Zygmunt Bauman | Retrotopía, 2017
«Una sociedad revela su verdadero estado por la manera en que imagina el futuro…»
«Con semejante giro de ciento ochenta grados, el futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas y de las más legítimas expectativas para convertirse en un escenario de pesadillas: el terror a perder el trabajo y el estatus social asociado a este, el terror a que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen sin remedio por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar…» Zygmunt Bauman
El futuro como espejo del presente
El futuro ya no inspira confianza. Mientras que antes se lo concebía como el lugar donde podían realizarse los proyectos, los sueños y el progreso, hoy muchas personas lo asocian con el miedo a perder lo que tienen. La frase de Bauman condensa una mutación antropológica profunda: la relación con el tiempo ha cambiado. El futuro dejó de ser ese territorio abierto donde la acción humana podía desplegarse para construir un mundo mejor, y se ha convertido en una amenaza inminente, una sombra que se proyecta sobre el presente.
Esta mutación no es meramente psicológica; es estructural. Responde a un cambio en las condiciones materiales de existencia: la precarización del trabajo, la crisis de los sistemas de bienestar, la desigualdad creciente y la emergencia climática han erosionado la confianza en el mañana. Cuando la vida se vuelve incierta, el presente se convierte en un campo de batalla donde hay que defender lo que se tiene, y el pasado —idealizado, distorsionado, despojado de sus contradicciones— aparece como un refugio.
Si el porvenir deja de ser el horizonte donde se proyectan las esperanzas y se convierte en una fuente de temor, cambia también nuestra relación con el presente. Entonces el deseo cede lugar a la incertidumbre y la confianza es reemplazada por la necesidad de protegerse. En esa situación, la esperanza deja de orientar la vida colectiva y el pasado comienza a parecer un refugio frente a un mañana percibido como amenaza.
La retrotopía como modo de vida
Bauman acuñó el término retrotopía para designar una paradoja: la utopía ya no está en el futuro, sino en el pasado. La sociedad contemporánea, desencantada con la promesa del progreso, inventa un pasado a su medida —un pasado seguro, armónico, comunitario— y proyecta en él la felicidad que el presente le niega. Pero esta operación, advierte Bauman, es una trampa. El pasado al que se aspira nunca existió; es un artefacto ideológico que oculta sus propias violencias y contradicciones.
Esta nostalgia no es un fenómeno marginal. Se expresa en la política (la promesa de «hacer grande a un país otra vez»), en la cultura (la obsesión por el revival y el retro), y en la vida cotidiana (la búsqueda de certezas familiares en medio de un mundo en aceleración). La retrotopía es el síntoma de una sociedad que ha perdido su capacidad de imaginar un futuro diferente, y que se refugia en la idealización de un pasado que no puede volver.
El reto que Bauman nos deja es, precisamente, el de recuperar la capacidad de imaginar el futuro sin caer en el autoengaño nostálgico. Pero para eso, hay que entender las dimensiones concretas de la crisis: la manera en que la incertidumbre afecta no solo la subjetividad, sino también los hechos demográficos que configuran el tejido social.
El silencio de los nacimientos: la caída de la natalidad
Uno de los indicadores más elocuentes de esta pérdida de futuro es la caída sostenida de la tasa de natalidad. No se trata de un fenómeno aislado ni de una elección individual; es un síntoma colectivo de cómo la sociedad percibe el porvenir. Cuando el futuro se vuelve inseguro, la decisión de tener hijos —que es siempre una decisión sobre el futuro— se pospone o se abandona. La natalidad es, en este sentido, un termómetro social: mide la confianza de una sociedad en sí misma.
En las últimas décadas, la mayoría de los países desarrollados y muchos en desarrollo han experimentado un descenso drástico en las tasas de fecundidad. Europa, Japón, Corea del Sur y, en América Latina, Chile, son ejemplos de sociedades donde la natalidad ha caído por debajo del nivel de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer). Esta tendencia no es el resultado de una preferencia cultural aislada, sino de la intersección de múltiples factores: precariedad laboral, inseguridad económica, falta de vivienda, ausencia de políticas de cuidado, desigualdad de género y una ansiedad generalizada ante el futuro.
El sociólogo francés Émile Durkheim señaló que el suicidio es un hecho social; la caída de la natalidad lo es también. Cuando los individuos perciben que el mundo que pueden ofrecer a sus hijos es incierto, adverso o empobrecido, la decisión de no tenerlos no es un capricho, sino una respuesta adaptativa a un entorno que se percibe hostil. La biopolítica del presente —la manera en que el poder se ejerce sobre la vida— se manifiesta en la gestión de la natalidad y en la incertidumbre que la rodea.
Chile: el desplome de un futuro que no llega
En Chile, el fenómeno es particularmente agudo. La tasa de natalidad ha caído de manera acelerada: en 2020 fue de 1,4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo, y las proyecciones indican que podría descender a menos de 1 en los próximos años. Esta caída no es un accidente; es el resultado de décadas de transformación social que han modificado la relación de los chilenos y chilenas con el futuro.
