Hay una palabra griega que ayuda a nombrar con precisión lo que separa el fenómeno del pesimismo en Chile que diagnostica Roberto Méndez del fenómeno de Zohran Mamdani. La palabra que describe lo que ocurrió en Nueva York es enthousiasmós (ἐνθουσιασμός): literalmente, «tener un dios adentro». El origen mismo de la palabra «entusiasmo» describe ese estado de energía compartida que surge cuando un grupo de personas actúa junto hacia algo que siente propio — un estado que, según los griegos, no se producía en soledad, sino solo en la actividad comunitaria.
En dos extremos de América, dos espejos devuelven el reflejo de una misma crisis del bienestar, pero con rostros antagónicos: la esperanza y la renuncia. La diferencia entre ambos fenómenos no es sólo ideológica: es casi biológica. Porque en Chile la desesperanza ya no se mide únicamente en sondeos; se mide en guaguas que no nacen, en noches sin dormir, en madres separadas de sus hijos a la hora de parir y, en la raíz de todo, en un cerebro infantil al que se le podan las conexiones neuronales antes de que aprenda a hablar.
El diagnóstico de Méndez: un pesimismo sin precedentes
Roberto Méndez —uno de los máximos especialistas en opinión pública, responsable de la Encuesta Bicentenario UC— documentó un pesimismo que no se registraba en dos décadas de mediciones. Ese hallazgo no describe solamente un estado de ánimo pasajero: describe una desconexión entre las personas y la sensación de que su acción individual o colectiva puede cambiar algo real.
El pesimismo, mirado así, no es tristeza. Es la ausencia exacta de lo que los griegos llamaban entusiasmo: la certeza de que actuar junto a otros vale la pena porque produce un efecto verificable en el mundo compartido. Cuando esa certeza desaparece, lo que queda no es rabia activa ni protesta — es retirada. Cada quien, silenciosamente, dejando de apostar.
La obscenidad educativa: el cableado que nunca se formó
Hay que empezar por lo más hondo, por lo que el ingeniero Mario Waissbluth ha llamado «la obscenidad educativa». Durante los últimos veinte años, obedeciendo a la presión de la calle y a los dividendos electorales de corto plazo, el sistema político chileno ha privilegiado la gratuidad y la cobertura en educación superior por sobre la educación inicial. Miles de millones de dólares y decenas de leyes se han dedicado a las consecuencias del desastre educativo, mientras se ignoran sistemáticamente sus causas originarias, que se extienden desde los cero a los seis años de edad.
El Premio Nobel de Economía James Heckman lo demostró con una claridad incómoda: la rentabilidad social de la inversión en educación inicial es siete veces mayor que la de educación superior, y cuatro veces mayor que la de educación escolar. No se trata solo de rendimiento escolar posterior: invertir temprano reduce el crimen, la drogadicción y los problemas de salud mental, e incrementa la estabilidad familiar y el empleo en la adultez.
Detrás de este argumento económico hay un sustrato biológico implacable. Según el Center on the Developing Child de Harvard, las conexiones neuronales del lenguaje se forman en su pico máximo entre tres meses antes del parto y los doce meses de vida. A los seis años, esa ventana de oportunidad prácticamente se ha cerrado.
Si no se estimula a un niño desde la cuna, el cerebro aplica una medida drástica: la poda neuronal. Lo que no se usa se elimina para ahorrar energía. Y si ese cableado se podó por falta de estímulo, deprivación o estrés tóxico —presente en Chile en un 35% de los hogares con violencia intrafamiliar severa—, la recuperación posterior es una carrera casi perdida.
Mientras la OCDE exige alta densidad pedagógica por sala, con educadoras de alto nivel, en Chile el promedio es de 23 niños por educadora, cifra que llega hasta 32 en muchos establecimientos. Para equiparar el estándar de Estados Unidos haría falta formar y contratar cerca de 51 mil educadoras universitarias adicionales — más del doble de la dotación actual. Los jardines de Vía Transferencia de Fondos, que atienden a más de 95 mil niños de las comunas más vulnerables, reciben alrededor de un 40% menos de financiamiento fiscal que los centros de Junji o Integra.
El resultado es una fábrica de poda neuronal a escala país: 50% de analfabetismo funcional en adultos, y un 25% incluso entre egresados de educación superior — la mayoría, probablemente, con el cableado lingüístico ya podado antes de llegar a primero básico.
La crónica de una negativa anunciada
Sobre este suelo de poda neuronal se construye todo lo demás. Los datos de natalidad son elocuentes: en 2023, los nacimientos cayeron un 13% respecto al año anterior, la cifra más baja desde que existe registro. El 63% de las mujeres entre 18 y 35 años declara que posterga o renuncia a la maternidad por razones económicas.
