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La ventana de oportunidad de desarrollo de nuestros niños

La ventana de oportunidad del desarrollo neuronal y la biología de la inteligencia de nuestros niños

Durante los últimos veinte años, el sistema político chileno ha privilegiado la gratuidad y la cobertura en educación superior por sobre la educación inicial. Hemos invertido miles de millones de dólares en atender las consecuencias del desastre educativo, mientras ignoramos sistemáticamente su causa originaria: lo que ocurre —o no ocurre— entre los cero y los seis años de vida de un niño. Así lo plantea el ingeniero Mario Waissbluth, y la evidencia que reúne es difícil de discutir.

El Premio Nobel de Economía James Heckman demostró que la rentabilidad social de invertir en educación inicial es siete veces mayor que invertir en educación superior, y cuatro veces mayor que invertir en educación escolar. No es solo una cuestión de rendimiento académico posterior: la inversión temprana reduce el crimen, la drogadicción y los problemas de salud mental, y aumenta la estabilidad familiar y el empleo en la adultez.

Detrás de ese argumento económico hay un sustrato biológico muy concreto. Según el Center on the Developing Child de Harvard, las conexiones neuronales del lenguaje alcanzan su pico de formación entre los tres meses antes del parto y los doce meses de vida. A los seis años, esa ventana de oportunidad prácticamente se ha cerrado. Cuando un niño no recibe estímulo suficiente —por deprivación, o por lo que se conoce como estrés tóxico, presente en Chile en un 35% de los hogares con violencia intrafamiliar severa—, el cerebro aplica lo que se llama poda neuronal: elimina las conexiones que no se usan, para ahorrar energía. Recuperar después ese cableado es, según explica Waissbluth, una carrera casi perdida.

Países que ya comprendieron esto actuaron en consecuencia. Francia hizo obligatorias sus Écoles Maternelles desde los tres años, con docentes de nivel de maestría. Estados Unidos exige una proporción máxima de seis a doce niños por profesional universitario, según la edad, con magíster y certificación estatal obligatoria antes de entrar al aula.

Los números que reúne Waissbluth para el caso chileno son duros. El país tiene un 50% de analfabetismo funcional en adultos, y un 25% incluso entre egresados de educación superior, la mayoría probablemente con su cableado lingüístico ya podado antes de llegar a primero básico. Mientras tanto, la mitad de los cupos en salas cuna de la Junji e Integra para menores de un año están desocupados, y un 30% en el tramo de uno a dos años, simplemente porque muchas familias no conocen el valor de la estimulación temprana. En promedio hay 23 niños por educadora en Chile, frente a los estándares de alta densidad pedagógica que exige la OCDE, y en algunos establecimientos esa cifra llega a 32. Los jardines de Vía Transferencia de Fondos, que atienden a más de 95 mil niños en las comunas más vulnerables, reciben un 40% menos de financiamiento que los centros de Junji o Integra. Un diagnóstico internacional (CLASS) muestra además que las educadoras chilenas son muy afectivas, pero que faltan interacciones pedagógicas que promuevan el pensamiento crítico y la expansión del vocabulario.

La propuesta de Waissbluth no es un ajuste menor. Plantea, entre otras medidas, hacer obligatoria la educación inicial entre los tres y seis años como requisito para ingresar a primero básico; formar y contratar 50 mil nuevas educadoras, con carrera docente y certificación obligatoria; lanzar una campaña nacional para que los padres entiendan la importancia de hablarles a los niños desde antes de nacer; construir infraestructura de nuevo estándar en las comunas más vulnerables; ampliar el proyecto de Sala Cuna Universal para cubrir hasta los cuatro años, aprovechando los cupos hoy desocupados; y evaluar a cada niño al ingresar a primero básico, para dar apoyo intensivo a quienes llegan con rezago de estimulación. El costo estimado —cerca de dos mil millones de dólares en infraestructura y formación, más la duplicación del gasto corriente anual— equivale a alrededor de un 1% del PIB adicional, una cifra que, comparada con el costo social y económico de no intervenir a tiempo, Waissbluth describe como una bicoca.

Vale la pena ir todavía más atrás en esta cadena, hasta el propio nacimiento, porque ahí también estamos partiendo mal. La Organización Mundial de la Salud y UNICEF recomiendan que todo recién nacido sano permanezca en contacto piel con piel con su madre, sin interrupción, durante al menos una hora tras el parto, idealmente hasta que se complete la primera toma de lactancia. Es un período que la evidencia asocia con mejor regulación cardiorrespiratoria del bebé, mayor éxito en la lactancia, menor estrés materno y un vínculo de apego que arranca con el pie derecho. Sin embargo, según la Encuesta de Nacimiento de 2018, que consultó a cerca de 6.000 mujeres en Chile, menos del 20% tuvo al menos media hora de contacto piel con piel con su bebé tras el parto. La gran mayoría de los recién nacidos en el país son separados de su madre antes de cumplir ni siquiera la mitad del tiempo mínimo recomendado, y muchos no reciben ese contacto en absoluto. Si el cableado neuronal del lenguaje empieza a formarse desde tres meses antes del parto, la primera hora después de nacer es, literalmente, el inicio de esa ventana crítica que Waissbluth describe.

Después de años observando procesos humanos, algo se repite con una regularidad casi física: un cerebro que no recibió suficiente estímulo ni suficiente contención en sus primeros años no solo pierde vocabulario, pierde también parte de su capacidad para regularse, para sentir que el mundo es un lugar seguro al que vale la pena acercarse. La poda neuronal de la que habla Waissbluth no es solo un fenómeno lingüístico: es, en el fondo, el mismo mecanismo que explica por qué tantos adultos llegan a terapia sin saber nombrar lo que sienten, o sin poder calmar un cuerpo que aprendió, muy temprano, que nadie iba a hacerlo por ellos. Invertir en la primera infancia no es solo una política educativa. Es invertir en la capacidad futura de millones de personas para regular su propio sistema nervioso, la base sobre la que se construye después cualquier otro aprendizaje, cualquier otro vínculo, cualquier otra posibilidad de bienestar.

— A partir de una columna de Mario Waissbluth.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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