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Lo que decimos y el lugar desde dónde lo decimos

ŽIŽEK, la mentira y la verdad subjetiva

Hay una vieja paradoja que ha desvelado a los lógicos desde la antigua Grecia: si alguien dice «todo lo que digo es falso», ¿dice la verdad o miente? Si es verdad, entonces es falso; si es falso, entonces es verdad. Un lazo que se muerde la cola. Slavoj Žižek, en un ensayo reciente, propone no perderse en esa telaraña lógica, sino usarla como una llave para entender algo mucho más urgente: por qué la mentira funciona hoy en política de maneras que antes parecían imposibles.

La llave se la debe a Jacques Lacan, y consiste en una distinción tan simple como poderosa: la que existe entre el enunciado y la enunciación. Entre lo que se dice y el lugar desde el cual se dice.

Dos verdades distintas en cada frase

El enunciado es el contenido de la frase: los hechos que afirma, su verdad o falsedad literal. La enunciación es otra cosa: es la posición subjetiva de quien habla, lo que el acto mismo de decirlo revela sobre él, más allá de si lo dicho es cierto.

Un ejemplo que Žižek desarrolla lo aclara. Cuando alguien dice «sé que soy un desastre, una mala persona», la frase puede ser literalmente cierta en su contenido. Pero en el nivel de la enunciación puede ser falsa: quizás lo dice, precisamente, para presentarse ante los demás como alguien honesto consigo mismo, alguien que —al reconocerlo— demuestra que no es del todo un desastre. El contenido confiesa una cosa; la posición desde donde se confiesa hace exactamente lo contrario. Por eso Žižek bromea, parafraseando a Groucho Marx: «actúas como un desastre y admites que eres un desastre, pero eso no nos engaña: ¡eres un desastre!».

Esta distinción, que parece un juego intelectual, es en realidad una de las claves más precisas para entender la vida emocional humana, y por eso resuena tanto con el trabajo psicoanalítico y sistémico. Porque las personas, muchas veces, dicen una cosa en el contenido y otra completamente distinta en la posición desde la que hablan. El que repite «no me importa lo que piensen de mí» está, con el acto mismo de decirlo tantas veces, revelando cuánto le importa. El que insiste en que «ya lo superé» muestra, en la insistencia, que no lo superó. El enunciado dice; la enunciación, a veces, delata.

La verdad en forma de mentira, y la mentira en forma de verdad

Žižek lleva esta distinción a un terreno incómodo con una fórmula brillante: hay una verdad que toma la forma de mentira, y una mentira que toma la forma de verdad.

La primera —dice— se parece a la histeria: se afirma algo que no es literalmente cierto, pero esa exageración expresa, de forma deformada, una denuncia auténtica. El que grita algo factualmente falso puede estar, en el fondo, señalando un dolor real que no encuentra otra manera de decirse. La segunda se parece a la obsesión: se enuncian datos rigurosamente ciertos, pero puestos al servicio de una mentira más grande. Se dice la verdad sobre cada pieza, para mentir sobre el conjunto.

El ejemplo que da es escalofriante por su lucidez: un historiador antisemita podría escribir un resumen de la presencia judía en la Alemania de los años veinte —cuántos abogados, cuántos periodistas, cuántos artistas— con datos «más o menos ciertos», y sin embargo poner todo ese aparato factual al servicio de una mentira monstruosa. Las mentiras más eficaces, concluye, no son las que inventan datos falsos, sino las que seleccionan datos verdaderos para construir con ellos una narrativa que engaña.

Aquí Žižek toca un punto delicado que conviene reproducir con cuidado, porque es fácil de malinterpretar. Él no defiende el relativismo —de hecho lo combate—. No dice que «todo es interpretación» ni que el Holocausto sea una cuestión de punto de vista; al contrario, señala con ironía que los propios negacionistas se presentan como rigurosos verificadores de «datos». Lo que dice es más sutil: que los hechos, por sí solos, nunca hablan; siempre los miramos desde un horizonte, privilegiando unos y omitiendo otros, y toda historia es una selección de datos organizada en un relato. Reconocer esto no es caer en el relativismo. Es entender que algunos relatos son más verdaderos que otros —no porque sean más «neutrales», sino porque describen mejor la dinámica real de la que surgieron.

Por qué las mentiras de un líder pueden fortalecerlo

La parte más provocadora del ensayo es su lectura del populismo contemporáneo. Žižek observa un fenómeno que desconcierta a muchos: cuando ciertos líderes políticos son sorprendidos mintiendo o contradiciéndose abiertamente, esas revelaciones no los debilitan; a veces los fortalecen.