Bajo el gobierno de José Antonio Kast, Chile sigue sin ofrecer servicios de cuidado infantil universales — y, más de fondo, sigue sin tratar la educación inicial como lo que biológicamente es: la infraestructura neuronal de la nación, no una guardería laboral.
Si en Nueva York Mamdani promete congelar alquileres y transporte gratuito, en Chile la sala cuna universal sigue siendo un anhelo postergado por décadas. Pero el problema es más profundo que la cobertura: hay un 50% de desocupación de cupos Junji e Integra en salas cuna de cero a un año, y un 30% en el tramo de uno a dos años, en parte porque muchas familias no conocen el valor de la estimulación temprana. El sistema no solo no provee lo suficiente — tampoco enseña a valorar lo que sí provee.
El insomnio como forma de vida
Y luego está el insomnio. No el metafórico, sino el real, el que documentan la Dirección del Trabajo y las encuestas de calidad de vida: más del 40% de los trabajadores chilenos duerme mal, y el principal predictor no es una condición individual, sino una arquitectura social diseñada para devorar el descanso. Chile tiene una de las jornadas laborales más largas de la OCDE, y en ciudades como Santiago millones de personas destinan hasta cuatro horas diarias solo al traslado.
Pero lo más perturbador no es el cansancio en sí. Es que casi nadie logra verlo con claridad. Cada persona que duerme de pie en el metro, apoyada contra el vidrio, cree conocerse a sí misma lo suficiente como para navegar su propia vida — cree tener un criterio razonable, bien adaptado. Esa certeza tranquila es, paradójicamente, la que más dificulta ver el sistema que la sostiene desde antes de nacer: un cableado neuronal ya condicionado por la poda temprana, sin las herramientas lingüísticas necesarias para nombrar del todo la propia condición.
La hora robada
En la cima de esta pirámide de renuncias hay un acto fundacional que a menudo se rompe: la separación al nacer. Ocurre en la sala del hospital, en el instante en que la madre extiende los brazos y el equipo médico se lleva a la criatura con la misma eficiencia con que se retira una bandeja de quirófano — no por crueldad, sino por protocolo, que es el nombre que las instituciones le dan a decisiones de gestión que terminan teniendo un costo humano real. La cama tiene que rotar. Y la hora en que dos cuerpos que se conocieron durante nueve meses se encuentran por fin al aire libre no genera ningún ingreso registrable en la contabilidad de una clínica. Lo que no produce una pérdida contable, en un sistema que solo cuenta lo que se puede cobrar, tiende a quedar invisible.
En esa hora se juega la sincronización de temperaturas que prepara al recién nacido para el mundo, la oleada de oxitocina que sostiene el vínculo que nueve meses de gestación construyeron, y algo más difícil de nombrar: la primera señal que el sistema nervioso de la criatura espera antes que cualquier otra cosa — la señal de que hay alguien al otro lado. La falta de servicios de cuidado infantil no empieza en la sala cuna. Empieza esa primera noche, en el cableado del apego que debería comenzar a tejerse desde el primer minuto.
Enthousiasmós: el dios que entra cuando se actúa juntos
Lo que Zohran Mamdani logró en Nueva York no fue solo ganar una elección. Fue producir, durante meses, el fenómeno inverso al que describe Méndez: miles de personas tocando puertas, organizando reuniones de barrio, convenciéndose entre sí de que el costo de vida podía discutirse y cambiarse. Eso es entusiasmo en su sentido más literal y más antiguo — no el entusiasmo individual de quien se emociona viendo un discurso por televisión, sino el que solo nace, según la etimología griega, de la actividad hecha en conjunto.
Es una energía que no se puede fabricar desde un escritorio de gobierno ni prometer en un eslogan de campaña. Se genera, o no se genera, en la práctica concreta de organizarse con otros alrededor de un problema compartido. Ahí está la diferencia estructural con el pesimismo que mide Méndez: el pesimismo chileno documentado por la encuesta describe, en el fondo, la ausencia casi total de esa práctica organizativa cotidiana — no porque falte motivo, sino porque faltan los espacios donde esa energía colectiva pudiera formarse.
Dos caminos ante el mismo abismo
Aquí emerge el contrapunto con Zohran Mamdani. El neoyorquino no solo promete ayudas materiales: su victoria demuestra que una sociedad agotada puede canalizar su cansancio y su miedo en acción política concreta, bajo la bandera de la «asequibilidad». Mamdani logró lo que pocos políticos consiguen: transformar la queja en voto, el agotamiento en programa, la frustración en esperanza organizada.
