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Santiago entre dos imperios

EL ÁGUILA DE PAPEL Y EL TRIÁNGULO IMPOSIBLE

Las opciones reales de EEUU sobre Chile en el nuevo orden global

En el contexto de la crisis del Golfo Pérsico y la Operación Epic Fury

«Quien se arropa con Estados Unidos, amanece desnudo.» — Atribuido a Hosni Mubarak y a Anwar Sadat — Capitales del Golfo, marzo de 2026

 

PRÓLOGO: EL ESCUDO QUE SE MOJÓ

Hay una pregunta que ningún asesor del gobierno de José Antonio Kast parece haberse formulado con la seriedad que merece: ¿qué ocurre cuando Beijing decide que un país ha cruzado una línea roja? La respuesta no es teórica. Está documentada en casos recientes y en cada uno de ellos se repite una gramática del castigo que Chile debería estudiar como quien estudia el manual de defensa de un adversario que todavía llama socio comercial.

Pero hay una segunda pregunta, igualmente incómoda, que tampoco se formula: ¿qué ocurre cuando Washington pide lealtad y no puede —o no quiere— garantizar protección a cambio? Esta segunda pregunta es la que los eventos de febrero y marzo de 2026 han convertido en urgente.

La Operación Epic Fury —el bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciado el 28 de febrero de 2026— y sus consecuencias sobre los estados del Golfo Pérsico han revelado algo que la geopolítica latinoamericana todavía no ha procesado: el paraguas de seguridad estadounidense, por el que tantos países han pagado con soberanía, autonomía y concesiones comerciales, puede estar hecho de promesas, no de acero.

Este análisis examina las opciones reales —y las presiones concretas— que Estados Unidos puede ejercer sobre Chile en el contexto del Escudo de las Américas, la rivalidad sino-estadounidense y el nuevo desorden global inaugurado por los eventos del Golfo.

I. EL ESCUDO DE LAS AMÉRICAS: QUÉ PIDE WASHINGTON Y A QUÉ PRECIO

El marco del Escudo de las Américas no es un tratado de libre comercio. Es un esquema de alineamiento en materia de seguridad hemisférica que, en su formulación más concreta, exige de los países de la región tres cosas: distancia estratégica de China en infraestructura sensible (telecomunicaciones 5G, puertos, litio), posicionamiento público favorable a Washington en disputas geopolíticas clave, y —en el caso de los países con mayor dependencia de commodities— la disposición a priorizar el acceso del capital estadounidense sobre el chino en sectores estratégicos.

Lo que Washington ofrece a cambio, según sus propios portavoces, es: protección diplomática, acceso preferencial a mercados norteamericanos, y —en el plano retórico— solidaridad hemisférica frente a coerción externa. Lo que Washington no ofrece es lo que más importa: un paquete de compensación comercial equivalente al que la Unión Europea proporcionó a Lituania cuando Beijing la sancionó por la cuestión taiwanesa.

Las palancas de presión directa

Las herramientas concretas que Washington puede —y suele— activar sobre países que no se alinean tienen varios niveles de intensidad:

Presión diplomática graduada: desde declaraciones de preocupación hasta la recalificación de un socio como ‘economía no cooperante’. En el caso de Chile, esto podría manifestarse como señales negativas en instancias multilaterales donde Washington tiene peso, como el FMI, el Banco Mundial o el BID.

Restricciones de acceso a tecnología: bajo el marco ITAR (International Traffic in Arms Regulations) y los controles de exportación de tecnología dual, Washington puede restringir el acceso chileno a tecnologías sensibles si considera que Chile no cumple los estándares de seguridad requeridos.

Presión sobre inversión privada: el aparato regulatorio y los fondos de inversión estadounidenses —que financian parte significativa de la deuda corporativa chilena— pueden recibir señales informales de que ciertos proyectos en Chile son ‘de riesgo geopolítico’. Esto no requiere decretos ejecutivos; basta con que el CFIUS o el Departamento de Comercio emitan directrices ambiguas.

