidad inmediata.
Y la contradicción es evidente. Chile ya se encuentra entre los países que menos recursos destinan a ciencia e innovación dentro de la OCDE. Mientras las economías desarrolladas entienden la investigación como una inversión estratégica para aumentar productividad, diversificar industrias y generar valor agregado, Chile sigue apostando una fracción mínima de su economía al desarrollo científico. El país invierte cerca del 0,4% de su PIB en investigación y desarrollo, muy lejos del promedio OCDE, que supera el 2,7%.
Aun así, y pese a ese bajo nivel de inversión, la ciencia chilena ha conseguido avances notables. Investigadores nacionales han liderado estudios astronómicos de relevancia mundial, desarrollado innovación en minería sustentable, impulsado investigaciones clave en energías renovables, biotecnología y manejo del agua, además de aportar en medicina, vacunas y monitoreo climático. Chile se ha convertido en una plataforma científica global en astronomía gracias a sus cielos únicos y al trabajo de generaciones de investigadores y universidades que muchas veces operan con presupuestos limitados y enorme precariedad.
Es decir, incluso con escasos recursos, la ciencia chilena produce conocimiento, innovación y prestigio internacional. La pregunta inevitable es cuánto más podría aportar si existiera una política de Estado que entendiera la investigación como motor de desarrollo y no como un lujo prescindible.
Incluso sectores tradicionalmente alejados de la izquierda política han cuestionado esa mirada. Un editorial de El Mercurio recordó que las grandes innovaciones productivas suelen surgir precisamente de descubrimientos científicos que, en un comienzo, no tenían una aplicación comercial inmediata. El texto además destacó un dato contundente: distintos estudios internacionales muestran que por cada peso público invertido en investigación y desarrollo, el retorno para el país alcanza al menos cinco pesos en crecimiento, productividad e innovación.
Es decir, aquello que Kast reduce a “un bonito libro” termina siendo muchas veces la base tecnológica de industrias completas, nuevos empleos y avances que transforman sociedades enteras.
La historia de la ciencia está llena de ejemplos de investigadores que fueron ridiculizados, ignorados o considerados inútiles antes de cambiar el mundo. Charles Darwin fue atacado durante décadas por su teoría de la evolución. Albert Einstein era visto por muchos como un académico abstracto alejado de la realidad práctica, pese a que sus descubrimientos terminaron revolucionando la física moderna y la tecnología contemporánea. Louis Pasteur enfrentó enormes resistencias cuando planteó la teoría microbiana de las enfermedades, base de la medicina moderna y de millones de vidas salvadas.
Ninguno de ellos podría haber justificado sus investigaciones diciendo cuántos empleos crearían en el corto plazo. Y, sin embargo, sus descubrimientos terminaron cambiando la humanidad.
Es el mismo patrón discursivo que se ha visto en otras derechas populistas contemporáneas. Trump relativizó durante años la evidencia sobre el cambio climático y debilitó agencias ambientales en Estados Unidos. Bolsonaro atacó estudios sobre deforestación en la Amazonía y enfrentó constantemente a la comunidad científica brasileña. Milei, por su parte, ha cuestionado consensos científicos sobre el calentamiento global y promovido fuertes recortes a organismos de investigación en Argentina.
En todos estos casos existe un elemento común: convertir a la ciencia, las universidades y los organismos técnicos en enemigos simbólicos de una supuesta “élite ideológica”. El experto pasa a ser sospechoso; la evidencia científica se relativiza; y cualquier regulación ambiental es presentada como una traba al crecimiento.
El problema es que la realidad no funciona por consignas. La crisis hídrica no desaparece negando el cambio climático. Las inundaciones no se evitan destruyendo humedales. Y las economías modernas no se desarrollan despreciando la investigación científica.
Internet, las vacunas, la inteligencia artificial, la energía solar o la innovación minera nacieron precisamente de investigaciones que durante años parecían no tener utilidad económica inmediata. Los países que lideran el desarrollo mundial entendieron hace décadas que invertir en ciencia no es un lujo: es una condición para el futuro.
Chile enfrenta desafíos enormes: escasez hídrica, adaptación climática, diversificación productiva y crecimiento sostenible. En ese escenario, las señales del gobierno preocupan no solo por su contenido, sino por la visión de país que reflejan.
Porque detrás de estas declaraciones no hay solo ignorancia científica o provocación política. Hay una forma de entender el mundo profundamente limitada: una visión donde todo debe medirse en rentabilidad inmediata, donde la naturaleza solo vale si puede explotarse y donde el conocimiento pierde sentido si no genera utilidades en el corto plazo.
Es el triunfo del cortoplacismo sobre cualquier idea de futuro.
Bajo esa lógica, los humedales son un estorbo, la investigación científica un gasto inútil y la crisis climática apenas una incomodidad discursiva. La política deja de pensar en las próximas generaciones y pasa a obsesionarse únicamente con balances rápidos, cifras instantáneas y réditos inmediatos.
Pero las sociedades que progresan no se construyen desde el fanatismo ideológico ni desde el desprecio por la evidencia. Se construyen entendiendo que la ciencia, la educación, la protección ambiental y la investigación son inversiones estratégicas para el desarrollo humano.
Lo verdaderamente preocupante es que esta mirada no solo degrada la discusión pública: también reduce al propio ser humano a una variable económica más. El valor de las cosas pasa a depender exclusivamente de cuánto dinero producen. Y cuando una sociedad comienza a medirlo todo bajo esa lógica —la naturaleza, el conocimiento, la cultura e incluso las personas— termina perdiendo algo mucho más importante que crecimiento económico: termina perdiendo sentido de civilización.