En Chile, en cambio, el mismo agotamiento parece haberse convertido, en buena medida, en retirada íntima — una decisión silenciosa, tomada hogar por hogar, de no seguir apostando al futuro en las condiciones actuales.
Por qué Nueva York pudo y Chile, por ahora, no
Nueva York tenía, para cuando llegó Mamdani, una infraestructura de organización comunitaria y sindical con décadas de práctica —imperfecta, pero viva—, capaz de canalizar el descontento en estructura de campaña. Chile, en cambio, salió del estallido social de 2019 con un descontento real pero sin que ese descontento lograra consolidarse en una infraestructura organizativa estable y sostenida en el tiempo — el impulso se dispersó antes de convertirse en la clase de práctica repetida que el entusiasmo griego exige.
Esto no es un juicio moral sobre ningún país ni sobre sus habitantes. Es una diferencia de infraestructura social: el entusiasmo, en su sentido original, necesita un lugar físico y repetido donde practicarse — asambleas, sindicatos, juntas de vecinos con poder real, campañas de puerta en puerta. Donde ese lugar existe con suficiente densidad, el pesimismo encuentra un cauce de salida. Donde no existe, o se disolvió, el pesimismo se queda adentro, convertido en la clase de resignación silenciosa que Méndez detecta en sus números.
Devolver lo robado: la revolución de la educación inicial
La lección de Nueva York se cruza con la propuesta de Waissbluth: Mamdani demuestra que la respuesta a la crisis del costo de la vida puede ser política, colectiva, articulada como programa. Pero Chile necesita algo más profundo que una agenda de asequibilidad — necesita que la educación inicial se convierta en el principal proyecto país de la próxima década.
No se trata solo de construir salas cuna. Se trata de establecer la obligatoriedad escolar entre los tres y seis años; formar y contratar masivamente a 50 mil nuevas educadoras, y reentrenar a las 40 mil actuales en estimulación del lenguaje; lanzar una campaña nacional que explique, con evidencia, por qué hablarle a un bebé desde la gestación importa; construir salas cuna y jardines de nuevo estándar pedagógico en las comunas más vulnerables, en la línea de las Écoles Maternelles francesas; y diagnosticar a cada niño al ingresar a primero básico, para dar apoyo pedagógico intensivo a quienes llegan con rezago de estimulación temprana.
La inversión estimada ronda los dos mil millones de dólares por una vez, más la duplicación del gasto corriente anual — alrededor de un 1% del PIB adicional. Una cifra modesta frente al costo de sostener cárceles llenas, salud mental colapsada y una fuerza laboral que, en uno de cada cuatro casos entre los universitarios, no logra comprender del todo lo que lee.
El entusiasmo no se decreta, se practica
El entusiasmo, entendido a la manera griega, no es una emoción que un liderazgo carismático pueda simplemente inyectar desde arriba una vez y sostener después con inercia. Es una práctica que se repite, que necesita mantenimiento, que se debilita en el momento exacto en que la gente deja de encontrarse físicamente alrededor de un problema compartido.
Por eso el contraste entre Méndez y Mamdani no debería leerse como una comparación de líderes, sino como una comparación de ecosistemas: uno donde la práctica comunitaria sigue viva y puede canalizar el descontento en energía compartida, y otro donde esa práctica se debilitó lo suficiente como para que el mismo descontento, sin cauce, se convierta en la clase de pesimismo individual y silencioso que una encuesta puede medir, pero resultará muy difícil de revertir.
La grieta y el nuevo idioma
Roberto Méndez habla de una «emergencia» de pesimismo, y esa emergencia tiene hoy forma concreta: una cuna vacía, un despertador a las 5 de la mañana, una madre que llega a casa cuando su hijo ya duerme, un niño de primero básico que llegó al aula con el cableado neuronal ya podado.
Chile, atrapado entre el legado de un estallido social que no logró parir un nuevo pacto y un gobierno que hasta ahora observa el desplome demográfico sin una respuesta a la altura, parece haber elegido, en los hechos, la respuesta más radical de todas: dejar de nacer.
Pero si la política logra devolver la primera hora a los que llegan, el sueño a los que viven, y el lenguaje a los que recién empiezan a hablar, ese silencio todavía puede dejar de ser resignación — y convertirse en la primera sílaba de un idioma nuevo. Porque en el cableado neuronal de los niños de hoy se juega, de manera literal, el futuro del país.


