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Más Vivanco, menos Pavarotti

En Chile hay frases que no necesitan explicación. Se dicen al pasar, casi en broma, pero cargan un juicio completo. “Más Vivaldi, menos Pavarotti” es una de ellas. No habla de música, la verdad es que nunca habló de música. Habla de algo mucho más terrenal: menos estruendo, menos pose; más viveza, más cálculo, más conciencia del terreno que se pisa. Ser pillo, en clave chilena, no es ser delincuente. Es saber moverse sin romperlo todo.

Hoy, mientras Ángela Vivanco enfrenta a la justicia por delitos graves cometidos durante su paso por la Corte Suprema, la frase vuelve, torcida por la ironía. Más Vivanco, menos Pavarotti. Y no, no es un juego de palabras liviano. Es un diagnóstico incómodo.

Porque aquí no estamos solo frente a una eventual responsabilidad penal —eso lo resolverán los tribunales—, sino frente a una forma de ejercer el poder que quedó brutalmente expuesta. Las acusaciones no son menores: cohecho, tráfico de influencias, lavado de activos, prevaricación. No errores administrativos. No interpretaciones jurídicas discutibles. Si los hechos se confirman, hablamos de algo mucho más grave: decisiones judiciales contaminadas por intereses privados, fallos que dejaron de responder al derecho para obedecer a otra lógica.

Y ese es el verdadero daño. No el nombre propio. No la caída individual. El daño es institucional, profundo y persistente. Porque cuando una ministra de la Corte Suprema es investigada por vender influencia, la independencia judicial deja de ser un principio abstracto y se vuelve una pregunta que incomoda. ¿Cuántos fallos se dictaron con la balanza inclinada? ¿Cuántas causas se resolvieron no desde la ley, sino desde la conveniencia? La justicia vive de la confianza. Sin eso, se vuelve apenas un decorado.

Además, hay un efecto menos visible, pero igual de corrosivo. El mensaje hacia dentro del sistema. Si en la cúspide se naturalizan los atajos, las redes informales, los favores cruzados, ¿por qué el resto debería comportarse distinto? Las instituciones no se quiebran de un día para otro. Se erosionan lento. Por imitación. Por costumbre. Por mirar hacia el lado y pensar que “así funcionan las cosas”.

Entonces aparece la pregunta inevitable, esa que nadie quiere responder del todo: ¿estamos frente a un caso aislado o frente a un síntoma? La reacción típica del poder es encapsular, cerrar rápido, ponerle nombre y apellido al problema. Fue ella. Punto final. Pero la verdad es que la historia reciente sugiere algo más incómodo. Nombramientos negociados en pasillos, cuoteos disfrazados de consenso, llamadas que no quedan registradas, favores que nunca pasan por un expediente. No es que todo esté podrido. Es peor. Lo informal se volvió habitual.

Y ahí entramos nosotros. Porque también hay responsabilidad colectiva. Mucho Pavarotti. Mucho discurso solemne sobre probidad, mucha voz engolada defendiendo la institucionalidad cuando ya está en crisis. Pero poca viveza para prevenir, para controlar, para corregir a tiempo. Mucho show después del escándalo. Poca fineza antes. Se canta fuerte cuando el telón ya cayó.

El caso Vivanco puede ser un punto de quiebre o apenas otro capítulo que se archive con el tiempo. Depende de si seguimos apostando al espectáculo —comisiones, declaraciones rimbombantes, promesas vagas— o si, de una vez, afinamos el oído y cambiamos la partitura: controles reales, transparencia en los nombramientos, trazabilidad de las decisiones, sanciones que no dependan del cargo ni del apellido.

Porque, a medida que aparecen nuevos antecedentes, ya no se está juzgando solo a una persona. La verdad es que empieza a temblar algo más frágil: la confianza en sus propios fallos. Cada sentencia en la que participó se mira ahora con una duda incómoda, casi física, como cuando uno vuelve sobre una conversación antigua y de pronto entiende que algo no calzaba. Y eso duele. No por el nombre propio, sino por lo que significa para todos.

Entonces la pregunta deja de ser individual y se vuelve colectiva. Ya no es solo si Ángela Vivanco cayó, sino cuántos más estaban demasiado cerca del mismo libreto. Porque cuesta creer que todo esto sea una rareza estadística, un accidente aislado en un sistema que funcionaba perfecto. Más bien suena a algo que llevaba tiempo ocurriendo en voz baja, entre silencios prudentes y normalidades que nadie quería mirar de frente.

Y es incómodo decirlo, pero necesario: quizás el problema nunca fue el exceso de Pavarotti.
Quizás el verdadero problema es otro. Que el poder judicial se llenó de supuestos Vivaldi, expertos en moverse sin ruido, en que nada parezca grave, en que todo siga funcionando… aunque por dentro ya no esté sano.

Porque cuando la justicia aprende a ser “pilla”, deja lentamente de ser justicia.
Se vuelve costumbre. Se vuelve paisaje.

Y en ese momento —casi sin darnos cuenta— lo excepcional deja de escandalizar y empieza, simplemente, a parecer normal.

Y al final, como siempre, el público aplaude… y paga la cuenta.

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