El Escudo de las Américas como amenaza velada: la lógica más poderosa es la más implícita. Si Chile no se alinea, puede quedar fuera del perímetro de protección diplomática estadounidense. En un mundo donde Beijing practica coerción económica sistemática, quedar fuera de ese perímetro sin tener alternativa es un riesgo real. El problema es que, como veremos, el perímetro puede ser una ilusión.

«El Escudo de las Américas es un marco de seguridad, no un tratado de libre comercio. Quien confunda las dos cosas pagará el precio con las cerezas, el vino y el salmón de los productores chilenos.» —

PALANCAS DE EEUU SOBRE CHILE: 

Diplomacia multilateral (FMI, BID, Banco Mundial)

Controles de exportación de tecnología dual (ITAR)

Señales a fondos de inversión y calificadoras de riesgo

Exclusión del perímetro de protección diplomática

Presión sobre acceso a mercados norteamericanos

Lo que Washington no ha ofrecido

La pregunta central que ningún funcionario chileno parece haber formulado en público es: ¿qué compensación concreta ha ofrecido Washington a Chile a cambio del alineamiento que solicita?

Lituania, cuando aceptó el enfrentamiento con Beijing por la cuestión taiwanesa, obtuvo de la Unión Europea un paquete que incluía fondos de compensación directa, acceso preferencial a mercados europeos y un escudo diplomático coordinado entre las 27 naciones del bloque. Chile no ha recibido —ni le han ofrecido— nada equivalente.

No existe actualmente ningún acuerdo firmado, ninguna señal concreta de la política comercial estadounidense, que garantice que Washington compensará a Chile si Beijing decide activar su maquinaria de castigo económico. El acceso al mercado norteamericano no está en juego, porque Chile ya tiene un TLC con Estados Unidos. Y ese TLC no incluye mecanismos de compensación para escenarios de coerción china.

II. LA LECCIÓN DEL GOLFO: CUANDO EL PARAGUAS NO CUBRE

El 28 de febrero de 2026, la Operación Epic Fury cambió algo más que el mapa del Medio Oriente. Cambió la percepción global del valor real de la protección estadounidense.

Qatar alberga la mayor base militar norteamericana de Oriente Medio —la base aérea de Al Udeid, con más de 10.000 efectivos—. Paga por esa presencia, directa e indirectamente, en términos de concesiones políticas, alojamiento de tropas y alineamiento diplomático. Cuando Israel, aliado de Washington, tomó decisiones militares que afectaron los intereses qatarís, Estados Unidos no movió un dedo para impedirlo.

Arabia Saudita ha invertido cientos de miles de millones de dólares en armamento estadounidense durante décadas. Ha sido el cliente más fiel del complejo militar-industrial norteamericano. Sus refinerías quedaron expuestas a drones iraníes mientras Washington se declaraba ‘sorprendido’. Los sistemas de defensa aérea que Estados Unidos vendió a los Emiratos Árabes Unidos —Patriots, THAAD— interceptaron apenas 3 de 189 misiles balísticos iraníes y 121 de 941 drones. Para derribar un dron de 35.000 dólares, se disparó un misil de 1,4 millones de dólares.

COLAPSO DEL PARAGUAS EN EL GOLFO: 

Solo 3/189 misiles balísticos interceptados por sistemas Patriot/THAAD

Solo 121/941 drones derribados en los EAU

Qatar: bombardeada sin respuesta de EEUU pese a albergar base Al Udeid

Arabia Saudita: refinerías expuestas pese a compras masivas de armas

Estados del Golfo debaten cancelar 2 billones USD en compromisos de inversión

La conclusión que los estados del Golfo están extrayendo —a un costo enorme— es la misma que Chile debería extraer leyendo, no viviéndola: el paraguas de protección estadounidense cubre los intereses de Washington, no necesariamente los intereses del país que paga por la cobertura. Cuando hay conflicto entre ambos, el paraguas se cierra.