Su explicación usa exactamente la distinción entre enunciado y enunciación. Para los partidarios de un líder así, las mentiras en el nivel del contenido funcionan como prueba, en el nivel de la enunciación, de que «habla como una persona normal», que dice lo que le pasa por la cabeza sin el filtro calculado de los asesores. Las inconsistencias, en vez de restar credibilidad, suman una impresión de autenticidad. Es —dice Žižek— la demostración perfecta de que hasta la posición subjetiva, la aparente sinceridad, puede falsificarse.

Es importante subrayar que Žižek no exime a ningún bando. Su ensayo sostiene, con la misma dureza, que tanto el populismo de derecha como cierta corrección política de la izquierda liberal practican estas dos formas de mentira. Los primeros difunden falsedades envueltas en migajas de verdad; los segundos, a veces, omiten hechos incómodos o les dan un giro engañoso para preservar su superioridad moral. No es un texto de trinchera: es un análisis de cómo la manipulación de la brecha entre lo que se dice y desde dónde se dice atraviesa todo el espectro político. Cada lector podrá juzgar dónde ve más de una y menos de la otra; lo que Žižek ofrece es la herramienta para verlas.

La actividad falsa: hacer mucho para que nada cambie

Hay una segunda idea en el ensayo que merece rescatarse, porque toca algo muy personal además de político. Žižek retoma el concepto de interpasividad y lo lleva a lo que llama actividad falsa: la costumbre de mantenerse frenéticamente ocupado, no para cambiar algo, sino precisamente para evitar que algo cambie.

Su ejemplo clínico es el del neurótico obsesivo que, en terapia, habla y habla sin parar —anécdotas, sueños, ideas— con un propósito inconsciente: mantener al analista inundado, paralizado, para que nunca llegue a hacer la única pregunta que de verdad importa. Habla para que no pase nada. Y Žižek sugiere que buena parte del activismo contemporáneo funciona igual: intervenimos en todo, opinamos de todo, participamos de todo, y esa agitación permanente puede ser, en el fondo, una forma sofisticada de no hacer el cambio real que sería necesario. «Cuanto más hablamos de la inminente catástrofe ecológica, menos preparados estamos para hacer algo al respecto.»

La propuesta, contraintuitiva, es que a veces el primer paso verdaderamente transformador no es actuar más, sino retirarse: atreverse a la pausa, al silencio incómodo, a dejar de participar en el ruido, para que aparezca por fin el espacio desde el cual un acto real sería posible. Quienes tienen el poder, señala, muchas veces prefieren nuestra participación crítica constante al silencio, porque esa participación garantiza que nada se detenga de verdad.

Lo que en realidad se está muriendo cuando hablan de la «muerte de la verdad»

Žižek cierra desmontando la idea, tan repetida, de que vivimos en la era de la «muerte de la verdad», como si antes —hasta los años ochenta— la verdad prevaleciera pese a todo. Su respuesta es filosa: el pasado no era más veraz. Cuántas guerras, cuántas crisis humanitarias permanecieron invisibles durante décadas. Lo que había antes no era más verdad, sino una hegemonía ideológica más fuerte: una única gran narrativa —en Occidente, la liberal-democrática— que prevalecía sin ser cuestionada.

Lo que se desmorona hoy, entonces, no es «la verdad», sino esa gran narrativa compartida que daba a todos un mapa común. Y aquí llega su giro más incisivo: quienes más lamentan la «muerte de la verdad» y maldicen el «relativismo» son, muchas veces, los que en realidad extrañan la comodidad de una gran mentira estabilizadora. Su lema implícito, dice citando a Goethe, es «mejor injusticia que desorden». La desintegración de esa gran narrativa abre, según Žižek, dos caminos posibles: hacia una verdad nueva y más auténtica, o hacia una Gran Mentira todavía peor. No hay garantía de cuál prevalecerá.

Por qué esto importa más allá de la política

Este ensayo puede leerse como un texto sobre política, pero su núcleo es más hondo, y toca algo que cualquiera puede reconocer en su propia vida. La distinción entre lo que decimos y el lugar desde el cual lo decimos no es solo la clave de la propaganda: es la clave de la honestidad con uno mismo.

Todos tenemos frases que repetimos —»estoy bien», «no me afecta», «ya lo dejé atrás», «lo hago por los demás»— cuyo contenido puede ser incluso cierto, pero cuya enunciación delata otra cosa. El trabajo más difícil, y quizás el más valioso, no es tanto vigilar la verdad de lo que decimos, sino atrevernos a escuchar desde qué lugar lo estamos diciendo. Porque ahí, en esa brecha entre el enunciado y la enunciación, es donde vive casi todo lo que aún no nos hemos animado a mirar de frente —en la política, y también, sobre todo, en nosotros mismos.

*Basado en el ensayo «La paradoja del mentiroso», de Slavoj Žižek.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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