InicioOpiniónLa política de la poda y el imperio del disgusto

La política de la poda y el imperio del disgusto

La política de la poda y el imperio del disgusto: de la ostra depresiva a la crisis de credibilidad

I. El tiempo robado, el insomnio político y el circuito de la poda

Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. Para ese niño, como explica la catedrática Charo Rueda, esa forma de mirar el mundo activa una intensa comunicación entre distintas redes cerebrales; construye un mapa de recuerdos densos y llenos de significado. Durante la infancia, el tiempo solía ofrecer la lentitud y la profundidad, un espacio de desconexión, descubrimiento, distancia y diferencia donde la atención plena dilataba la vivencia de la vida.

Sin embargo, ese derecho a la presencia está siendo confiscado por máquinas diabólicas cuyos hardware y software han sido diseñados con el fin deliberado de provocar adicción. Hoy la infancia es sometida a la hipnosis de la pantalla, un flujo ininterrumpido de estímulos donde imperan la velocidad y la superficialidad. En lugar de pausas, se vive sumergido en una conexión, continuidad, cercanía y cacofonía indistinguible. Las pantallas atrapan la atención pero vacían la memoria: «Es como si esas horas nunca las hubieras vivido», advierte el profesor Juan Antonio Madrid. El riesgo no es solo la pérdida de capacidad de concentración o la renuencia a la lectura, sino el resecarse de la vida material en pro de la digital, empobreciendo el registro biográfico sobre el cual se sostiene la propia identidad.

A esta captura algorítmica se le suma el insomnio crónico que padece el 40% de los trabajadores chilenos. Sometidos a cuatro horas diarias de traslado y jornadas extenuantes, el cansancio deja de ser un mero problema de salud pública para revelarse como un mecanismo político de dominación. En estado de agotamiento crónico, la corteza prefrontal —sede del juicio, la empatía y el pensamiento crítico— funciona a media máquina. Y una mente sin corteza prefrontal activa no analiza ni evalúa: reacciona y obedece al primer estímulo que le llegue con suficiente intensidad emocional. El demagogo y el gran especulador lo saben; a un pueblo agotado, en modo de amenaza biológica permanente, no le alcanzan los números ni las fuerzas para hacer el cálculo.

Esta captura es el eslabón final de una poda estructural que comienza en el nacimiento mismo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la evidencia neurobiológica internacional recomiendan el contacto piel con piel inmediato e ininterrumpido durante la primera hora de vida: la «hora sagrada». En este lapso crítico, el recién nacido requiere posarse sobre el pecho de su madre para regular su frecuencia cardíaca, respiración, temperatura y niveles de glucosa, mientras se libera una marea de oxitocina que imprime la matriz fisiológica del apego y la seguridad. La investigación científica ha seguido respaldando esta práctica de forma contundente: una revisión sistemática de la red Cochrane, que evaluó más de 69 ensayos clínicos con más de 7.000 parejas de madres e hijos, concluyó que el contacto piel con piel inmediato durante la primera hora postparto incrementa significativamente la tasa de lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, mejora la estabilidad cardiopulmonar, regula la temperatura corporal y reduce los niveles de cortisol —la hormona del estrés— tanto en la madre como en el recién nacido. La solidez de esta evidencia es tal que la propia red Cochrane determinó que privar a un recién nacido o a una madre de esta práctica en ensayos clínicos ya no resulta ético. Análisis académicos de universidades chilenas, como la Universidad Andrés Bello, han reiterado que el contacto piel con piel actúa como un modulador neurobiológico fundamental: promueve el apego seguro mediante la liberación masiva de oxitocina, optimiza la adaptación neonatal al medio extrauterino y reduce la probabilidad de depresión o ansiedad postparto en la madre al favorecer el vínculo afectivo temprano.

Sin embargo, clínicas privadas y hospitales públicos ignoran sistemáticamente esta directriz médica internacional. Separan al recién nacido de forma prematura para pesarlo, tallarlo o trasladarlo a salas comunes. Detrás de esta práctica opera la urgencia de acelerar la rotación de camas para que la ocupe otra parturienta, reduciendo al bebé y a la madre a insumos de una cadena de producción sin el «estorbo» de un proceso biológico que exige tiempo y presencia real.

