InicioOpiniónJudas, el excluido: Borges, el evangelio perdido y la ley del sistema

Judas, el excluido: Borges, el evangelio perdido y la ley del sistema

Hace dos mil años, la religión era una pasión absorbente y avasalladora. En las primeras comunidades cristianas se discutía con fervor —y a menudo con sangre— sobre el perdón de los pecados, la virginidad de María, la salvación del alma, el sentido oculto de las palabras de Jesús. Las desviaciones que llamaban herejías se expandían veloces por Palestina y las tierras vecinas, y resultaban intolerables. En cada soldado había un teólogo; cada capitán defendía un dogma que se proclamaba el único verdadero y consideraba blasfemia todo lo demás, castigable con la muerte.

De aquel hervidero de creencias, unas fueron consagradas como verdad y otras fueron expulsadas, condenadas, borradas. Y hubo una figura que concentró, como ninguna, todas las maldiciones: Judas, el traidor. El apóstol excluido. El nombre que durante veinte siglos hemos pronunciado como sinónimo de infamia.

De él, y de lo que ocurre cuando un sistema expulsa a uno de sus miembros, trata en el fondo esta historia.

El Judas de Borges

Como tantos educados en la cultura de la Iglesia de Roma, muchos recordamos haber leído con asombro incrédulo las «Tres versiones de Judas», el cuento que Borges publicó en 1944, en su libro *Ficciones*. Allí Borges atribuye a un teólogo imaginario, Nils Runeberg, el descubrimiento de un Judas muy distinto del de los cuatro evangelios.

Runeberg razona con una lógica implacable. El beso de Judas para señalar a su Maestro es un acto superfluo, casi inútil: no hacía falta identificar a un rabino que predicaba en las sinagogas y obraba milagros ante multitudes. Todos sabían quién era Jesús. Entonces, ¿por qué la traición? «Suponer un error en las Escrituras es intolerable», señala Borges. La traición, por tanto, no puede ser casual: debe leerse como uno de los actos más misteriosos de la economía de la Redención.

Y aquí llega la audacia vertiginosa: Judas sería el único apóstol que intuye la verdadera divinidad de Jesús. Se rebaja a cometer la peor de las infamias precisamente para que el Verbo se hiciera carne en la cruz y salvara a la humanidad. Alguien tenía que cargar con la traición para que la salvación fuera posible. Y Judas se ofreció a ser ese alguien. El Supremo Mal transformado, por un malabarismo de la inteligencia, en camino necesario para el Supremo Bien.

Para un joven de veinte años educado en la fe, leer esto era casi un escándalo. Y no es casual que los predicadores, al oírlo, coincidieran en que semejante tesis —construida con las armas de la razón— debía mantenerse en secreto, y refutarse de inmediato con las armas de la fe si salía a la luz.

El evangelio que volvió de entre los muertos

Lo asombroso es lo que ocurrió después. En 1978, unos campesinos que buscaban tesoros en las cuevas del Egipto medio, cerca de El Minya, encontraron algo más valioso que el oro: los papiros que se conocerían como Códice Tchacos, escritos por cristianos gnósticos que veían en el conocimiento —y no en la fe— el camino hacia Dios. Restaurar aquellos fragmentos ennegrecidos, casi ilegibles, exigió décadas de paciencia. National Geographic los presentó al mundo en 2006. Entre esos textos estaba el **Evangelio de Judas**.

Y aquí el prodigio: ese evangelio, desconocido durante casi diecisiete siglos, coincide casi letra por letra con las especulaciones que Borges había imaginado en 1944. En el texto gnóstico, Judas es el discípulo predilecto, el único a quien Jesús revela el Gran Secreto, el único que comprende que debe ayudar a su Maestro a morir para que este regrese al mundo del Espíritu. No el traidor: el que sabe.

¿Cómo se adelantó Borges cuatro décadas a un texto que nadie había leído? La explicación más probable es hermosa en su sencillez: Borges, lector como ninguno, pudo conocer el *Adversus haereses* de Ireneo de Lyon, la minuciosa refutación de todas las herejías donde el obispo, para condenarlo, menciona el Evangelio de Judas. Borges reconstruyó, desde la refutación, lo refutado. Escuchó, en la maldición, la voz de lo maldecido.

La ley del excluido

Aquí es donde ésta historia antigua toca algo que el trabajo con los sistemas familiares conoce muy de cerca.

