Hay una frase de Isabel Allende, en Inés del alma mía, que golpea por su lucidez y por su imagen final. Las mujeres con temple, escribe, ponen en peligro el desequilibrio del mundo, que favorece a los hombres, y por eso se ensañan en vejarlas y destruirlas. Pero son —dice— como las cucarachas: se aplasta a una y salen más por los rincones.
La comparación es deliberadamente incómoda, casi grotesca, y sin embargo encierra una verdad que conviene desplegar con calma. Vale la pena empezar por dos palabras: «desequilibrio» y «temple».
Cuando Allende habla del «desequilibrio del mundo», no describe un accidente ni un estado natural de las cosas. Describe un orden. Un orden artificial, construido y sostenido durante siglos para proteger ciertos privilegios. Lo llamamos «desequilibrio» y no «injusticia» porque la palabra revela su mecánica: algo que se mantiene inclinado a fuerza de apuntalarlo, y que se desmoronaría si se lo dejara encontrar su propio nivel. Un orden que necesita vigilancia permanente para no caerse no es un orden natural: es una construcción que teme su propia fragilidad.
Y ahí entra el temple. Con esa palabra, Allende no se refiere a la agresividad ni a la dureza, sino a algo más sutil y más difícil de doblegar: una mezcla de conciencia y autonomía. La conciencia de quien ve el orden por lo que es, y la autonomía de quien no pide permiso para existir en sus propios términos. Es esa combinación —no la fuerza física, no el grito— la que resulta genuinamente amenazante para cualquier estructura que se sostiene sobre la obediencia de unos y el privilegio de otros.
Se entiende entonces por qué la reacción suele ser tan visceral, tan desproporcionada respecto del gesto que la provoca. Quien se beneficia de un orden inclinado percibe el temple ajeno no como una opinión ni como una diferencia, sino como una amenaza existencial. No teme perder una discusión: teme perder el suelo bajo los pies. Y el miedo, cuando cree que le va la existencia, no argumenta: reprime. De ahí el ensañamiento que Allende nombra sin eufemismos.
Pero la frase no termina en la denuncia, y ahí está su verdadera potencia. Termina en las cucarachas que salen por los rincones. Porque la fuerza vital no se extingue con la violencia: se repliega y rebrota. Se puede aplastar un cuerpo, pero no se aplasta una idea; al contrario, aplastarla la esparce. Cada intento de aniquilación abre nuevas grietas en el sistema, porque la opresión tiene una paradoja incorporada: es, ella misma, el mejor caldo de cultivo para la solidaridad y la perseverancia. Lo que quería dispersar, congrega. Lo que quería silenciar, se vuelve consigna.
La historia está llena de esa ironía. Cada vez que un poder se ensañó en borrar a alguien —una idea, un pueblo, media humanidad— consiguió, sin proponérselo, multiplicarlo. La represión es una pésima estrategia a largo plazo precisamente porque confunde el cuerpo con lo que el cuerpo sostiene. Se puede detener a una persona; no se detiene aquello que esa persona ya despertó en otras.
Después de años acompañando a personas en su vida interior, me atrevo a agregar una lectura que quizás Allende suscribiría. El temple del que habla no es solo una virtud política: es también el resultado de un largo trabajo íntimo. Nadie llega a esa mezcla de conciencia y autonomía sin haber atravesado antes sus propios miedos, sus lealtades heredadas, la voz interiorizada que durante generaciones enseñó a muchas mujeres a hacerse pequeñas para no molestar. El temple, mirado de cerca, es lo que queda cuando alguien deja de pedir permiso para ocupar su lugar. Y ese es, quizás, el gesto más profundamente sanador que existe: no el de aplastar al otro, sino el de dejar de aplastarse a una misma.
Por eso la imagen de Allende, siendo áspera, es en el fondo esperanzadora. Nos recuerda que hay fuerzas que no se pueden vencer por acumulación de violencia, porque no viven en un solo cuerpo, sino en algo que pasa de cuerpo en cuerpo: la conciencia despierta. Los órdenes inclinados a la fuerza terminan, tarde o temprano, encontrando su nivel. No porque alguien los derribe de un golpe, sino porque cada vez salen más por los rincones.
—La cita pertenece a Isabel Allende, Inés del alma mía (Editorial Sudamericana, 200
6). El comentario es del autor.


