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    Los pecados capitales del gabinete de JAK

    Dicen —y no sin razón— que a los gobiernos se les conoce por sus equipos. No por los slogans ni por las promesas de campaña, sino por los nombres propios que se sientan a la mesa cuando toca decidir. Y la verdad es que, al mirar con detención a varios de los nombres que orbitan el mundo político de José Antonio Kast, cuesta sentir que estamos frente a algo nuevo.

    Más bien aparece esa sensación incómoda, conocida, casi amarga, de déjà vu. Viejas caras. Viejas lógicas. Viejos reflejos. Por eso, más que un gabinete en formación, esto se parece a una alegoría moral. Una especie de catecismo político al revés, donde los pecados capitales no son figuras literarias exageradas, sino una forma —quizás irónica, pero honesta— de leer trayectorias públicas que están ahí, disponibles, documentadas.

    Mara Sedini – La Ira
    No es una exageración ni una mala interpretación. Hay registros, videos, publicaciones. Insultos directos, descalificaciones personales, un tono permanentemente crispado. La ira aquí no aparece como un desliz humano —que todos podemos tener—, sino como una forma habitual de intervenir en política. Y cuando la rabia se vuelve método, el diálogo se vuelve imposible.

    Francisco Pérez Mackenna – La Avaricia
    La cosa no es ilegal, pero sí profundamente incómoda. Ha sido parte de múltiples directorios de grandes conglomerados empresariales, con intereses cruzados en sectores clave de la economía. Además, cuesta no preguntarse —con cierta inquietud— cómo se separa el bien común de la lógica del negocio cuando se ha pasado tanto tiempo maximizando utilidades privadas. El Estado, así, empieza a parecerse demasiado a una sala de directorio.

    Natalia Duco – La Pereza
    Aquí no hay metáfora. Fue sancionada con tres años de castigo por uso reiterado de sustancias prohibidas, según resoluciones oficiales. No fue un error puntual ni un descuido. Fue reiteración. El atajo convertido en costumbre. Y es que la pereza ética no siempre es falta de esfuerzo: a veces es la decisión consciente de no respetar las reglas que sí se exigen a otros.

    Fernando Barros – La Soberbia
    Abogado defensor de Augusto Pinochet y de su círculo cercano. No solo eso: ha relativizado públicamente violaciones a los derechos humanos que han sido acreditadas por tribunales nacionales e internacionales. La soberbia aquí no está en pensar distinto, sino en negar hechos. En mirar la historia a los ojos y decir, sin pestañear, que no hay nada que reconocer ni reparar.

    Jorge Quiroz – La Codicia
    Economista ligado a diagnósticos y asesorías donde las colusiones empresariales aparecen minimizadas, casi naturalizadas. Todo envuelto en lenguaje técnico, en gráficos, en modelos. Pero al final del día, la codicia se siente en lo concreto: precios inflados, abusos normalizados, ciudadanos pagando la cuenta de lo que otros llaman “distorsiones”.

    Fernando Rabat – La Envidia
    Defensor persistente del pinochetismo cuando ya no queda mucho que defender. Más que una propuesta, hay nostalgia. Y algo de resentimiento también. Envidia del poder perdido, del orden que ya no vuelve, del país que avanzó sin pedir permiso y dejó atrás esas certezas autoritarias.

    Jaime Campos – La Desobediencia selectiva
    Se negó a firmar un decreto durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet. No porque fuese ilegal, sino porque no estaba de acuerdo. Y es que, curiosamente, la objeción de conciencia suele activarse solo cuando la ley incomoda políticamente. Una desobediencia elegante, justificada, siempre apuntando al mismo lado.

    Ximena Rincón – La Gula
    Ha cambiado de espacios y colores políticos con una facilidad que ya no sorprende, pero sí cansa. Discursos que se ajustan al contexto, posiciones que se acomodan al momento. No es evolución ideológica: es hambre de poder. La gula de seguir en la mesa, aunque el menú cambie cada temporada.

    Judith Marín – La Lujuria moral
    Fanatismo religioso trasladado al espacio público. No como vivencia personal —que es legítima—, sino como intento de imponer una moral única sobre cuerpos, decisiones y libertades ajenas. La lujuria aquí no es carnal. Es deseo de control. De ordenar la vida del otro según creencias propias.

    La paradoja es difícil de ignorar. Un proyecto que se presenta como austero, ordenado y moralizante termina rodeado de figuras marcadas por sanciones, conflictos de interés, dogmas rígidos y nostalgias autoritarias. No suena a futuro. Suena a repetición.

    Pero la verdad es que una democracia sana no se construye solo denunciando lo que estuvo mal. También se fortalece cuando es capaz de dejarlo atrás. Ojalá que estos nombres, estas trayectorias y estos episodios queden donde corresponde: en los archivos, en el debate histórico, en las lecciones que no se deben olvidar, pero tampoco repetir.

    Porque Chile no necesita ajustes de cuentas eternos ni cruzadas morales. Necesita bienestar, reglas claras y un poco de decencia cotidiana.
    Que estos pecados sean parte del pasado.
    Y que, si alguna vez se pretende gobernar, el foco esté —por fin— en algo más simple y más urgente: el bienestar del país y de quienes lo habitan.

     

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