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Viva la libertad…con letra chica

Hay campañas electorales que se construyen sobre diagnósticos. Otras, sobre propuestas. La de José Antonio Kast se construyó sobre certezas absolutas. No había espacio para las dudas, los matices ni las complejidades. Todo parecía simple. Bastaba con tener voluntad política para resolver problemas que llevaban décadas acumulándose.

La inmigración ilegal se resolvería rápidamente. Para demostrarlo, la campaña incluso instaló un contador regresivo que indicaba cuántos días les quedaban a los inmigrantes irregulares en Chile. Era una imagen potente: una promesa convertida en cronómetro. Como si un reloj pudiera reemplazar la complejidad del derecho internacional, la capacidad operativa del Estado o la voluntad de otros países para recibir a sus ciudadanos.

También estaba el famoso Plan Implacable. El nombre parecía salido de una película de acción. Implacable. Una palabra cuidadosamente elegida para transmitir autoridad, firmeza y resultados inmediatos. Era imposible escucharla sin imaginar que la delincuencia tenía los días contados.

Y estaba la PGU. “Amo la PGU” decía Kast, también se encargó de asegurar que se mantendría y que los beneficios sociales no sé tocarían. No habría retrocesos. Tampoco habría recortes al gasto social. Chile crecería, habría más inversión, más empleo y el Estado dejaría de ser un problema para transformarse en una solución.

La campaña fue un desfile de consignas. El Gobierno, en cambio, ha sido una sucesión de desmentidos.

El contador desapareció. Los inmigrantes no. El Plan Implacable terminó siendo más un eslogan que una política capaz de modificar la realidad. La seguridad continúa encabezando las preocupaciones de los chilenos y la inmigración irregular sigue siendo uno de los principales desafíos del país.

La PGU, convertida durante la campaña en símbolo del compromiso social del entonces candidato, terminó conviviendo con recortes en salud, educación y distintos programas públicos. El Estado que prometía hacer más con menos, simplemente terminó haciendo menos.

En economía ocurrió algo similar.

Se prometió crecimiento. Se aseguró que bastaba con devolver la confianza para que la inversión floreciera y Chile recuperara su dinamismo. Parecía una fórmula infalible: menos impuestos, menos regulaciones y más prosperidad.

Pero la economía tiene la desagradable costumbre de no leer los discursos de campaña.

La inflación volvió a golpear el bolsillo de las familias. El costo de la vida siguió aumentando mientras los salarios perdían capacidad de compra. Los combustibles alcanzaron precios históricos y llenar el estanque pasó a ser un lujo para muchas familias.

Al mismo tiempo, el Imacec (Indice mensual de actividad económica) comenzó a registrar caídas, reflejando una economía que perdía fuerza y alimentando los temores de una recesión. El prometido «shock de crecimiento» terminó pareciéndose bastante más a un frenazo.

Mientras tanto, ocurrió algo curioso.

Hubo una promesa que prácticamente no existió durante la campaña, pero que sí apareció entre las primeras prioridades del Gobierno: la rebaja de impuestos para las grandes empresas.

No hubo contador regresivo para esa iniciativa.

No hubo videos épicos.

No hubo frases grandilocuentes.

Simplemente se convirtió en prioridad.

Es difícil no advertir la ironía. Para reducir los ingresos del Estado hubo rapidez. Para fortalecer la salud pública, mejorar la educación o aliviar el costo de la vida, comenzaron a aparecer las restricciones presupuestarias.

Y hablando de presupuesto, tampoco figuraba en la campaña un incremento significativo de la deuda pública. Sin embargo, el Gobierno no dudó en endeudar al país en miles de millones de dólares cuando las cuentas dejaron de cuadrar.

Al parecer, la austeridad también tenía letra chica.

Esta semana ocurrió una escena difícil de imaginar durante aquella campaña llena de certezas: el Presidente terminó discutiendo con un niño. Al alejarse, lanzó un enfático: «¡Viva la libertad!».

Quizás esa frase explique mejor que cualquier discurso el momento que vive Chile.

Porque la libertad terminó siendo el argumento para justificar ajustes, recortes y promesas incumplidas. El Plan Implacable quedó archivado junto al contador regresivo de los inmigrantes. Las certezas fueron reemplazadas por explicaciones. Y las promesas, por excusas.

Chile comienza a parecerse demasiado al experimento argentino que Javier Milei convirtió en bandera: ajuste fiscal, reducción del Estado, rebajas tributarias para los grandes contribuyentes, inflación persistente, caída de la actividad económica y la convicción de que el mercado resolverá lo que la política dejó de resolver.

Lo paradójico es que ese libreto nunca fue presentado en campaña. No aparecía en la franja electoral. No estaba en los afiches. No se escuchó en los debates. Allí se hablaba del contador que expulsaría a los inmigrantes, del Plan Implacable que devolvería la seguridad, de una PGU protegida, de crecimiento económico, de menos burocracia y de un mejor futuro para las familias.

El contador dejó de contar.

El Plan Implacable dejó de escucharse.

Las promesas comenzaron a archivarse una tras otra.

Y el país sigue esperando que aparezca aquello que nunca necesitó marketing porque, según se decía entonces, ya estaba completamente diseñado: el plan.

Lo verdaderamente irónico es que el verdadero programa nunca estuvo en los discursos. No estaba en los afiches. No aparecía en la franja electoral.

Al final, el verdadero programa nunca estuvo en los discursos, ni en los afiches, ni en la franja electoral. Estaba escrito en la letra chica. Y como ocurre con tantos contratos, la mayoría descubrió su contenido cuando ya lo había “firmado” y el Gobierno ya había asumido.

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