Mis amigos madrileños, donde resido, me preguntan muchas cosas después de las elecciones presidenciales en Chile, el domingo pasado. Desde la cantidad de candidatos hasta el resultado, que obliga a una segunda vuelta. Pero hubo una pregunta que me quedó rondando en la cabeza: ¿Cómo es que, en todos estos años de retorno de la Democracia, todavía persiste en la sociedad chilena esa división tan profunda?
Es verdad. Desde el triunfo del NO en el plebiscito de 1988, el término de la dictadura y el inicio de una débil y tutelada democracia, hemos intentado conformar un sistema de convivencia democrática con mucha ilusión y esperanza. Sin embargo, en estos 37 años no hemos sido capaces de solucionar los problemas que nos dividen con tanta fuerza. Es como un muro de incomprensión, malas intenciones y confrontaciones. Y, por el contrario, ante la debilidad de nuestros partidos políticos, no hemos podido -o sabido- desarrollar el sistema democrático estable que necesita Chile y su gente. Como que a nuestros líderes les quedó grande el desafío de ser protagonistas para crear los elementos adecuados para entenderse en torno a la idea de alcanzar un Estado robusto, fuerte y solidario. Con los matices suficientes, pero con el fin común de alcanzar un país con mayor equidad y justicia.
La labor de todos los partidos se ha ido minimizando, sus organizaciones se van achicando y va disminuyendo su presencia efectiva en la sociedad. Lo malo es que sus dirigentes casi no tienen credibilidad. Llegamos al extremo que vivimos hoy, con menos del 5% de la población militando en alguna de estas organizaciones y con una creciente desconfianza social en la vida política del país.
Sinceramente creo que el problema está en la corrupción. La carencia de ética se produce porque no hay formación política, moral y ética al interior de los partidos. Aunque sea la básica como para sostener un diálogo coherente que permita iniciar proyectos serios destinados a conseguir un sistema que coincida con una Democracia real y potente. Sistema necesario para alcanzar mejores condiciones de vida para todos.
Es evidente que, sin ética, se desarrolla una lucha feroz por el poder. Y eso es corrupción, porque se combate con malas artes para alcanzarlo y, una vez logrado, se abusa y se cometen las tropelías que deshonran. Esas luchas internas degeneran la misión de los partidos, alejan a la gente que quiere militar, para aportar y para servir, sinceramente. Además, los más preparados se niegan a participar en tales condiciones, con lo cual surgen los mediocres que usan el poder para corromper el sistema.
Con poder se consigue decidir acciones fundamentales de las instituciones, públicas y privadas, especialmente a la hora de administrar recursos o de realizar inversiones. En el sector privado, expulsan a los corruptos en cuanto los detectan. Pero en lo público, éstos buscan fórmulas para sacar beneficios personales de las instituciones del Estado. Y compran complicidades para ocultar tales entramados
La droga, obviamente, es muy corrupta. Produce mucho dinero para quien se encarga de comercializarla o distribuirla. La droga mata, destruye personas y familias completas. Sin embargo, el dinero fácil es tan goloso que no hay ética ni moral que logre detenerlos.
El consumo de la droga destruye voluntades. Crea necesidades cada vez mayores, más insalvables, entonces se van abriendo las puertas del delito que les obliga a conseguir el dinero suficiente para consumir. Por esto la vida social se deteriora peligrosamente.
También la corrupción azota las instituciones que tienen a su cargo responsabilidades fundamentales para la vida en común. Permea a los partidos políticos, a las fuerzas armadas, a las policías, a la judicatura, a las entidades religiosas, políticas y sociales.
Finalmente, la mentira es un arma que está siendo utilizada por los nuevos corruptos. Las “Fakenews” son utilizadas con desfachatez con el ánimo de hacer cambiar voluntades y decisiones. “Miente, miente, que algo queda”, decían los nazis para aprovecharse de la gente inocente y tergiversar la realidad en que vivían. Ahora, utilizando las nuevas tecnologías, hay partidos políticos que proyectan la mentira con tal potencia, que la meten en las mentes de la gente y provocar pánico, miedo, temor ante una falsa realidad, especialmente diseñada para delinquir.
En definitiva, la adicción, las ansias de poder, la mentira, nos corrompen y nos impiden discernir entre lo bueno y lo malo, o entre el interés personal por sobre lo común. En consecuencia, debemos defendernos y combatir la corrupción, para potenciar una sociedad limpia, fuerte y en constante progreso.


