Nada más afecto a la dignidad humana que la libertad de opinión. Sin ella, todo el resto de las libertades no existen. La libertad de opinión es de la esencia de la dignidad humana y de las comunidades y sociedades decentes, definidas estas como aquellas en las cuales sus instituciones no humillan a los ciudadanos. La libertad de opinión y expresión es, también, de la esencia en el funcionamiento de las universidades en cualquier sociedad democrática.
En el Chile actual lamentablemente, un fraccionamiento valórico de raíz ideológica hace renacer el talante autoritario y la intolerancia en todas partes, que creíamos periclitado de nuestras prácticas sociales. Un intento de predominio de la verdad única fanatizada, tanto de izquierdas como de derechas, empuja a un extremo irracional conductas que disuelven la cohesión valórica de cualquier comunidad.
El despido intempestivo y sin explicación pública alguna del maestro Luis Riveros Cornejo de su cargo de decano de la Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, Fegoc, de la Universidad Central, resulta una expresión nítida de esa irracionalidad. Motivado -posiblemente- por el desacuerdo de la plana mayor de esa Universidad por los contactos habidos entre el maestro Luis Riveros, a título personal, con el presidente electo, José Antonio Kast, el despido se pone muy al margen de los valores que la Universidad Central declara pilares de su misión. Más aún, si ellos en absoluto aparecen comprometidos por algo que constituye una relación normal en una sociedad democrática, plural y laica como la nuestra.
Tampoco resulta claro que el acto de despido no merezca una explicación pública, siendo el afectado un conocido y respetado académico y hombre público como Luis Riveros Cornejo, ex Rector de la Universidad de Chile y ex gran Maestro de la Gran Logia de Chile. Y que su despido haya sido aplicado por tres miembros de la Masonería: Patricio Silva Rojas, presidente de la Junta Directiva; Santiago González Larraín, Rector de la Universidad y Marco Moreno Pérez, director de la Junta Directiva y reemplazante (I) de Luis Riveros.
No se aplicaron principios de respeto por la individualidad de Luis Riveros Cornejo; tampoco hubo coherencia con los valores declarados en la misión y visión de la universidad; y, algo casi imponderable, ni un tono de hermandad o solidaridad masónica en lo actuado. Primó una gélida y silenciosa expresión de poder, que le niega el carácter de sociedad decente a la propia universidad, algo que no parece justo para una institución formadora de profesionales en una democracia republicana ni menos para el afectado.
Para escribir esta columna traté insistentemente de obtener una versión de la U Central sobre los hechos, si
n éxito.