Este vacío de derechos ha sido abordado por el Congreso chileno mediante el proyecto de ley conocido como Ley Adriana (Boletín N° 12.148-11), que busca sancionar la violencia gineco-obstétrica y garantizar derechos durante la gestación, parto y postparto. Sin embargo, su tramitación permanece inconclusa: tras su aprobación en la Cámara de Diputadas y Diputados en mayo de 2022, el proyecto ingresó al Senado en segundo trámite constitucional. En marzo de 2023, la Comisión de Mujer y Equidad de Género del Senado despachó su primer informe aprobando el texto con modificaciones y lo remitió a la Comisión de Salud, donde ha continuado su discusión en particular sin haber sido despachado a la Sala ni promulgado como ley. Cabe destacar que, durante la revisión en comisiones del Senado, se incorporó explícitamente en el Artículo 9 —sobre derechos de la persona recién nacida— el derecho a no ser sometido a exámenes o intervenciones innecesarias inmediatamente tras el parto que interrumpan el contacto piel con piel inicial con la madre. No obstante, mientras la ley no se promulgue, esta garantía, señores senadores, sigue (obscenamente) sin tener fuerza vinculante.

Por otra parte, como denunció con vehemencia el ingeniero Mario Waissbluth al exponer la obscenidad educativa e institucional, el sistema priorizó la eficiencia operativa por sobre la neurobiología del vínculo. Se ignora que las conexiones neuronales y afectivas experimentan su pico máximo entre el útero y los primeros años de vida. Un niño al que se le escatima ese abrazo primordial o cuyo desarrollo es sometido a la lógica de la rotación acelerada, llega a la adultez con el cableado lingüístico y emocional previamente podado. Su mente y su estar en sociedad se forman con ese virus inyectado desde prontísimo, dificultando sostener un argumento, distinguir la palabra propia de la prestada o nombrar con precisión un derecho.

II. De la ostra al disgusto: el mutismo que convierte la espera en aversión

Cuando el tejido neurológico y afectivo es menoscabado desde la cuna, la desesperanza se instala como norma. El sociólogo Javier Auyero documentó cómo miles de personas aprenden, trámite tras trámite, la excepción regular: la certeza de que reclamar no sirve de nada, transformando el derecho en «ayuda» o «favor». Es la conversión del ciudadano en una ostra cerrada (Jacques Lacan): el miedo que dice «ciérrate» para no volver a ser herido.

Sin embargo, los datos del informe Relato Digital revelan un viraje psico-social decisivo en la conversación pública chilena: el miedo, que dominaba la escena con un 45%, se ha desplomado al 1,8%, dando paso al disgusto como la emoción central con un 44,1%.

Desde la lectura relacional, el disgusto es una reacción visceral de rechazo hacia aquello que se percibe como tóxico o descompuesto. Cuando la ostra ya no puede seguir replegada, el miedo contenido no muta en pensamiento crítico organizado —dada la atrofia narrativa previa que dificulta expresar lo que se siente y entender lo que se tiene dentro—, sino en aversión directa. Además, la exposición perenne y sin reparo al juicio de los demás mediante estúpidos pulgarcillos y corazoncillos, sumada a las relaciones asentadas en la triste pobreza del WhatsApp, priva a la ciudadanía del espacio de pausa y reflexión necesario para elaborar el malestar. La ciudadanía ya no juzga la eficiencia técnica de una decisión puntual: experimenta un rechazo profundo hacia la honestidad y credibilidad de las autoridades.

III. La estética de la desconexión: la pantalla frente al dolor real

El monitoreo de la conversación digital evidencia que la indignación pública no se activa únicamente por la falta de obras en terreno, sino por la disputa del reparto presupuestario y la puesta en escena del poder. Mientras la reconstrucción tras los temporales en Coquimbo y Atacama se posterga mediante reasignaciones locales —como la suspensión de La Pampilla— y el aplazamiento de fondos hacia el Presupuesto 2027, la respuesta de las autoridades cae en la lógica del espectáculo digital.

El fenómeno de autoridades ingresando al ranking de las más mencionadas no por su gestión pública, sino por gestos desconectados del dolor —fotografías posadas en zonas de catástrofe viralizadas como «turismo de gestión» o investigaciones por uso inadecuado de bienes fiscales—, grafica la perversión de la política contemporánea. El político, modelado por la misma economía de la atención que atrapa al ciudadano en las cuatro estaciones de la hipnosis, sustituye la presencia real por la imagen inmediata.

Frente al ciudadano con las conexiones podadas desde el parto y la corteza prefrontal agotada por el insomnio, el poder ya ni siquiera intenta ofrecer un relato articulado; ofrece performances. Pero cuando la brecha entre la experiencia del dolor real y la escenificación oficial se vuelve insostenible, el consumo anestésico de pantallas falla y emerge el disgusto puro.

