Tiene riesgo de terrorismo biológico. Por el momento, de lo que se sabe es simple depredación de recursos vitales para el país que pasa inadvertida. Los organismos competentes no le ponen control. Se trata de un tráfico ilegal de organismos extremófilos que se ofrecen en venta por internet.
En el mes de noviembre de 2025 la embajada norteamericana habría recibido una documentada denuncia formal de parte de sectores académicos de Chile sobre este comercio ilegal de cepas de extremófilos en la que habría participación de funcionarios de esa embajada. Ella habría estado motivada, entre otros aspectos, por la abulia administrativa de los organismos chilenos competentes y la responsabilidad que conlleva la presencia norteamericana en el tema. Pero todo aún sigue sin respuesta.
En lo esencial, se trata de una alerta sobre incumplimiento de normas internacionales de bioseguridad, riesgos biológicos no regulados, que involucrarían proyectos financiados por Air Force Office of Scientific Research (AFOSR, U.S. Air Force Research Laboratory) sobre extremófilos chilenos. La mayoría de ellos sin estudios científicos de fondo ni literatura de apoyo. La presentación solicita la intervención diplomática y una comunicación urgente de los hechos a las agencias federales competentes de EE. UU, para que adopten las medidas pertinentes sobre un tema que podría revestir el carácter de “delitos y vincularse a riesgos de bioterrorismo”.
Los extremófilos son microorganismos o seres vivos, principalmente bacterias y arqueas (microorganismos unicelulares), que se desarrollan en condiciones ambientales extremas, en las cuales la vida resultaría imposible. Ya sea por temperaturas muy altas o bajas, pH desequilibrados (grado de acidez o alcalinidad de una solución acuosa), presión, radiación y varias otras causas. Chile es una “isla biogeográfica” y reúne en su territorio muchos de estos ambientes extremos (biotopos), intolerablemente hostiles o letales para las formas de vida, excepto los extremófilos. Ello convierte al país en una cantera de insospechadas proyecciones en materia tecnológica y de desarrollo e innovación, a condición de que se les estudie y preste atención.
Ninguno de los microorganismos que estaría comercializando Swissaustral Chile Ltda, la empresa que lleva a cabo la operación de marketing y representación comercial estaría autorizado ni por el Instituto de Seguridad Pública (ISP) ni por la SEREMI SALUD RM (respuestas obtenidas por transparencia). La gravedad adicional es que según la página web de la empresa (https://www.bioscience.cl/) son una colección de microorganismos que incluso aún no han sido registrados en ninguna parte. Estamos “orgullosos de cuidar una de las colecciones de extremófilos más singulares del mundo: microbios diminutos pero poderosos que prosperan en los entornos más duros de la Tierra y son el motor de sus innovaciones (…y) muchos de los cuales son tan nuevos para la ciencia que ni siquiera han sido registrados en ningún otro lugar” declara la empresa, “siendo un cofre del tesoro viviente, en que cada se descubren los secretos de la naturaleza para inspirar soluciones para el mañana”, concluyen.
Las cepas provendrían en especial de la Antártica, la isla Decepción yy de los geiseres del Tatio.
La AFORSR financió en Chile el proyecto titulado “Exploration and exploitation of novel extremophiles and enzymes from Antarctica”, cuyo Código es FA9550-13-1-0089, con un período de ejecución: 2013-2017. Este solo tuvo informes parciales al año 2019, y como institución beneficiaria del proyecto figuró la Fundación Científica y Cultural Biociencia (Chile) con domicilio en Santiago; y como investigadora principal la doctora Jenny Marcela Blamey Alegría. El proyecto, muy citado como fuente por la empresa comercializadora, tuvo como entidad colaboradora a Swissaustral Chile Ltda./Swissaustral Biotech SA (Suiza), cuyo representante ejecutivo es el ciudadano suizo chileno Olivier Peter Rickmers Gueydan. Estos serían los vínculos entre la embajada norteamericana, el financiamiento y la comercialización ilegal.
