InicioOpiniónCamilo Escalona: coherencia en tiempos de fragmentación

Camilo Escalona: coherencia en tiempos de fragmentación

Inconfundible entre sus pares, Camilo Escalona ha vivido la política con intensidad y convicción. Su estilo directo, su carácter y hasta su imagen lo convierten en una figura reconocible dentro del escenario político nacional. A pesar de su relevancia pública, siempre mantuvo una disposición abierta al diálogo, con franqueza, sin dobleces ni intereses mezquinos.

Fuimos colegas en la Cámara de Diputadas y Diputados, particularmente en la Comisión de Educación, donde su aporte fue significativo y constante. No se limitaba a intervenir formalmente; lo hacía con conocimiento, con mirada política y con una comprensión profunda del país.

Su extensa vida pública invita a la reflexión. Representa una forma de ejercer la política con vocación de servicio, con consecuencia y con sentido histórico. Su trayectoria no ha estado marcada por escándalos ni por beneficios personales, sino por la defensa de ideas y convicciones, aun cuando estas resultaran incómodas.

Ha manifestado reiteradamente su preocupación por el desprestigio de las instituciones, especialmente del Congreso Nacional. Sin legitimidad institucional, la democracia pierde sustento, se debilita la convivencia cívica y se erosiona la confianza ciudadana.

Hombre de convicciones firmes, a veces intransigente, pero siempre coherente. Su compromiso con el Partido Socialista ha sido tan profundo como su sentido de país. Desde joven asumió responsabilidades públicas, incluso en contextos adversos y complejos.

Durante los años previos al golpe de Estado, participó activamente como dirigente estudiantil. Tras el quiebre democrático, fue perseguido y debió vivir en la clandestinidad. Contó con la solidaridad de quienes arriesgaron su seguridad para protegerlo, en tiempos donde la política se pagaba con la vida.

Posteriormente, se asiló y partió al exilio. Su paso por distintos países marcó su formación política e intelectual. Regresó clandestinamente a Chile con el objetivo de contribuir a la reorganización del Partido Socialista, duramente golpeado por la represión.

Ha sido constante en recordar a sus compañeros detenidos desaparecidos, entre ellos Carlos Lorca, símbolo de una generación truncada. Esa memoria no es retórica: es parte de su identidad política.

Su rol en la transición a la democracia fue relevante. Participó en la construcción de acuerdos políticos que permitieron estabilidad institucional durante décadas. Ese proceso exigió diálogo, generosidad y capacidad de anteponer el país por sobre las diferencias.

Fue elegido en múltiples ocasiones como diputado y senador, llegando a presidir el Senado. Desde ahí impulsó una visión de convivencia democrática basada en el respeto a las reglas del juego y en la legitimidad de los acuerdos.

Hoy, alejado de la primera línea por razones de salud, mantiene una preocupación constante por el país. Advierte sobre la violencia, el narcotráfico y la pérdida de sentido en sectores de la juventud, planteando la necesidad de recuperar valores y oportunidades.

También ha insistido en la importancia de reconstruir la confianza en el sistema judicial. Sin justicia creíble, el orden democrático se resiente y la sociedad pierde cohesión.

Intelectual, escritor y figura polémica, su estilo directo le ha generado tanto reconocimiento como críticas. No siempre ha sido funcional al poder, pero sí consistente con sus ideas.

En tiempos de fragmentación política, su trayectoria adquiere un valor especial. No como nostalgia, sino como referencia de una forma de hacer política con convicción, memoria y responsabilidad.

Más allá de coincidencias o diferencias, su vida pública representa una forma de compromiso sostenido con el país.

Fuerza, estimado Camilo. Aún hay reflexión y aporte por entregar a Chile.

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