“Esto no es una transición, es una ruptura”.
La frase cayó pesada en Davos. No por dramática, sino por honesta. Porque nadie va a Davos a escuchar verdades incómodas; se va a confirmar que, con algunos ajustes, todo seguirá funcionando. Y de pronto aparece el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y dice —sin rodeos— que el mundo que conocíamos ya no está.
No es una exageración. Tampoco una pose. Es más bien esa sensación incómoda que aparece cuando alguien pone en palabras lo que todos vienen mascullando hace rato, pero nadie quiere decir en voz alta. Como cuando una familia evita hablar de un problema evidente hasta que alguien, en la mesa, rompe el silencio. Eso fue Davos este año.
La verdad es que el famoso “orden internacional basado en reglas” hace tiempo venía mostrando grietas. Guerras que se toleran, sanciones selectivas, tratados que se respetan solo cuando conviene. Pero escuchar a un jefe de gobierno decir que ese orden ya no existe es otra cosa. Es asumir que no estamos en una pausa incómoda del sistema, sino en algo más profundo. Más irreversible.
Carney fue claro: no estamos cruzando un puente hacia algo nuevo. El puente se cayó. Y ahora hay que decidir cómo se cruza el río.
Para América Latina, este mensaje debería haber sonado como una alarma. Pero no una de esas alarmas lejanas que uno apaga para seguir durmiendo. Una alarma real. Porque cuando el orden global se rompe, nunca pagan primero los que lo diseñaron. Pagan los que aprendieron a vivir dentro de él creyendo que era permanente.
Durante décadas, a la región se le vendió una idea bastante simple: apertura económica, reglas claras, alineamientos correctos, y el mundo respondería con estabilidad. No era una fantasía completa, pero tampoco era toda la verdad. Hoy, esa promesa se siente gastada, casi ingenua. Y no porque América Latina haya hecho todo mal, sino porque quienes se presentaban como garantes del sistema ya no parecen interesados en sostenerlo.
Y es que, seamos francos, las reglas siempre fueron más flexibles para algunos que para otros. Pero ahora ni siquiera se disimula. El tablero global se mueve por fuerza, por urgencias internas, por cálculo electoral. Lo vimos con la pandemia. Lo vemos con las guerras. Lo vemos con el comercio. Lo vemos, también, con la forma en que las grandes potencias hablan —y presionan— a sus supuestos aliados.
La reacción posterior de Donald Trump, recordándole a Canadá quién “le da de comer”, fue casi una caricatura. Pero también fue una confirmación brutal del punto central del discurso. Cuando las cosas se ponen tensas, la retórica de la cooperación se evapora rápido. Aparece la jerarquía. Aparece el “acuérdate quién manda”.
Y ahí es donde el mensaje de Carney se vuelve incómodo de verdad para América Latina. Porque la dependencia, esa que durante años se aceptó como pragmatismo, ya no garantiza nada. Ni estabilidad, ni previsibilidad, ni trato preferente. Dependencia hoy es fragilidad. Y fragilidad, en un mundo roto, es peligro.
Lo interesante es que Carney no habló desde la épica ni desde el resentimiento. No propuso romper con nadie ni levantar muros ideológicos. Habló de algo mucho más prosaico: diversificar, no apostar todo a una sola potencia, construir márgenes de decisión propios. Dicho en sencillo: no poner todos los huevos en la misma canasta.
En América Latina, en cambio, seguimos oscilando entre dos reflejos que ya conocemos demasiado bien. Por un lado, la subordinación silenciosa: esperar que el clima internacional mejore, no incomodar, no tensar la cuerda. Por otro, la retórica grandilocuente: discursos de soberanía que no vienen acompañados de estrategia, músculo ni consistencia. Uno termina en irrelevancia. El otro, en aislamiento estéril.
Ambos caminos fallan por la misma razón: evitan hacerse cargo de la realidad. Y la realidad es que el mundo que describió Mark Carney es más crudo, más áspero y mucho menos indulgente con la improvisación. En ese mundo, creer que las reglas se respetan solas es como creer que el semáforo siempre estará en verde solo porque uno cruzó bien la última vez.
Tal vez por eso su discurso incomodó tanto en Davos. Porque no ofreció consuelo ni optimismo prefabricado. Ofreció una verdad seca: el viejo manual ya no sirve. Y seguir leyéndolo, esperando que mágicamente vuelva a funcionar, no es prudencia ni moderación. Es una forma elegante de negación.
Para América Latina, el aviso está ahí. No es nuevo, pero esta vez vino desde un lugar inesperado. Y cuando alguien del “club de los estables” te dice que el piso ya no es firme, tal vez lo más irresponsable sea seguir caminando como si nada.
No es una transición. Es una ruptura.
Y la región, una vez más, tendrá que decidir si se adapta… o si vuelve a enterarse tarde.


