Si los hermanos Marx, no parientes de don Carlos sino actores cómicos norteamericanos ya fallecidos, vivieran en el Chile de hoy, creeríamos que el guion de su película Sopa de Ganso (1933) es un plagio de algún informe de la ANI. O la filtración de un memorandum de asesores de política exterior de la actual presidencia. Tanto es el absurdo que quizás también en el guion buscaríamos la clave para salir del embrollo.
Pero es el tercer milenio y el quinto gobierno desde el año 2000. Y la realidad es que estamos en un régimen político en crisis por su presidencialismo ultra centralizado. Con sus centros de poder institucional como el parlamento y el poder jurisdiccional desarrollándose como se ayuda a madurar las brevas en el campo: empapándolas con guano de gallina. Es decir, funcionando sin enraizamiento republicano, ni coordinación ni una modernidad de mundo digital con sólidos principios de responsabilidad, transparencia y control.
En este escenario, las grietas del Estado son demasiado grandes y nadie debiera extrañarse de los tumbos que da el nuevo gobierno. Similares a los que dio el anterior, y los anteriores del anterior, desde Bachelet II y el trancazo del estallido social de Sebastián Piñera.
Para volver a la racionalidad y a un ejercicio de gobernabilidad y gobernanza posibles, la elite política debe auto prescribirse bajar los decibeles de los discursos políticos, lleno de peticiones de renuncias, citas de autoridad moral y cosas parecidas. Y volver a una agenda de racionalidad nacional en las propuestas. Eso sí, con un ejercicio de silencio sacro, no para interiorizar la palabra de Dios -somos una república laica- sino para calmar la demagogia social siguiendo el principio de que en mucho prometer y criticar hay un daño al país y un descrédito personal.
En La Araucana el Canto XX, que relata el “Retiro de los araucanos con pérdida de mucha gente…,” los cuatro primeros versos de la primera estrofa, escrita en octava real por Alonso de Ercilla, dicen: “Nadie prometa sin mirar primero / lo que de su caudal y fuerza siente, / que quien en prometer es muy ligero/ proverbio es que despacio se arrepiente”. Si se toma el trabajo de leer el resto de la estrofa y la siguiente, es imposible negar que su contenido parece un mensaje sagrado para la política, en cualquier tiempo y lugar, escrito en el fin del mundo el año de 1590: se debe honrar la palabra empeñada y no sembrar vanas esperanzas que solo destruyen la confianza.
El gobierno ha hablado de manera liviana de un país quebrado que va a curar con sus acciones. Lo promete con descuido y displicencia, olvidando el carácter plural de Chile, y que el diálogo y la gradualidad favorecen más la adhesión y el entendimiento en democracia, que el uso autoritario y violento de cualquier medida.
A su vez, que por plural y democrático, sus gobernantes imberbes tienen derecho a aprender, requieren de tiempo para consolidarse y merecen el beneficio de la duda, con el transcurso de un tiempo razonable. Así ocurrió con el anterior gobierno en sus intentos constitucionales desbocados, del cual también fueron conmilitones los actuales, con la segunda convención constitucional que perdieron.
Nadie le pide al gobierno que no use sus prerrogativas. Tampoco al ministro de Hacienda que sea simpático. Solo que no sea bobo sino prudente. Casi lo mismo que a la vocería de gobierno. A este se le pide que considere que la ciudadanía es plural en todo sentido y que en esa pluralidad la gradualidad, y el diálogo y la consulta son instrumentos de gobierno. A menos que efectivamente quiera hacer una revolución, caso en el cual la elección de diciembre habría resultado un acto fallido. Si por el contrario no hay engaño democrático, debe quedar en evidencia que los ciudadanos no son una masa uniforme, moldeable a cualquier circunstancia, sino electores con voluntad y conciencia, y que en una democracia validan y deciden la estabilidad de los gobiernos. Eso se llama dignidad y respeto.
Al equipo ministerial se le pide transparencia y responsabilidad en sus actos y al ministro de Hacienda se le exige coherencia. Si llama a la ciudadanía a apretarse el cinturón, no debe doblarles el sueldo a los asesores de confianza del gobierno hasta 10 mil dólares mensuales. Su sueldo se paga con el IVA de los huevos, el pan y toda la canasta básica de alimentos que pagan todos los chilenos.
El paquetazo económico, explicado por el alza de los combustibles y la guerra de EE.UU con Irán, se percibe una decisión hostil y brutal para la ciudadanía. Tal como se ideó es brusca y sin retornos al bolsillo de quienes pagan. No hay posibilidad de que el alza decretada y pagada en la cadena de circulación de bienes pueda tener retornos al bolsillo de la ciudadanía. Incluso si llegara a bajar el precio del crudo o se acabara la guerra. Las compensaciones son bienvenidas como mitigación, pero el alza en una cadena casi infinita de actos de consumo e intercambio no volverá jamás bajo ningún concepto. El daño ya fue internalizado en las proyecciones de crecimiento e inflación por el Banco Central.
Es inevitable que el gobierno pierda popularidad con la medida y parece imposible que dé marcha atrás como pide la oposición. Sus errores son propios y no la culpa de “los otros”, pero queda en duda la inquietud social. El gobierno recién comienza y es esperable que tenga sensibilidad de gobernabilidad en las tareas que se ha autoimpuesto. Sobre todo, en seguridad interior. Sobre la política internacional, incluida Bachelet, es tema para otra larga columna editorial. Gracias Groucho Marx por la anticipación.