IV. El cerebro perezoso, la rana que olvidó su veneno y el desplome de la credibilidad

El filósofo José Antonio Marina caracteriza nuestra mente como una suma de «chapuzas evolutivas»: un órgano perezoso que busca ahorrar energía cognitiva aceptando respuestas empaquetadas. Cuando el debate público se vacía de densidad argumentativa y la población vive en cansancio permanente, prosperan las ideologías cerradas funcionando como virus mentales.

En este escenario, el gobierno de José Antonio Kast experimenta un desplome en la aprobación presidencial (cayendo al 25,6% según Pulso Ciudadano, con un 58,9% de desaprobación) e instalando una sangría institucional que suma 39 autoridades fuera del gabinete en solo cinco meses. La ilusión de un liderazgo capaz de administrar el orden mediante respuestas tajantes se disuelve.

La paradoja es brutal: la narrativa que prometía restaurar la firmeza frente a la «rana sin veneno» del progresismo, con sus «consensos» obsesivos, termina atrapada en la misma inoperancia, agravada por la falta de empatía elemental hacia el dolor ajeno. Cuando la autoridad niega la existencia de víctimas o realiza actos de autoexhibición en medio del apagón de miles de hogares, el virus mental del orden autoritario pierde su eficacia explicativa. El cerebro agotado del electorado ya no encuentra consuelo en el discurso de la firmeza; solo registra la descomposición moral del equipo gobernante.

Para comprender la profundidad de esta deriva, es preciso examinar la metáfora de la rana y su veneno con mayor detenimiento. No se trata simplemente de una especie que perdió su capacidad de defensa por ingenuidad o por concesiones tácticas. La fábula es más antigua y más oscura: la rana acepta cruzar al escorpión, le cree la promesa, y a mitad del río siente el aguijón clavado en el lomo. «¿Por qué?», pregunta la rana moribunda, mientras las dos orillas se alejan por igual. «Es mi naturaleza», responde el escorpión, y se hunde con ella, porque ni siquiera el veneno sabe nadar. El progresismo chileno —rana ingenua— ha cruzado muchos ríos cargando escorpiones que prometieron no picar.

Pero el problema no es únicamente la naturaleza del escorpión, sino la creencia de la rana. ¿Por qué acepta cargarlo una y otra vez, río tras río, generación tras generación? Porque ha incorporado, en lo más hondo de su ser, la idea de que su función es transportar a otros hacia destinos que nunca serán los suyos. Es la misma lógica de la indefensión aprendida: ese estado en que un organismo, tras repetidas experiencias de no poder cambiar su destino, deja de intentarlo incluso cuando la posibilidad real de cambio vuelve a estar disponible. La rana no carga al escorpión porque no tenga alternativa; lo carga porque ha aprendido, a fuerza de ríos cruzados, que negarse nunca fue una opción que su cuerpo reconociera como propia.

Esta dinámica es precisamente la que el sociólogo Pierre Bourdieu —a quien debemos el concepto de violencia simbólica— describió con la precisión de un cirujano social: la dominación más efectiva no es la que se ejerce con el garrote, sino aquella que cuenta con la complicidad invisible de los propios dominados. No hace falta la bayoneta si se logra que el campesino interiorice el vocabulario del capataz y acepte la jerarquía como si fuera el paisaje mismo de la realidad. Esa incorporación, esa inscripción en la carne de lo que antes era una imposición externa, es la violencia simbólica en estado puro: el dominado que acepta como natural el orden que lo aplasta, y que incluso, en las noches de más frío, agradece en voz baja al escorpión por haber elegido su lomo y no otro.

La deriva del progresismo chileno ilustra este proceso con nitidez dolorosa. Primero fue la Concertación, que elevó la obsesión por los consensos a la categoría de dogma, pactando una transición tibia que administró y legitimó el modelo neoliberal a cambio de una gobernabilidad despojada de conflicto social. Su habitus de clase —ese sistema de disposiciones durables que se inscribe en el cuerpo como una segunda naturaleza— dejó de ser el del barrio obrero para convertirse en el del salón alfombrado. Y cuando un cuerpo cambia de habitus, cambia también lo que es capaz de desear. Los dirigentes no eligieron libremente volverse insípidos; fueron moldeados, célula por célula, por las mismas instituciones que pretendían transformar, con la lentitud paciente con que el agua moldea la piedra sin que la piedra note jamás el momento exacto de su rendición.