«Si los países más ricos del planeta, los que más han pagado por la protección norteamericana, no pueden confiar en ella cuando la necesitan, ¿por qué habría de tenerla Chile?» — Análisis geopolítico, marzo de 2026

La fragilidad estructural de la promesa

Existe un dato histórico que los manuales de política exterior latinoamericana raramente incluyen: desde su independencia en 1776, Estados Unidos ha estado en guerra, conflicto armado, intervención militar u operación encubierta durante aproximadamente el 93% de su historia como nación. No es una hipérbole; es una contabilidad histórica documentada. La conclusión que se impone no es que Estados Unidos sea un país belicoso por vocación —aunque eso sea discutible—, sino que su arquitectura de poder, su economía de defensa y su identidad nacional están estructuralmente organizadas alrededor del uso de la fuerza.

Lo que esto significa para Chile es concreto: Washington puede ofrecer protección, pero esa protección siempre estará subordinada a los intereses del complejo militar-industrial estadounidense, a los ciclos electorales de su política doméstica y a sus propias prioridades estratégicas. Chile no controla ninguna de esas variables.

Trump no es una anomalía en este relato: es su forma más desnuda. La administración que impulsa el Escudo de las Américas es la misma que convirtió el analfabetismo moral —la incapacidad estructural de incorporar las consecuencias sobre terceros en el propio cálculo— en política de Estado. Cuando Washington anuncia la muerte de un líder extranjero en Twitter antes de que su propio gobierno lo confirme, cuando declara que necesita ‘aprobar’ al nuevo líder supremo de un Estado soberano, la señal que envía al mundo entero —incluyendo a sus aliados— es que las reglas son para los demás.

III. EL TRIÁNGULO IMPOSIBLE: SANTIAGO ENTRE DOS IMPERIOS

La relación de Chile con las grandes potencias no es bilateral: es triangular. Y los tres vértices de ese triángulo —Beijing, Washington, Santiago— operan con lógicas, tiempos y capacidades radicalmente distintas.

China es el principal destino de las exportaciones chilenas, con un volumen que ningún otro mercado puede absorber en el corto ni en el mediano plazo. El cobre, el litio, las cerezas, el vino, el salmón, la celulosa: el mercado chino no es una opción entre varias para la economía exportadora chilena. Es, en términos prácticos, el mercado.

Estados Unidos, que bajo la lógica del Escudo de las Américas exige alineamiento en materia de seguridad hemisférica, no ha ofrecido —ni tiene incentivos claros para ofrecer— un paquete de compensación comercial equivalente. Y Chile, con una estructura exportadora concentrada en commodities y productos agroindustriales orientados al mercado asiático, carece de la diversificación que le permitió a Australia absorber el golpe chino.

La anatomía del castigo chino: cómo opera

Para entender qué pierde Chile si Beijing decide activar su maquinaria de presión, es necesario entender cómo funciona esa maquinaria. China no aplica sanciones como lo hace Estados Unidos —no hay decretos ejecutivos ni listas negras publicadas—. Lo que hay es más sofisticado: un sistema de castigo que opera bajo el principio de la negación plausible.

El patrón tiene cuatro mecanismos. Primero, la selectividad estratégica: Beijing no corta todo el comercio, sino que identifica los productos más visibles políticamente —aquellos que representan comunidades electorales, regiones sensibles o industrias con lobby— y cierra su acceso al mercado chino. Para Chile, eso significa cerezas (región de O’Higgins, Maule, Biobío), vino (Valle Central, pequeños viticultores), salmón (Los Lagos, Aysén) y celulosa. Mientras tanto, China seguiría comprando lo que no puede reemplazar: cobre y litio.

Segundo, el disfraz regulatorio: las restricciones aparecen como inspecciones sanitarias imprevistas, ‘problemas de calidad’ súbitamente descubiertos, demoras inexplicables en permisos. Están diseñadas para que la víctima no pueda presentar una demanda coherente ante la OMC.

Tercero, la presión sobre terceros: Beijing advierte a empresas de países aliados de Chile que sus productos podrían enfrentar problemas en el mercado chino si contienen componentes chilenos. El objetivo: aislar al país objetivo de sus propias alianzas.

