IniciocartasEl tiempo en las bastillas

El tiempo en las bastillas

Anoche después de asistir al concierto de Fernando Ubiergo, fluyó en mi sesera un pensamiento que me incitó a que nacieran estas letras: No fue simplemente un evento musical; fue un viaje íntimo hacia una parte de mí que creía dormido.

Todo comenzó al cruzar la puerta de ese teatro escogido por los amigos de Café Utopía, un espacio  acogedor que parecía suspendido en el tiempo, como si supiera que esa velada no iba a ser cualquiera.
El ambiente estaba cargado de una emoción silenciosa. No éramos solo espectadores, éramos cómplices de una memoria compartida. Rostros atentos, algunos con sonrisas nostálgicas, otros con esa mirada lejana que aparece cuando el pasado toca suavemente la puerta.

Cuando Ubiergo apareció junto a sus músicos -Pablo, Felipe y Jorge-, no hubo estridencias, solo una presencia serena, casi familiar. Y entonces comenzó la magia.

Bajo los certeros dedos de Pablo Ubiergo al piano, la melodiosa voz de su padre parecía recuperar una fuerza antigua, como si cada acorde fuera un puente directo hacia el pasado. Había en esa interpretación algo más que técnica: era herencia, era sangre, era historia viva. Y cuando el acordeón se dejaba oír, traía
consigo ecos lejanos, recordándonos la infinidad de tangos que Fernando había escuchado en su niñez junto a su propio padre.

Aquel hombre -figura íntima y decisivano solo le transmitió melodías, sino también el amor por la palabra,
convirtiéndose en un silencioso tutor de la poesía que emana en sus letras. Fue allí, en esa raíz profunda, donde germinó el impulso de Fernando por crear música con sentido, con belleza, con alma.

Las primeras notas bastaron para transportarnos. Canciones que alguna vez fueron banda sonora de nuestra juventud regresaron con una fuerza renovada. Los punteos estilo barroco en los mágicos dedos de Felipe, acariciando la guitarra flamenca, se entrelazaban con las melodiosas notas que emanaban de la
flauta traversa, que de igual perspicacia Jorge lograba adornar el espacio de la sala, llenando nuestros oídos de sonidos suaves y transportadores.

Pero esta vez no eran solo melodías conocidas: eran historias que se abrían ante nosotros con una claridad nueva.

Entre canción y canción, Ubiergo hablaba. Y en esas pausas, quizás más que en la música misma, ocurrió algo profundo. Explicaba el origen de sus letras, las emociones, las vivencias que las habían inspirado. De pronto, versos que habíamos repetido durante años cobraban otro sentido. Era como si alguien nos tradujera nuestro propio pasado.

Y fue entonces cuando la música dejó de ser solo recuerdo para convertirse en emoción pura. Me removió hasta los lagrimales, la música de Fernando y su grupo; la vivimos suspendido en un hilo fino de melancolía, como si cada acorde trajera consigo un pasado que existió y que, de algún modo, nos marcó con una tristeza infinita, dulce y profunda a la vez.

Cuando Agosto era 21, nos traslado al vientre de nuestras madres y nos recordó que todos fuimos cometas, que los juicios no se deben hacer, que no seamos la mano que lanza la primera piedra.
Recuerdo especialmente ese momento en que una canción que siempre había asociado con mi etapa juvenil, se reveló, en sus palabras, como una reflexión sobre la pérdida y el tiempо. Un tiempo difícil para muchos de los que allí estábamos compartiendo emociones, un tiempo de prohibiciones y toque de queda, un tiempo de libertades rotas y muertes.

A quién le importarán las cosas que no son De Dios !!
Recordé a los que ya partieron, a los que no puedo abrazar cada día, a los que quisiera tener a mi lado y apachachar, recorrí en un arcoíris de matices y sonidos a los entrañables viejos que han tocado mi corazón, a los que ya habitan en otra estrella y no veré más. Sentí un nudo en la garganta. Miré alrededor, y supe que no era el único, que sentía una lágrima de agradecimiento rodar por la mejilla.

Pablo, Felipe y Jorge no solo acompañaban: eran parte esencial del relato. Sus interpretaciones daban nuevas texturas a cada canción, elevándolas sin quitarles su esencia. Había complicidad entre ellos, respeto, y sobre todo, una sensibilidad que se transmitía sin esfuerzo.

Fernando nos habló del amor a los canes y como había bautizado un cachorro que le habían regalado:
Can-Dado !! Sacó varias carcajadas por tan peculiar nombre. Recordé al mío al que deje atrás cuando
emigré a la tierra de las sombras largas.

Creo que el amor no solo fluye a nuestros cercanos, si no que este nos hace más grandes cuando lo damos a todas los seres vivientes y naturaleza alrededor en nuestro maltratado planeta, y el mensaje
de Fernando se asemejaba bastante al mío, y en sus letras y melodías, nos entregaba y removía nuestros
sentimientos en cada canción que nos regalaba la noche de ayer.

Al final del concierto, nadie quería irse. No porque faltaran canciones, sino porque habíamos encontrado algo más que música: una conexión, una comprensión más profunda de lo que fuimos y de lo que somos.
Salimos de esa sala con el corazón apretado y a la vez agradecido. Junto a mi compañera Ximena y un grupo de queridas amigas, caminamos en silencio por unos momentos, como cuidando lo vivido.
Llevábamos dentro una melancolía envuelta en gratitud, esa sensación de haber podido escabullirnos en ese rinconcito del alma que siempre está ahí… esperando ser despertado, para recordarnos que todos, cada uno de nosotros, solamente somos piezas de una sola ecuación.

Esa noche no solo escuché canciones de mi juventud. Las entendí. Y en ese entendimiento, descubrí que algunas emociones nunca envejecen, solo esperan el momento adecuado para ser comprendidas.

Gracias, Fernando, por traer tu mensaje hasta estas lejanas tierras escandinavas.
Gracias por despertar en mi y en todos los que asistimos a escucharte, que Orión nos vigilia para que nos demos cuenta que debemos ser mas polvo de estrella, que pólvora de cañón !!

Rolo…….2026-03-29

Rolando Soto, chileno residente en Suecia

Debes leer

spot_img