Hace un tiempo escribí una columna titulada “Hood Robin: robarle a los pobres para darle a los ricos”.
Robin Hood es el legendario personaje que, según la historia, robaba a los ricos para ayudar a los pobres. Hood Robin es justamente lo contrario: una ironía, una inversión de la historia.
No quitarle al rico para ayudar al pobre, sino terminar trasladando recursos desde el conjunto de la sociedad hacia quienes ya tienen más.
Por eso el nombre.
Y por eso también la megarreforma tributaria impulsada por el Gobierno, que propone reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% y establecer mecanismos de invariabilidad tributaria para determinados inversionistas.
Mientras a unos se les pide sacrificio, a otros se les ofrece pagar menos.
A eso le llamé Hood Robin.
No Robin Hood, que le quitaba a los ricos para ayudar a los pobres.
Hood Robin: quitarle al conjunto de la sociedad para beneficiar a quienes tienen más.
Ahora aparece una nueva versión.
La reforma de contribuciones busca eximir del pago de la primera vivienda a los adultos mayores de 65 años. Nadie puede negar que existen jubilados que necesitan ayuda. Pero una cosa es proteger a una persona con una pensión insuficiente y otra muy distinta es eximir de contribuciones a alguien que vive en una propiedad de cientos de millones de pesos.
Porque las contribuciones no son simplemente un impuesto más. Parte de esos recursos alimenta el Fondo Común Municipal, que permite redistribuir recursos desde las comunas más ricas hacia las más pobres.
Y aquí aparece la paradoja: se reduce esa recaudación y luego el Estado debe compensar a los municipios.
¿Con qué plata?
Con la plata de todos.
El riesgo es evidente: que los contribuyentes de todo Chile terminen financiando la pérdida de ingresos de comunas con mayor patrimonio inmobiliario.
El pobre pagando la cuenta del que más tiene.
Pero con lenguaje técnico, informes y probablemente una presentación titulada “equidad territorial”.
Y mientras discutimos cómo compensar a los municipios que podrían perder recursos por esta reforma, el país acaba de enfrentar una catástrofe que dejó una postal bastante más concreta de la desigualdad municipal.
En muchas comunas con menos recursos, los municipios tendrán que enfrentar daños, emergencias, reparaciones y, eventualmente, procesos de reconstrucción.
Calles dañadas.
Viviendas afectadas.
Infraestructura destruida.
Familias que necesitan respuestas.
Y municipios que deberán hacerlo con presupuestos mucho más estrechos que los de las comunas más ricas.
Ahí es donde la discusión deja de ser una cuestión de planillas Excel realizadas en la comodidad de una oficina.
Porque cuando se rompe una calle en una comuna pobre, cuando una familia pierde su vivienda o cuando una emergencia obliga a reconstruir infraestructura básica, no basta con decir que el municipio debe “gestionar mejor”.
La plata se necesita igual.
Y es precisamente en esos momentos cuando se entiende la importancia de la redistribución territorial.
Las municipalidades más pobres no tienen la misma capacidad de respuesta que las más ricas. No tienen los mismos ingresos, los mismos equipos ni la misma capacidad para enfrentar una emergencia de gran magnitud.
Por eso resulta particularmente contradictorio que el Estado se prepare para compensar la pérdida de recursos de municipios con mayor patrimonio inmobiliario mientras muchas comunas pobres deberán enfrentar la reconstrucción de los daños provocados por el temporal con presupuestos que apenas alcanzan para llegar a fin de mes.
Las comunas más pobres reconstruyendo.
Las comunas con más recursos siendo compensadas.
Y todo financiado, naturalmente, con la plata de todos.
La advertencia de alcaldes como Tomás Vodanovic apunta precisamente a eso: una política que se presenta como ayuda social podría terminar debilitando la redistribución territorial.
Y mientras los municipios cuestionan la fórmula, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, responde:
“Si no quieren compensación, no se compensa. Y se acabó”.
Una frase que dice bastante más de lo que probablemente pretendía.
Porque una política pública seria no debería construirse desde un berrinche. Debería responder preguntas bastante simples:
¿A quién beneficia?
¿Quién la financia?
¿Y quién termina pagando la cuenta?
La discusión se vuelve todavía más incómoda cuando recordamos que varios ministros y autoridades podrían beneficiarse de esta exención en los próximos años. El propio Quiroz, que hoy defiende la medida y responde con un “se acabó”, en apenas dos años podría estar en condiciones de acceder al mismo beneficio que está ayudando a diseñar.
No es ilegal.
Pero sí es, como mínimo, poco ético.
Porque cuando una autoridad diseña una política que eventualmente puede beneficiarla personalmente, lo mínimo que uno espera es prudencia.
No arrogancia.
La pregunta de fondo es simple: ¿estamos ayudando realmente a los adultos mayores que lo necesitan o estamos construyendo otra transferencia de recursos hacia quienes ya tienen más?
Porque en Chile, cuando se trata de ayudar a los pobres, aparecen las calculadoras.
Cuando se trata de beneficiar a los ricos, aparece la palabra “universal”.
Cuando se trata de bajar impuestos corporativos, aparece el “crecimiento”.
Y cuando se trata de asegurar que las reglas no cambien, aparece la “certeza”.
La plata, sin embargo, sigue siendo la misma.
Lo único que cambia es de bolsillo.
Hace un tiempo escribí sobre el Hood Robin chileno.
Hoy el personaje vuelve.
Esta vez no lleva arco ni flechas.
Lleva una rebaja tributaria para las empresas, invariabilidad para los inversionistas, una exención de contribuciones y una compensación financiada con recursos públicos.
Mientras tanto, en las comunas pobres, los alcaldes deberán mirar sus presupuestos y preguntarse cómo van a pagar la emergencia, la reparación y la reconstrucción.
Y si alguien pregunta demasiado, siempre queda la respuesta del ministro:
“Se acabó”.
No.
No se acabó.
La discusión recién comienza.
Porque la solidaridad no consiste en que todos reciban lo mismo.
Consiste en que quienes tienen más capacidad contribuyan más para que quienes tienen menos puedan vivir mejor.
Lo contrario tiene otro nombre.
Hood Robin.
Robarle a los pobres para darle a los ricos.
Solo que ahora la operación viene con letra chica, lenguaje técnico y un eslogan bastante más amable:
“Solidaridad”.
Una palabra que, curiosamente, parece funcionar en una sola dirección: se invoca para pedir sacrificios a quienes tienen menos y para justificar beneficios para quienes tienen más.
Hood Robin.
La redistribución, pero al revés.
Y todo, por supuesto, en nombre de la solidaridad.