El economista y demógrafo Jorge Rodríguez ha señalado que la caída de la natalidad en Chile se vincula directamente con la precarización del trabajo juvenil y la dificultad de acceso a la vivienda. Los jóvenes que podrían formar familias posponen la decisión porque el presente no les ofrece las condiciones mínimas de estabilidad. La ausencia de un sistema de cuidados público y la desigualdad de género (las mujeres chilenas dedican el doble de tiempo al trabajo no remunerado que los hombres) agravan la situación, haciendo que la maternidad se perciba como un obstáculo más que como un proyecto deseable.
El psicólogo chileno Marco Antonio Garrido ha descrito este fenómeno como una «cultura de la postergación» en la que el horizonte de la vida adulta —la casa propia, la estabilidad laboral, la pareja, los hijos— se aleja constantemente. Lo que en décadas pasadas se vivía a los 25 o 30 años, hoy se proyecta a los 35 o 40, cuando el tiempo biológico ha reducido las ventanas de posibilidad. La natalidad no cae por un «cambio de valores» sino por una imposibilidad material que se ha vuelto estructural.
El eco de la nostalgia
Bauman argumentó que la retrotopía es la respuesta de una sociedad que ha perdido su capacidad de imaginar el futuro. En Chile, esa nostalgia se manifiesta en la idealización de un pasado de estabilidad —la familia tradicional, la seguridad del trabajo fijo, la comunidad homogénea— que, sin embargo, no correspondía a la experiencia de las mayorías, especialmente de las mujeres, que vivieron esa «estabilidad» en condiciones de subordinación y falta de autonomía.
La caída de la natalidad muestra que este pasado idealizado no es una opción viable. La sociedad chilena ha cambiado profundamente: las mujeres tienen más educación, más participación en el trabajo y más conciencia de sus derechos. No desean volver al rol que les asignaba el pasado. Pero el presente no les ofrece una alternativa digna. La disyuntiva es cruel: entre la subordinación de ayer y la incertidumbre de hoy, muchas optan por la postergación o por no tener hijos.
Este drama no es solo chileno. Es el reflejo de una crisis global del modelo de vida que prometió el capitalismo industrial: trabajo estable, familia nuclear, bienestar creciente y movilidad ascendente. Esa promesa se ha roto. El «futuro» que imaginaban los baby boomers ya no existe, y el que se vislumbra no promete ni seguridad ni bienestar. El resultado, en la subjetividad de millones de personas, es una melancolía social que se expresa en la caída de la natalidad, la despoblación de las regiones rurales y el envejecimiento acelerado de la población.
El futuro como proyecto político: recuperar la esperanza
La caída de la natalidad no es irreversible, como tampoco lo es el desencanto con el futuro. La historia muestra que las sociedades pueden reinventar su horizonte temporal. Para ello, es necesario recuperar la capacidad de imaginar futuros deseables. Este es un trabajo político y cultural que no puede delegarse en el mercado o en la inercia de las instituciones.
Los movimientos sociales y ecológicos que exigen un cambio de modelo productivo, la economía feminista que propone una reorganización del trabajo de cuidados, y las políticas de redistribución que buscan reducir la desigualdad son semillas de un futuro diferente. Son esfuerzos por romper el hechizo nostálgico y volver a concebir el porvenir como un campo de acción, no como una amenaza.
Pero ese futuro debe ser habitable. Y para ello, hay que crear las condiciones materiales que permitan a las personas planificar su vida —incluida la decisión de tener hijos— sin que el miedo o la incertidumbre sean el horizonte. La infancia, en un sentido profundo, es el futuro encarnado. Si una sociedad no puede imaginar un mundo donde quepa la infancia, está diciendo que no puede imaginar su propia continuidad.
La pregunta que permanece
Bauman nos dejó una pregunta abierta: ¿cómo reconstruir la confianza en el futuro cuando las certezas se han desvanecido? No es una pregunta técnica, sino ética y política. Exige repensar el contrato social desde sus bases: el trabajo, la familia, la comunidad, el medio ambiente. Exige políticas de cuidado que no dejen a nadie afuera. Exige una cultura del tiempo que no reduzca el presente a un simple tránsito hacia la incertidumbre.
En Chile, como en el resto del mundo, la caída de la natalidad es un síntoma, no una causa. Es la forma en que millones de personas están diciendo, sin palabras, que el futuro no es un lugar donde quieran estar. Recuperar la natalidad no es, entonces, un problema de «políticas de incentivo»; es un problema de reconstrucción de la confianza. Y la confianza se construye con hechos, no con discursos.
Para leer más
Bauman, Z. (2017). Retrotopia. Paidós.
Rodríguez, J., & González, M. (2021). Demografía y desigualdad en América Latina.
Garrido, M. A. (2020). La cultura de la postergación. Jóvenes, trabajo y futuro en Chile.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2023). Observatorio Demográfico. Tendencias de la fecundidad en América Latina.
Instituto Nacional de Estadísticas de Chile (INE). (2023). Estimaciones y proyecciones de población.


