¿Un fracaso o un relato interesado? La evidencia detrás del desempeño del gobierno de Boric
La oposición repite con un aplomo admirable que el gobierno de Gabriel Boric “lo ha hecho mal”. Es una frase cómoda, casi automática, que funciona igual de bien en un matinal que en un tuit. Pero la verdad —esa invitada incómoda que nadie quiere sentar a la mesa— es que vale la pena preguntar otra cosa: ¿qué dicen realmente los datos?
Porque hablar desde la intuición es fácil; hablar desde la evidencia es un deporte menos popular.
Inflación: el problema que había que resolver
Cuando Boric llegó a La Moneda, la inflación venía disparada como una olla a presión olvidada en la cocina. Retiros, gasto pandémico, crisis global de suministros… una mezcla perfecta para que el sueldo rindiera cada vez menos.
Hoy, sin hacer mucho ruido, el IPC volvió al rango del Banco Central. No es magia, tampoco un milagro progresista: es disciplina fiscal, poca tentación por el populismo y un Banco Central que hizo su trabajo aunque eso le costara semanas de críticas en redes.
Y la verdad es que, mientras varios países vecinos siguen lidiando con espirales inflacionarias, Chile logró algo simple pero esencial: que las familias dejen de preguntarse si podrán pagar lo mismo el próximo mes.
Crecimiento económico: menos épica, más consistencia
La economía volvió a crecer. ¿Mucho? No. ¿Lo suficiente? Depende de a quién se le pregunte.
Pero crece. Y eso ya contradice meses de pronósticos agoreros que anunciaban un país en ruinas, casi al borde del colapso.
Es cierto: el mercado laboral avanza a medias, con más empleo formal pero una productividad que no despierta. Es como un auto que anda, pero todavía en segunda. No acelera, pero tampoco se queda botado en la carretera.
Bolsa e inversión: esas cifras que contradicen discursos
Mientras se insiste en que Chile “espanta inversión”, la Bolsa de Santiago vive uno de sus ciclos más activos en años. Los flujos suben, la valorización también.
Los inversionistas, que no votan pero sí arriesgan plata, parecen ver un país más predecible que el que describe la política.
La inversión extranjera directa también creció. Uno puede argumentar que es gracias al litio, la energía o la minería. Perfecto. Pero entonces habría que reconocer que el país ofrece condiciones para que esos sectores avancen. No se puede gritar crisis y, al mismo tiempo, recibir capital fresco sin pestañear.
Copago Cero: la política pública que transforma sin gritarlo
En un país acostumbrado a que las reformas se anuncien como epopeyas, Copago Cero llegó sin estridencias.
¿El resultado? Millones de personas que hoy se atienden en Fonasa sin pagar un peso.
No es ideología, es vida cotidiana: una mamá que puede llevar a su hijo al especialista sin endeudarse, un adulto mayor que ya no tiene que elegir entre remedios y cuentas.
No verá titulares, no será trending topic, pero es de las pocas políticas recientes que cambiaron algo real en el día a día.
Seguridad: ahí donde el gobierno sí patina
Ahora, sería absurdo evitar el elefante en la habitación.
La seguridad es el punto donde el gobierno pierde la discusión sin matices.
El alza de delitos violentos es un fenómeno regional, sí. Pero la sensación de descontrol en Chile es fuerte, persistente y políticamente devastadora.
El gobierno llegó con un diagnóstico equivocado, demoró el ajuste y todavía no logra instalar la idea de que recuperó el control. Ese flanco sigue abierto, y la oposición lo explota con habilidad quirúrgica.
Entonces, ¿lo ha hecho mal?
Depende desde dónde se mire.
Si el foco es la seguridad, sí, el gobierno enfrenta un problema profundo.
Si la mirada va a la economía —inflación, crecimiento, inversión, estabilidad financiera— entonces la respuesta es más incómoda: no, no estamos viviendo el apocalipsis económico que se predica.
Y si se incorporan políticas públicas concretas como Copago Cero, el cuadro se vuelve aún más matizado.
Lo que este debate revela
Este debate, en el fondo, dice más sobre cómo discutimos en Chile que sobre el gobierno mismo.
La derecha exagera el derrumbe.
Parte de la izquierda minimiza los tropiezos.
Y el gobierno navega entre pedir reconocimiento y esquivar responsabilidades.
Quizás por eso la evaluación real —la que no cabe en un tuit ni en un grito de matinal— es la más sensata y la menos sexy: el gobierno de Boric no es el fracaso total que repite la oposición, pero tampoco la transformación histórica que prometió.
Es un gobierno que mezcla logros económicos claros, errores políticos gruesos y avances sociales silenciosos.
Lo demás, como siempre, es relato.
Y el relato hace tanto ruido que a veces ni se escucha la realidad.


