Lo que debía ser una jornada de distensión por el tradicional «jeans day» en el Instituto Obispo Silva Lezaeta, se transformó en el escenario de una tragedia que la policía civil no duda en calificar como una «masacre». Investigaciones reveladas originalmente por La Tercera exponen que el ataque perpetrado por Hernán Meneses Leal (18) no fue un arrebato de locura momentánea, sino una operación meticulosamente calculada durante al menos cuatro meses.
El manifiesto de un ataque anunciado
La pieza clave de la investigación es un cuaderno incautado en la habitación del joven. En sus páginas, Meneses redactó una bitácora del horror: inicialmente, su intención era asesinar a menores de edad para «evitarles el sufrimiento de la adultez» y el abandono, aunque luego el plan mutó hacia una matanza indiscriminada que debía terminar con su propio suicidio.
Para financiar su arsenal, el estudiante sustrajo 500 mil pesos a su madre, dinero con el que adquirió cuchillos de doble filo, gas pimienta, jeringas con cloro y hasta una katana que llevaba oculta bajo una cartulina el día del ataque.
La ejecución y el «héroe» de 15 años
El viernes 27 de marzo, cerca de las 10:30 horas, Meneses salió de los baños del colegio encapuchado y con antiparras. Tras atacar con gas pimienta a la inspectora María Victoria Reyes (59), le propinó múltiples puñaladas con un arma de 30 centímetros, causándole la muerte en el patio del recinto.
La tragedia pudo ser mayor si no fuera por la intervención de un estudiante de 15 años, hoy calificado como héroe, quien logró tacklear y reducir al agresor mientras este se dirigía hacia una clase de música para continuar el ataque.
Interpretación: El peligro de la «emulación» silenciosa
Más allá de la crónica policial, este caso enciende las alarmas sobre un fenómeno inquietante: la importación de patrones de violencia escolar estadounidenses. Las pericias de la PDI hallaron en el dormitorio de Meneses inscripciones alusivas a autores de masacres en EE. UU., lo que sugiere que el joven buscaba replicar una estética y una narrativa de «venganza escolar» que hasta ahora parecía ajena a la realidad nacional.
Este evento no solo desnuda la fragilidad de los protocolos de seguridad en los colegios ante amenazas internas, sino que también pone el foco en el aislamiento digital y la salud mental. Con diagnósticos previos de depresión severa y TEA, Meneses operó en un silencio que nadie supo interpretar, transformando su habitación en un búnker de radicalización personal. La justicia ahora enfrenta el desafío de procesar un crimen donde la planificación técnica colisiona con un historial de vulnerabilidad psicológica, bajo la sombra de una posible cadena perpetua.