Cuarto, el horizonte indefinido: China no anuncia plazos. La incertidumbre es, en sí misma, parte del castigo. El bloqueo a Noruega duró seis años. La campaña contra Australia se extendió por cuatro. Esa indefinición obliga a los sectores afectados a hacer lobby contra su propio gobierno.

Tres casos documentados: Noruega, Australia, Lituania

Noruega (2010–2016): el costo de la ingenuidad

El pecado fue haber otorgado el Premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo. La respuesta de Beijing fue inmediata: el salmón noruego sufrió una caída del 70% en su cuota de mercado, las relaciones diplomáticas fueron congeladas y las negociaciones de libre comercio, suspendidas. Noruega resistió seis años antes de firmar una declaración donde reconocía —sin usar la palabra ‘disculpa’— el daño causado. Beijing obtuvo lo que quería: un precedente. Lección para Chile: cuando negocias con miedo, el adversario obtiene lo que quiere y tú obtienes un precedente que te persigue.

Australia (2020–2024): la resistencia que funcionó

La ofensa fue pedir una investigación independiente sobre los orígenes del COVID-19. China desplegó su campaña de coerción más amplia hasta la fecha: aranceles del 80% a la cebada, del 218% al vino, bloqueos a la carne, el carbón y las langostas, afectando bienes por más de 20.000 millones de dólares. Pero Australia tenía algo que Chile no tiene: un producto irremplazable —mineral de hierro— que China no podía dejar de comprar. Aprovechó esa palanca, diversificó mercados y China fue levantando las restricciones sin obtener la retractación que buscaba. Lección: resistir tiene un costo, pero ceder tiene un costo mayor. El problema para Chile es que no tiene el mineral de hierro australiano como palanca.

Lituania (2021–presente): la resistencia con red de seguridad

Un país de menos de tres millones de habitantes permitió que Taiwán abriera una oficina de representación bajo el nombre de ‘Taiwán’ —no de ‘Taipéi’, como exige el protocolo informal de Beijing—. La reacción fue desproporcionada: sanciones primarias, secundarias, presión sobre empresas europeas. Pero Lituania contaba con lo que Chile no tiene: el respaldo explícito de la Unión Europea, Estados Unidos y la propia Taiwán, que proporcionaron apoyo económico y diplomático. La oficina sigue abierta. Lección: la resistencia funciona cuando hay un tercer vértice sólido. Para Chile, ese vértice no existe.

EL DATO ESTRUCTURAL QUE CAMBIA TODO: No existe hoy un tercer vértice capaz de compensar lo que Chile perdería si Beijing decide castigarlo.

Washington no ha ofrecido ningún paquete de compensación comercial equivalente al que la UE dio a Lituania.

Los productos vulnerables chilenos: cerezas, vino, salmón, celulosa — representan regiones enteras, no solo empresas.

IV. LO QUE EEUU PUEDE PEDIR —Y LO QUE NO PUEDE GARANTIZAR—

El menú de demandas de Washington

Las presiones concretas que el Escudo de las Américas —y la política exterior de la administración Trump— puede ejercer sobre el próximo gobierno chileno tienen un menú relativamente predecible, documentado en lo que Washington ha pedido ya a otros países de la región:

Exclusión de Huawei de la infraestructura 5G. Esta es la demanda más documentada y la que mayor impacto tiene en la relación con Beijing. Chile tiene pendiente la decisión sobre su red 5G, y Washington ha presionado activamente. El problema: excluir a Huawei sin una alternativa tecnológica comparable y asequible tiene costos económicos reales para el desarrollo de conectividad en regiones aisladas.

Restricciones a la inversión china en litio. El litio es el recurso estratégico del siglo XXI. Washington ha señalado, en múltiples instancias, que la inversión china masiva en litio latinoamericano es una amenaza a la seguridad de su cadena de suministro para vehículos eléctricos. Pedir a Chile que restrinja esa inversión es pedir que renuncie a una fuente significativa de capital en un sector que requiere inversión masiva.

