«La vida tiene un solo sentido, poder jugársela«.
— Jacques Lacan
No es una frase de motivación.
Lacan no era de esos. Era el hombre que pasó décadas diciéndoles a sus pacientes que la única culpa real es haber cedido en el propio deseo. No el deseo caprichoso, no el impulso de la tarde. El deseo profundo — el que sabes que está ahí aunque no siempre puedas nombrarlo, el que emerge cuando el ruido se aquieta y ya no tienes que actuar para nadie.
Jugársela es seguir ese deseo aunque no haya garantías. Aunque la relación pueda terminar. Aunque el dinero no alcance. Aunque no sepas qué hay al final.
¿Y si algo sale mal?
Esa es la voz del miedo. Y el miedo tiene razón en algo: algo podría salir mal. Lo que no tiene razón es en lo que hace con esa información. En lugar de decirte «esto te importa, presta atención», te dice «ciérrate». Y te convierte en lo que la biología marina produce como defensa extrema: una ostra. Cerrada. Impermeable. Protegida. Y atrapando adentro, sin saberlo, la perla.
Buscamos una seguridad que no existe.
Lo único verdaderamente seguro —con una certeza que ningún sistema filosófico ha podido rebatir— es que vamos a morirnos. Y sin embargo dejamos para después lo que deseamos hoy, con la lógica del que guarda el mejor vino para una ocasión especial que nunca llega.
Los Upanishads lo formularon hace más de dos mil quinientos años con una precisión desconcertante: eres lo que es tu más profundo deseo. No lo que piensas. No lo que declaras. Lo que deseas genuinamente, desde el núcleo, es lo que organiza tu historia.
El trauma contamina ese deseo en su raíz. No porque destruya la capacidad de querer, sino porque instala entre la persona y su deseo un sistema de alarma que lleva vigilando desde mucho antes de que nadie le pidiera que dejara de hacerlo. Las lealtades invisibles lo secuestran —a veces lo que se posterga no es el propio miedo, sino el de alguien de la familia que no pudo cruzar cuando quiso—. El miedo gobernante lo mantiene silenciado con una eficiencia que la propia persona reconoce, pero no siempre puede interrumpir sola.
No porque sea débil. Porque el sistema nervioso no aprende a regularse con voluntad. Aprende en contacto con otro sistema nervioso regulado.
Hay un momento en la película Comer, rezar, amar en que Elizabeth Gilbert está paralizada al borde de una decisión que va a cambiar su vida. Un amigo romano la mira y le dice una sola palabra: Attraversiamo. Crucemos. No cuando esté lista. No cuando haya resuelto todas las dudas. Ahora. La invitación a cruzar no promete que todo irá bien. Reconoce que sin cruzar no hay historia posible — solo el ensayo infinito de una vida que nunca empieza.
El trabajo terapéutico serio no enseña a no tener miedo. Enseña a regularlo, para que no sea él quien decida. Con el sistema nervioso regulado —con el circuito de calma activo, con un suelo interno suficiente—, el miedo puede ser escuchado como información, en lugar de obedecido como mandato. Y desde ese lugar, la pregunta de Lacan puede formularse con toda su radicalidad: ¿se está jugando la persona, de verdad, por su propio deseo? ¿Está avanzando sin saber qué hay al final, y haciéndolo de todas formas?
Quizás la pregunta que deja Lacan no busca una respuesta inmediata. Busca, apenas, que se la sienta un momento antes de seguir leyendo cualquier otra cosa — y que cada quien decida, a su tiempo, si ya es hora de abrir la ostra.