Su más activo y directo representante de AFORD ha sido el norteamericano mayor Travis Tubbs, Oficial científico internacional (International Programs Officer) de la Air Force Office of Scientific Research (AFOSR) para Sudamérica, cuya oficina regional de cooperación SOARD tiene sede en la Embajada de EE. UU. en Santiago. Dicha persona, en la página web de la Embajada aparece como “AFOSR / SOARD International Program Officer – Major Travis Tubbs.”
Por leyes norteamericanas, la responsabilidad administrativa, civil y penal de AFORD/SOARD que amparó el proyecto es total, pues cuando opera con entidades nacionales como es el caso deben supervisar que sus proyectos de investigación con fines civiles y/o militares necesariamente se implementen con entidades del país anfitrión y deben dar cabal cumplimiento a las normativas sanitarias, de bioseguridad y de almacenamiento de cepas y microorganismos (especialmente extremófilos) que pudiesen poner en peligro la seguridad o ser capturado su control por el narcotráfico o el bioterrorismo. Nadie sabe dónde y como están almacenadas las cepas.
Los extremófilos, la industria de la guerra y la seguridad
La biología de los extremófilos, extraordinariamente compleja, es conocida por la industria militar. Principalmente por su amplio potencial de aplicaciones (biorremediación de agentes químicos, detección, y desarrollo de contramedidas). Sus enzimas resultan útiles para detectar o reparar daños biológicos, y sus mecanismos de supervivencia son claves para entender la resistencia a toxinas y diseñar terapias o defensas eficaces contra amenazas químicas.
Su aplicación como arma biológica tiene estricta prohibición internacional. Pero el estado actual de las relaciones internacionales empuja las cepas a la regla de los experimentos secretos, particularmente de las potencias tecnológicas que tienen los recursos para llevarlos a cabo.
Su potencial que se resume de manera simple como biotecnología de extremófilos, tiene en realidad una aplicación compleja. En la detección y/o biorremediación de ataques químicos, búsqueda de organismos capaces de degradar compuestos tóxicos como metales pesados o compuestos orgánicos, limpieza de zonas contaminadas por armas químicas o residuos industriales peligrosos (todo, naturalmente, en simulaciones). Se aplicarían también como sensores ultrasensibles para detectar agentes químicos o biológicos en un campo de batalla.
Las llamadas “proteínas chaperonas” son extremófilos muy estables que ayudan a otras proteínas a desplegarse correctamente y se usan en el desarrollo de fármacos o antídotos que resistan mejor la degradación, por ejemplo, de agentes nerviosos. En su generalidad, los extremófilos ofrecen modelos para entender cómo proteger células humanas del daño causado por químicos letales. En materia metabólica se pueden usar para producir biocombustibles y químicos industriales; y en ingeniería para mejorar procesos industriales de contención o reparación.
La Primera Guerra Mundial masificó el uso de armas químicas que ya existían como conocimiento científico: gas mostaza, fosgeno, gas nervioso, todos basados en compuestos químicos sintéticos, no directamente en organismos vivos. El desastre humanitario que generó su uso entonces y luego durante el holocausto llevó a su prohibición total, que llegó recién en 1997 con la entrada en vigor de la Convención de Armas Químicas. Esta limitó su desarrollo a fines defensivos y de investigación. Pero cada cierto tiempo, su biología única pone a los extremófilos como fuente de inspiración para desarrollar tecnologías militares de defensa y ataque, con una latencia endémica.
En Chile su estudio es apenas puntual. Tiene adaptaciones parciales en el altiplano, en el desierto de Atacama, la zona central de Chile, la Patagonia y la Antártida, zonas que albergan biotopos extremos, ideales para estudiar su comportamiento y evolución, ante eventos del cambio climático y el agotamiento planetario de recursos.
Pero la Idea País, de existir alguna, no tiene conexión o cable con el aprovechamiento pacífico de este regalo de la naturaleza. Y nadie se ocupa de controlar las actividades ilegales que lo acechan.
Imagen Instituto Chileno Antártico


