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El peso de las palabras cuando el mundo se desploma

«La razón por la que la gente no lo llama fascismo (al fascismo) es que, una vez que lo reconoces como tal, tienes que hacer algo al respecto.» Ece Temelkuran | Entrevista con The Observer, 11 de febrero de 2026

La trampa de no llamar a las cosas por su nombre es, en su raíz, un mecanismo psicológico y ético profundamente humano. No se trata de un descuido menor, de una imprecisión lingüística que pueda atribuirse a la prisa o al descuido. Es, por el contrario, una operación sofisticada que la conciencia despliega para protegerse de aquello que intuye insoportable.

El lenguaje no es neutral. Esta afirmación, que resuena con la fuerza de un principio filosófico, sostiene que cada término que elegimos —o que rehuimos— arrastra consigo una constelación de significados, un linaje de usos y, sobre todo, una exigencia ética. No llamar «fascismo» a lo que ya lo es no es un error tonto, no es una falta de vocabulario, ni un gesto de cortesía académica. Es, en términos lúcidos y despiadados, un acto de autoengaño. El hablante sabe, en el fondo de su percepción, lo que está viendo; pero no quiere aceptar la verdad, porque la verdad, una vez nombrada, reclama posicionamiento.

La pereza de la responsabilidad

Filosóficamente, la autora apunta a lo que podríamos llamar la pereza de la responsabilidad. No una pereza física, sino una modorra moral que nos instala en la confortable butaca de la observación distante. Mientras usemos eufemismos —»autoritarismo», «gobierno fuerte», «deriva iliberal», «populismo» o «nacionalismo» — podemos mantenernos en la zona cómoda del análisis distante, donde la inteligencia crítica se ejercita sin quemarse las manos.

Pero la palabra «fascismo» no es descriptiva; es performática. No se limita a señalar un fenómeno: lo convoca, lo hace presente, lo vuelve tangible e ineludible. Nombrarla quiebra el espejo. Rompe la ilusión de que estamos ante algo ajeno, distante o controlable. Nos coloca, de golpe, frente a una decisión moral inaplazable: o te conviertes en parte de la resistencia, o eres cómplice del fascismo.

El reticente cómodo

Ahí radica el núcleo del mecanismo que Temelkuran descubre con inquietante precisión. No queremos etiquetar el peligro porque sabemos que una vez hecho, la indiferencia ya no es una opción. La vacilación léxica es, en el fondo, un cálculo de supervivencia ética: mientras el fenómeno permanezca en la penumbra de lo innombrado, podemos seguir habitando la ficción de que no nos concierne, de que aún hay tiempo, de que quizás no sea tan grave.

Este mismo mecanismo opera en la escala intima de nuestras vidas. ¿Cuántas veces hemos evitado nombrar un abuso, una traición o una injusticia para no tener que enfrentar la decisión de actuar? El lenguaje preciso no es una herramienta neutral de descripción; es un compromiso con la realidad. Nombrar una herida nos obliga a atenderla. Nombrar una mentira nos obliga a desmontarla. Nombrar una violencia nos obliga a detenerla.

En el primer peligro está el peligro

El filósofo Günter Anders, en su diagnóstico sobre la condición contemporánea, advirtió que nuestra capacidad de producir es mucho mayor que nuestra capacidad de imaginar las consecuencias de lo que producimos. En el reino del lenguaje político, esta disonancia se vuelve abismal. No nombramos porque no queremos imaginar lo que sigue al nombre. Y en esa vacilación, el horror crece, silencioso, amparado por el manto protector del eufemismo.

El fascismo no llegó nunca con su nombre grabado en la frente. Llegó siempre disfrazado de orden, de seguridad, de eficiencia o de restauración de la grandeza perdida. Su triunfo más silencioso es lograr que sus víctimas y sus testigos duden en llamarlo por su nombre, porque dudar es ya una forma de consentimiento.

El lenguaje como acto de resistencia

En ese sentido, recuperar el nombre preciso es el primer gesto de resistencia. No un gesto simbólico, sino un acto concreto de desenmascaramiento. La palabra exacta restituye la realidad en su densidad, devuelve a los hechos su peso específico y, sobre todo, nos devuelve a nosotros mismos nuestra capacidad de juicio. Porque mientras el lenguaje se pliega a la confusión, la conciencia se empaña; pero cuando el nombre emerge, la claridad nos reclama.

Temelkuran no está hablando de un ejercicio de purismo lingüístico. Está señalando una encrucijada ética que se juega en el terreno del vocabulario. El eufemismo no es un error: es la estrategia de posponer. Y el posponer, cuando el peligro es inminente, se convierte en complicidad pasiva.

Una pregunta que perfora el silencio

¿A veces evitamos las palabras precisas solo para no tener que dar el siguiente paso?

Esta pregunta, que Temelkuran deja suspendida en el aire como una espada de Damocles, nos confronta en la intimidad de nuestras elecciones cotidianas. Porque la dinámica que describe no pertenece solo al ámbito de la política global; se repite en cada hogar, en cada oficina, en cada conversación donde una verdad incómoda se viste con el ropaje de una cortesía que la diluye.

La palabra precisa es peligrosa porque exige. Exige que abandonemos el refugio de la ambigüedad y nos instalemos en el terreno, siempre incómodo, de la responsabilidad. Por eso la rehuimos. Por eso la rodeamos con parafrasis. Por eso preferimos el murmullo confuso al grito nítido que nos obligaría a saber qué lado del abismo habitamos.

El llamado de la claridad

El reto que Temelkuran nos pone en el pecho es, en su fondo, un llamado a la valentía de la claridad. Llamar a las cosas por su nombre no es un ejercicio de retórica: es el primer paso para recuperar el mundo. Porque el mundo, antes de ser transformado, debe ser reconocido. Y el reconocimiento comienza en el instante en que nuestros labios pronuncian la palabra que escapa, la palabra que incomoda, la palabra que nos arranca de la multitud de los indecisos y nos inscribe, para bien o para mal, en la historia de los que eligen.

En la precisión del lenguaje habita la posibilidad de la libertad. No una libertad abstracta, sino aquella que se juega en el filo de la decisión: la que nos permite, al fin, mirar el espejo roto y no desviar la mirada.

Nation of Strangers — La obra donde Temelkuran despliega esta reflexión, indagando en las grietas de las sociedades contemporáneas y el extrañamiento que nos habita frente a nosotros mismos y frente a los otros. Ece Temelkuran es escritora y periodista turca. Fue columnista para Milliyet entre 2000–2009 y Habertürk entre 2009 y enero de 2012, además de presentadora de televisión en Habertürk TV entre 2010 y 2011.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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