Bert Hellinger observó, a lo largo de miles de constelaciones, una regularidad que llamó la ley de la pertenencia, o de la inclusión: todo el que formó parte de un sistema tiene derecho a un lugar en él. Y cuando alguien es excluido —expulsado, condenado, borrado de la memoria, convertido en el culpable de todo—, esa exclusión no lo elimina. Al contrario: el excluido sigue actuando desde la sombra, y el sistema entero paga el precio de haberlo expulsado. Como suele decirse en este trabajo, el precio de excluir a alguien no lo paga el excluido: lo paga el sistema que excluye.

Judas es, quizás, el excluido arquetípico de toda nuestra civilización. Sobre él se descargaron, durante veinte siglos, todas las maldiciones. Se lo convirtió en el chivo expiatorio perfecto: el que carga con la culpa para que los demás queden limpios. Y sin embargo —esta es la intuición fulminante de Borges, y también la del evangelio perdido— sin ese acto que condenamos, no habría habido Redención. El que fue expulsado del círculo de los santos era, en verdad, imprescindible para la salvación de todos.

Es exactamente la estructura que Hellinger describe. En muchas familias hay un miembro señalado como «el malo», «la oveja negra», «el que arruinó todo»: el tío del que no se habla, el pariente vergonzoso, el que fue expulsado. Y con frecuencia, al mirar el sistema en profundidad, se descubre que ese excluido cargó con algo que pertenecía a todos. Que se sacrificó, sin saberlo, por el conjunto. Que su «maldad» sostenía un equilibrio que nadie quería ver. Dar a ese excluido su lugar —reconocerlo, honrarlo, devolverle su dignidad— es, muchas veces, lo que permite que todo el sistema por fin descanse.

Lo que la exclusión le hace al cuerpo del sistema

Y hay una capa más, corporal, que vale la pena nombrar.

Cuando un sistema —una familia, una comunidad, una cultura— sostiene una exclusión, gasta una enorme energía en mantenerla. Hay que vigilar que el excluido no vuelva, que su nombre no se pronuncie, que la culpa quede fija en él. Ese esfuerzo permanente tensa el cuerpo del sistema, como un músculo contraído que no puede soltarse. La rabia, la vergüenza, el secreto, se transmiten de generación en generación, buscando salida.

Lo mismo ocurre dentro de cada persona. Todos tenemos partes internas que hemos exiliado: una emoción que juzgamos inaceptable, un deseo que nos avergüenza, una parte de nuestra historia que quisiéramos borrar. Las convertimos en nuestro Judas privado. Y gastamos una energía inmensa en mantenerlas fuera de la conciencia. Pero, igual que en los sistemas, esa parte exiliada no desaparece: actúa desde la sombra, tensa el cuerpo, reaparece disfrazada. La sanación, tantas veces, no consiste en expulsarla más lejos, sino en lo contrario: en volver a mirarla, comprender qué cargó por nosotros, y darle de nuevo un lugar.

La advertencia final de Borges

Borges no aprueba las herejías —su relato las enumera sin censura, pero sin adherir a ellas—. Sin embargo, cierra con una observación que resuena como una campana. Advierte que sobre Judas convergieron antiguas maldiciones divinas, y se lamenta de que esas maldiciones, que deberían haber servido para glorificar la Redención, terminaron oscureciendo la santidad de su sentido.

Es, dicho en el lenguaje de Borges, exactamente lo que Hellinger diría de cualquier excluido: al maldecirlo, al cargarlo con toda la sombra, no solo lo dañamos a él. Oscurecemos el sentido del conjunto. Empobrecemos la historia entera. Perdemos la posibilidad de comprender la trama completa, donde también el que traiciona cumple una función, y también el condenado merece un lugar.

Quizás por eso el Evangelio de Judas tuvo que esperar diecisiete siglos enterrado en la arena para volver a la luz. Los sistemas tienden a recuperar lo que excluyeron. Lo que se entierra, tarde o temprano, pide volver. Y cuando vuelve —cuando el excluido recupera su lugar, cuando la parte exiliada es reintegrada, cuando el maldecido es por fin comprendido— algo en el conjunto se reordena, y descansa.

No se trata de absolver ni de justificar el mal. Se trata de algo más hondo: de reconocer que ningún sistema sana mientras mantenga a uno de los suyos en el destierro. Ni una familia. Ni una cultura. Ni un alma. Porque, al final, la paz no llega expulsando lo que nos duele mirar. Llega dándole, por fin, un lugar.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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