Al discurso del país en ruinas, del que se cae a pedazos, le sigue hoy el de la reconstrucción nacional. Hay que recuperar el país de la ruina en la que estamos. Menos mal que a nadie se le ocurrió ser más temerario y pedir donación de joyas y argollas matrimoniales a cambio de simbólicos anillos de cobre, como ocurrió en otros tiempos, aunque de alguna manera un tufillo a ello se siente en la forma como se ha instalado el discurso y el gobierno debutante.
Lo interesante es que para lograr esta reconstrucción, según hemos leído y aunque parezca contraintuitivo, se rebajará el impuesto de primera categoría que afecta a la gran empresa, otro tanto se hará con el impuesto a herencias y donaciones, se suprimirá el pago de contribuciones a la primera vivienda y una que otra disposición más en este sentido que disminuirán significativamente la recaudación de ingresos fiscales que, dada la iniciativa legislativa propuesta, los ágiles de la moneda entienden que esos gravámenes tributarios en nada contribuyen a la reconstrucción. (A todo esto, todavía no me queda claro qué es lo que hay que reconstruir)
Será que me estoy poniendo viejo, pero como que me cuesta encontrarle el sentido y la lógica a esta propuesta. Si le sumamos a ello una rebaja del 3% al presupuesto de todos los ministerios, muchos de los cuales se están preguntando cuál santo desvisten – sobre todo salud cuando mira la lista de espera que ahí está, en espera- pareciera que alguien o no sacó bien las cuentas o no sabe qué hacer con la cantinela del país en quiebra que nos dejó el mal gobierno de Boric. Entonces, para persistir en esta idea y en un intento de giro mediático, sugieren (por lo que hacen) que para repararlo no necesariamente se requiere incurrir en gastos. Ni siquiera es necesario explicarlos. ¿Quién dijo que para reconstruir el país se necesita dinero?, sobre todo de los que más tienen? Vuelvo a sentir el tufillo ese que mencioné más arriba, cuando recuerdo a quien no quiero recordar, diciéndole al pueblo que había que cuidar a los ricos.
De alguna manera vuelve a percibirse el ochentero discurso de que el mercado es el gran asignador de recursos. El maná lloverá del cielo si se ponen los incentivos necesarios en los lugares adecuados y en los agentes adecuados -Sanhattan para mayores señas- donde habitan, huelga decirlo, los beneficiarios de esta iniciativa; y si hay que pagar algo, bueno empecemos por trasladar el costo de la guerra por el petróleo de Irán que inició el gurú de nuestro presidente, para demostrar (digámoslo) tanto lo grande que es “américa” como lo enorme que la tiene. Así que, mesocrático ciudadano de este lindo país esquina y esforzado asalariado que me escucháis o leéis, paguen la bencina en su costo real si quieren usar el toco-mocho que está pagando en 60 cuotas, porque para socialistas medidas de subsidio no estamos, porque no hay plata y valga la redundancia, son socialistoides y para cosas así no hay cabida y si se quiere se lo explico con el cuento de lo que le serviría aprender a pescar en vez de que le regalen pescado.
Pero, de qué sirve preocuparnos, vienen tiempos peores – aquí y around the world – y por acato, quedan 3 años y once meses por delante para acomodar esta carga, aguantar los corcoveos y, tengo la impresión, aguantar también la conducta parlamentaria que no sé por qué me huele que va a ser similar a la que ha tenido el congreso de Estados Unidos con Trump y el argentino con Milei. Más si observamos que muchos de los que allí llegaron con sólidos principios, como dijo Groucho Marx, me parecen disponibles para recurrir a otros si aquellos no gustan y es del caso matizarlos. El mercado, el gran asignador de recursos, se encargará de ello.