Décadas más tarde, el Frente Amplio replicó la misma dinámica bajo una estética renovada. Al ingresar a la institucionalidad y enfrentarse a la dureza del aparato estatal, sacrificó su pulsión impugnadora en el altar de la responsabilidad fiscal y la negociación parlamentaria. El consenso, esa palabra que en los discursos oficiales brillaba como una medalla, era en realidad la imposición de una doxa: un conjunto de creencias que se presentan como evidentes, como naturales, como el único orden posible. Cuando los partidos aceptaban el corsé constitucional heredado de la dictadura como un dato inmodificable de la realidad, no estaban siendo pragmáticos: estaban aceptando que los límites de lo pensable los definieran los herederos del sable. La doxa del consenso era, en verdad, la victoria póstuma de los que habían perdido el plebiscito pero ganado la batalla por el sentido común.

Al renegar del conflicto como motor de la historia y sustituir la densidad ideológica por la moderación tecnocrática, el progresismo se convirtió en esa rana desarmada: un actor político que perdió el «veneno» de la indignación y la fuerza de la impugnación estructural. Pero la pérdida del veneno no fue un accidente ni una simple renuncia táctica: fue el producto inevitable de una violencia simbólica perfectamente administrada. Cuando los partidos que nacieron para representar a los desposeídos abandonan el lenguaje de los desposeídos, no están simplemente «moderándose»: están legitimando la idea de que el lenguaje de los dueños es el único que merece ser hablado en público. Y esa legitimación es la más letal de las conquistas, porque se realiza sin que nadie dé la orden de atacar. La rana no fue vencida en combate: fue convencida, poco a poco, de que su veneno era una exageración, de que llamarlo veneno era de mal gusto, de que lo prudente era guardarlo en un frasco y tirar la llave al fondo del río.

Esta desactivación de la capacidad impugnadora encuentra su anclaje neurobiológico en la poda temprana que este ensayo ha descrito. Un cerebro cuyas conexiones fueron debilitadas desde la primera hora de vida —privado del contacto piel con piel que imprime la matriz del apego seguro, sometido luego a la hipnosis de la pantalla y al agotamiento crónico— es un cerebro con la corteza prefrontal funcionando a media máquina. Y una mente sin corteza prefrontal activa no analiza ni evalúa: reacciona y obedece. No distingue con claridad entre la palabra propia y la prestada. No logra nombrar con precisión un derecho, ni articular el malestar en una demanda política coherente. La poda neurológica y la domesticación política son, en verdad, dos caras de un mismo proceso: la producción masiva de ranas sin veneno, convencidas de que el río siempre se cruza cargando a alguien y de que el aguijón, cuando llega, es simplemente la naturaleza cumpliendo su curso.

Pero el conservadurismo chileno ha cometido el error simétrico. Ha creído que la batalla cultural era su victoria, sin entender que estaba librando una guerra en un campo minado que el neoliberalismo había diseñado para que todos los combates fueran irrelevantes. Mientras se ocupaban de controversias morales, la vida seguía otro curso: el trabajo impedía fundar la familia, la vivienda negaba descanso e intimidad, el crédito sustituía al ahorro, las ciudades marginaban a sus habitantes. Ninguna moral privada, por más encendida que fuera la discusión, podía sustituir las condiciones sociales de una vida humana. La promesa de restaurar la firmeza resultó ser otra forma de cargar al escorpión, esta vez con la ilusión de que esta vez sí cumpliría su palabra.

La ciudadanía, mientras tanto, no necesita leer a Pierre Bourdieu para sentir en el cuerpo lo que él describió con conceptos. Sabe, con esa inteligencia somática que no requiere argumentos, que el menú político ofrece platos que saben a la misma agua hervida. Sabe que reclamar no sirve de nada, que el derecho se ha vuelto «ayuda» o «favor». Sabe que la rana siempre carga al escorpión y que el escorpión siempre pica. Lo que los datos del informe Relato Digital revelan como el paso del miedo al disgusto es, en el fondo, el momento en que la ostra ya no puede seguir replegada y la rana ya no puede seguir fingiendo que no ve el aguijón. Es el cuerpo colectivo diciendo: ya no creo, ya no obedezco, ya no cargo a nadie hacia ningún destino.

