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El caso Cerimedo: una realidad fabricada

  • La Captura Reflexiva de la Realidad: Del Artificio Sintético al Eco del Símbolo

Tendemos a pensar que tanto la realidad material como la opinión de una sociedad están ahí fuera, esperando simplemente a ser descubiertas y medidas de forma objetiva. Sin embargo, cuando examinamos los mecanismos mediante los cuales construimos lo real —ya sea a través de universos simbólicos, puntos de encaje, o mediante la sofisticada maquinaria de la desinformación digital y los estudios de opinión—, descubrimos que la regla frecuentemente crea lo que mide.

1. Del modelo simbólico al circuito perverso de la opinión

Ernst Cassirer definió al ser humano como un animal symbolicum: no accedemos a lo real de forma directa, sino a través de redes de formas simbólicas (lenguaje, mitos, ciencia) que construyen activamente nuestra experiencia. De manera análoga, la política contemporánea y episodios recientes como el Caso Cerimedo demuestran que la opinión pública no es siempre un reflejo espontáneo de la ciudadanía, sino una realidad fabricada.

A través de operaciones centralizadas de bots, astroturfing y estrategias digitales, se interviene no solo sobre lo que un individuo piensa, sino sobre lo que cree que los demás piensan. Mil cuentas automatizadas simulan ser mil ciudadanos; una acción coordinada desde arriba se presenta como un clima social espontáneo. Es el mecanismo de la «espiral del silencio» llevado a la era sintética: la percepción de que «todo el mundo» apoya una postura lleva a las personas reales a modificar su voto, callar o sumarse al supuesto bando mayoritario.

Sin embargo, para que este estímulo externo penetre y modifique la conducta, debe atravesar la propia geografía corporal e interna de los sujetos. Como ocurre en los procesos de resonancia, antes de cualquier deliberación consciente, el sistema nervioso ejecuta una neurocepción que decide si el entorno es seguro o amenazante. Si un individuo experimenta rigidez o desconfianza, no se debe a una simple falta de voluntad, sino a que su superficie corporal e interna —atravesada por partes sanas, traumatizadas y rígidas estrategias de supervivencia— aún no ha aprendido a dejar entrar el eco sin quebrarse. Las operaciones de desinformación masiva explotan precisamente esta vulnerabilidad basal: hackean el sistema de alerta para que el cuerpo interprete el artificio coordinado como un clima social indiscutible.

2. La captura reflexiva: cuando el artificio se vuelve evidencia

El salto más inquietante ocurre cuando esta fabricación se conecta con los instrumentos diseñados para observar a la sociedad: las encuestas y estudios de opinión. Si el actor que interviene estratégicamente en el clima de opinión participa también —directa o indirectamente— en los dispositivos de medición, se cierra un circuito perverso:

Una operación coordinada genera una impresión artificial de apoyo o rechazo.

Los ciudadanos reales perciben este clima y ajustan su conducta (impulsados por convicciones motrices automatizadas y respuestas corporales inconscientes).

Una encuesta posterior registra esos cambios de conducta reales producidos por un estímulo inicialmente ficticio.

Al publicarse, la medición certifica oficialmente que «la gente piensa así», alimentando nuevas conductas.

A esto lo denominamos captura reflexiva de la opinión pública: la incapacidad resultante para distinguir entre el original y su copia, entre la opinión genuina y la puesta en escena. Como en El show de Truman, los ciudadanos terminan observando y asumiendo como propia una escenografía construida a su medida, atrapados en un circuito donde apapachar y resonar se pervierten: se emite un estímulo vacío que finge ser un abrazo colectivo, y el eco que regresa solo confirma la domesticación artificial de la ciudadanía.

3. El dogmatismo del modelo único frente a la responsabilidad

Esta ilusión de objetividad absoluta se repite tanto en la política como en nuestra relación con los constructos sociales (el dinero, las fronteras, los indicadores económicos como el PIB o los tests de coeficiente intelectual). Olvidamos que son ficciones consensuadas y herramientas simbólicas, tratándolas en su lugar como verdades inmutables del cosmos.

El verdadero peligro radica en el dogmatismo del modelo único: asumir que nuestra descripción de la realidad es la única válida y que cualquier perspectiva divergente representa un error o una amenaza. No obstante, como advierte la ontología dependiente del modelo, aunque construyamos nuestras realidades conceptuales y perceptuales, nos topamos constantemente con el veto de la realidad: los modelos no funcionales colapsan ante las restricciones operativas del mundo.

Frente a la manipulación sistemática de los símbolos políticos, la salida no reside en adoptar otra narrativa rígida, sino en cultivar una responsabilidad radical y una soberanía perceptual. Así como un método de resonancia busca que el cuerpo aprenda a distinguir entre un cuidado genuino y una simulación, el pensamiento crítico debe entrenarse para descodificar las ficciones colectivas, reconociendo que las categorías con las que observamos el mundo —y a nosotros mismos— son siempre elecciones activas.

Conclusión

La democracia se degrada cuando se engaña a los ciudadanos sobre los hechos, se degrada aún más cuando se les manipula respecto a sus propios conciudadanos, y cruza un umbral crítico cuando esa imagen sintética regresa certificada como «opinión pública». Romper esta prisión simbólica exige asumir la responsabilidad radical de reconocer que las categorías con las que observamos el mundo —y a nosotros mismos— son elecciones activas.

«¿Qué ocurre cuando dejamos de descubrir la sociedad para convertirnos en los arquitectos silenciosos de la apariencia en la que después creímos vivir?»

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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