Posicionamiento público en disputas geopolíticas. Desde declaraciones sobre Taiwan hasta posicionamiento en organismos multilaterales sobre cuestiones de derechos humanos en China, Washington puede presionar para que Chile adopte posiciones que —en términos de las categorías del texto de Beijing— representarían ‘líneas rojas’.

Participación en ejercicios militares conjuntos y bases. La presencia militar estadounidense en América del Sur tiene una lógica de expansión. Las bases en Colombia, la cooperación con Brasil y los ejercicios conjuntos en el Cono Sur son parte de una arquitectura de presencia que Washington querría ampliar hacia Chile, particularmente dada la importancia estratégica del estrecho de Magallanes.

El desequilibrio de la ecuación

El problema de cada una de estas demandas es el mismo: el costo de cumplirlas lo paga Chile de forma inmediata y concreta (pérdida de inversión, deterioro de relaciones comerciales con Beijing, costos en infraestructura), mientras que el beneficio que ofrece Washington es abstracto, contingente y —como los eventos del Golfo han demostrado— no garantizado.

Arabia Saudita pagó durante décadas con soberanía y concesiones políticas por un paraguas de protección que se evaporó cuando más lo necesitaba. Qatar alberga la mayor base militar norteamericana de la región y no recibió protección cuando necesitó que Washington frenara a Israel. Los Emiratos compraron el sistema de defensa más avanzado del mundo y vieron cómo drones de 35.000 dólares penetraban impunemente.

«Negocias sin miedo, las cosas salen mejor. Noruega cedió por miedo y firmó un precedente que la persigue. Australia negoció sin miedo y recuperó todo. Lituania resistió sin miedo y mantuvo su posición.» —

V. CHINA EN EL FONDO DEL ESCENARIO: PACIENCIA FRENTE AL HACHA 

Mientras Washington exige gestos inmediatos y concesiones visibles, China opera con una lógica radicalmente distinta. En el contexto de la Operación Epic Fury y el cierre del Estrecho de Ormuz, la respuesta china ha sido reveladora: condena verbal, apoyo material silencioso (sus satélites guiaron misiles iraníes), y permiso exclusivo de tránsito para buques de bandera china por el estrecho bloqueado.

Esa última imagen —en el único corredor abierto en la garganta del mundo, solo navegan los buques del único poder que tiene suficiente peso para ser respetado por Teherán— es el resumen más preciso de la geopolítica que está emergiendo. China no entró en el ring. Pero preparó a su socio durante el entrenamiento, y ahora recoge los beneficios sin disparar un solo misil.

Para América Latina, esta lógica tiene implicaciones concretas. Mientras Estados Unidos gastó 4 billones de dólares destruyendo Irak y Afganistán, China invirtió 182.000 millones en infraestructura en 49 países africanos. El volumen comercial entre África y China alcanzó los 348.000 millones de dólares en 2025, sin un solo disparo, sin un solo cambio de régimen, sin sanciones, sin sermones sobre democracia. Estados Unidos destruyó con 4 billones. China construyó con 182.000 millones.

La pregunta que Chile debe hacerse no es ‘¿somos pro-chinos o pro-americanos?’. Es: ¿qué tipo de socio queremos tener, y qué nos ofrece cada uno en términos concretos, verificables y no contingentes?

«El dragón chino no apaga el fuego. Tampoco lo enciende. Construye, con paciencia de milenios, el sistema de irrigación que hará innecesario el fuego. Esa es la diferencia entre una civilización que piensa en siglos y un Imperio que piensa en trimestres.» — Análisis geopolítico, marzo de 2026

VI. LO QUE DEBERÍA HACER CUALQUIER GOBIERNO CHILENO QUE ENTIENDA DÓNDE ESTÁ PARADO

Primero: Mapear la vulnerabilidad antes de tomar posiciones

La primera obligación de un gobierno responsable no es adoptar una postura geopolítica. Es mapear, producto por producto, región por región, cuánto vale lo que está en juego. Las cerezas de O’Higgins y Maule, el vino del Valle Central, el salmón de los Lagos, la celulosa del Biobío: cada uno de esos productos representa comunidades concretas, empleos reales y regiones que votarán en la próxima elección. Un gobierno que adopta posiciones que activan el castigo chino sobre esos productos sin haber comunicado antes el riesgo —y sin tener un plan de mitigación— no es valiente. Es irresponsable.