El verdadero trabajo político, entonces, no consiste en silenciar las voces que desentonan con el orden establecido, ni en ganar batallas culturales que apenas rozan la superficie de lo real, sino en aprender a escucharlas todas sin que ninguna se quede sin lugar. Hay que desmontar la doxa que hizo desaparecer las instituciones plurales. Hay que desnaturalizar lo que el neoliberalismo presentó como natural: la desigualdad como mérito, la competencia como destino, el mercado como juez supremo de la vida humana. Hay que volver a pensar lo impensable.

Porque la dominación más efectiva no es la que prohíbe la rebelión, sino la que convence a los rebeldes de que no hay nada contra lo que rebelarse. Y esa convicción, que empieza como una idea, termina incrustada en el cuerpo, en la postura, en el modo de bajar la vista, hasta que ya no hace falta ningún carcelero: el cuerpo entero se ha vuelto la celda. Devolver el veneno a la rana no es un llamado a la destrucción indiscriminada; es recuperar la capacidad de nombrar la injusticia, de articular el malestar, de imaginar un destino que no sea simplemente transportar a otros hacia destinos que nunca serán los propios.

V. De la retirada íntima al enthousiasmós: reconstruir la República desde la cuna

En Chile, tras el estallido social de 2019, la ausencia de instituciones intermedias provocó que el descontento se dispersara sin consolidar una infraestructura duradera. Sin lugares físicos donde practicar la deliberación, el agotamiento no se convirtió en programa: se convirtió en retirada íntima. En contraste con experiencias como la reciente campaña de Zohran Mamdani en Nueva York —donde la queja individual logró encauzarse en organización comunitaria gracias a una red viva de asambleas y sindicatos—, la crisis chilena demuestra que el malestar sin territorio ni espacios comunes se traduce en resignación y cuna vacía.

Para revertir esta crisis de legitimidad y reconquistar el enthousiasmós —esa fuerza comunitaria de «tener un dios adentro»—, la política debe superar las promesas abstractas y devolverle a la ciudadanía la certeza biológica y social de que hay alguien al otro lado. Reconstruir la República exige un programa político concreto basado en cinco exigencias de reparación:

Devolver la primera hora: Garantizar el cumplimiento estricto del contacto piel con piel ininterrumpido al nacer como derecho biológico e infraestructura neuronal primaria de la nación. Esto implica no solo retomar y aprobar definitivamente la Ley Adriana —hoy estancada en la Comisión de Salud del Senado— para dar rango legal a este derecho, sino también alinear los protocolos hospitalarios públicos y privados con la evidencia científica acumulada, hoy refrendada por la revisión Cochrane y los estudios académicos nacionales. Porque la producción de ranas sin veneno comienza exactamente aquí: en esa primera hora robada donde se imprime, o se niega, la matriz fisiológica de la seguridad y el apego.

Obligatoriedad escolar y cuidado temprano: Declarar la escolaridad obligatoria de los 3 a los 6 años, formar masivamente a cincuenta mil educadoras y elevar el estándar de los jardines infantiles para diagnosticar y reparar el rezago neuronal a tiempo.

Reconocer el trabajo de cuidado: Visibilizar y cofinanciar el trabajo no remunerado de crianza y cuidados, incorporándolo en la reforma previsional y aliviando la carga que ahoga a las familias.

Reconstruir las instituciones intermedias: Crear y financiar centros comunitarios, juntas de vecinos, clubes deportivos y ferias libres. Lo digital convoca, pero solo el territorio físico retiene y transforma la experiencia privada del malestar en demanda articulada. Solo en el cuerpo a cuerpo de la asamblea, del sindicato, de la feria, la rana recuerda que alguna vez supo nadar sin ayuda y que el veneno no era una exageración: era su naturaleza, y renunciar a él fue la primera de todas las derrotas.

Devolver el lenguaje: Recuperar palabras secuestradas como libertad, familia, comunidad y justicia, nombrándolas con historia y cuerpo. El robo del lenguaje es el robo de la herramienta para nombrar y combatir la injusticia. Cuando los dueños del diccionario imponen sus definiciones, la rana no sólo pierde su veneno: pierde también la palabra para nombrarlo.

Garantizar la primera hora a los que nacen, el descanso a los que trabajan y el lenguaje a los que aprenden no son medidas asistenciales: son las condiciones neurobiológicas y relacionales para que exista ciudadanía. Son, también, las condiciones para que la rana deje de cargar escorpiones y recupere, junto con su veneno, la capacidad de decidir hacia qué orilla quiere nadar. Solo devolviendo la presencia y la justicia al territorio vital, el silencio del agotamiento y la resignación podrá convertirse en la primera sílaba de una República reencontrada.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

Debes leer

spot_img