Segundo: Exigir reciprocidad antes de alinearse

Si Washington pide alineamiento en seguridad hemisférica, Santiago tiene que preguntar: ¿qué ofrece a cambio en el plano comercial? Lituania obtuvo fondos de compensación de la UE, acceso preferencial y un paquete diplomático coordinado. ¿Qué ha ofrecido Washington a Chile? La respuesta, hasta hoy, es: nada concreto. Un gobierno serio no entrega fichas geopolíticas sin recibir garantías económicas verificables. Eso no es antiamericanismo; es política exterior adulta.

Tercero: Construir colchones antes de necesitarlos

La lección de Australia no es ‘resiste y todo saldrá bien’. Es que Australia pudo resistir porque tenía escala, diversificación previa y un producto irremplazable como palanca. Chile necesita construir esos colchones antes de que llegue la crisis: acuerdos de acceso a mercados alternativos para los productos vulnerables, reservas estratégicas de divisas, y —sobre todo— una estrategia de comunicación interna que prepare a los sectores exportadores para un escenario de restricción, en lugar de sorprenderlos con él.

Cuarto: Entender la fragmentación regional

Uno de los mecanismos más eficaces de Beijing es negociar bilateralmente con cada país para impedir que se formen bloques de resistencia. En América Latina, donde la integración económica es débil y los intereses nacionales frecuentemente divergentes, esta táctica encuentra un terreno fértil. Perú, Brasil, Argentina —cada uno tiene su propia dependencia del mercado chino, y cada uno preferirá ocupar el espacio que Chile deje vacante antes que arriesgar su propia relación con Beijing por solidaridad hemisférica.

La única alianza realista para Chile es bilateral —con la UE, con Japón, con Corea del Sur— y debe construirse antes de que sea necesaria, no durante la emergencia.

Quinto: Negociar sin miedo

El aprendizaje más profundo de estos meses es también el más contraintuitivo: cuando se negocia sin miedo, las cosas salen mejor. Noruega cedió por miedo y firmó un precedente que la persigue. Australia negoció sin miedo y recuperó todo. Lituania resistió sin miedo y mantuvo su posición. Los estados del Golfo pagaron décadas de obediencia y miedo al protector, y cuando llegó el momento de verdad, el paraguas era de papel.

Chile tiene la oportunidad histórica de aprender esa lección leyéndola, no viviéndola. El miedo es el único recurso que ambas potencias necesitan de nosotros para que el triángulo funcione a nuestro costo.

EPÍLOGO: EL VÉRTICE MÁS DÉBIL

En el triángulo China-EEUU-Chile, Santiago es el vértice más débil, el que tiene menos capacidad de absorción, menos alternativas y menos tiempo. Pero ser el más débil no significa ser indefenso. Significa que la inteligencia estratégica —no la lealtad incondicional a ninguna de las dos potencias— es la única ventaja real que Chile puede cultivar.

Los costos de la ingenuidad son siempre más altos que los costos de la preparación. Arabia Saudita lo está aprendiendo a un precio enorme. Qatar lo está aprendiendo bajo los misiles. Los estados del Golfo, que aceptaron durante décadas el pacto más antiguo de la geopolítica moderna —soberanía a cambio de seguridad—, descubren hoy que el paraguas estaba hecho de promesas, no de acero.

La hora de prepararse es antes de que alguien en Washington pida un gesto que alguien en Beijing decida castigar. Y la preparación no empieza en ninguna cancillería extranjera: empieza en la honestidad con los propios ciudadanos sobre el mundo en que viven.

«No hay mesías geopolítico. Hay una civilización que piensa en trimestres y empuña el hacha, y otra que piensa en generaciones y construye llaves. Ninguna es inocente. Pero solo una está bombardeando.» — Análisis geopolítico, marzo de 2026

 

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