Cada vez que aparecen las cifras sobre la baja natalidad, la reacción es la misma. Políticos, economistas, figuras religiosas y expertos se preguntan por qué los jóvenes ya no quieren tener hijos. Algunos culpan al individualismo o a un cambio cultural. Pero quizás la pregunta está mal formulada.
Los biólogos llevan décadas estudiando un fenómeno que se repite en distintas especies. Cuando un animal vive bajo estrés permanente, con recursos escasos y sin un territorio seguro, el organismo reduce o incluso apaga el impulso reproductivo. No es una decisión racional. Es supervivencia. El cuerpo dice: «Este no es un entorno seguro para traer vida».
Tal vez eso mismo está ocurriendo con nosotros.
Chile atraviesa una crisis demográfica silenciosa. Los datos son contundentes. El país registra una Tasa Global de Fecundidad de apenas 1,16 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo y muy lejos del 2,1 necesario para asegurar el reemplazo poblacional. En otras palabras, Chile ya no está teniendo los hijos suficientes para mantener su población en el largo plazo.
Y, sin embargo, seguimos empeñados en buscar las causas en las personas y no en las condiciones en las que viven.
Porque, ¿cómo pedirles a los jóvenes que formen una familia cuando muchos apenas logran mantenerse a sí mismos?
El mercado laboral ofrece cada vez menos certezas. La empleabilidad juvenil se deteriora, los contratos son precarios y los salarios muchas veces no alcanzan para independizarse. El sueldo mínimo apenas permite sobrevivir, mientras el costo de la vida aumenta sin tregua.
La vivienda, que durante décadas fue una aspiración alcanzable para la clase media, se ha transformado en un privilegio. Cada vez es más común que grandes inversionistas y empresas inmobiliarias compren edificios completos para destinarlos al arriendo, concentrando la propiedad y dejando a miles de jóvenes fuera del sueño de la casa propia. Lo que para algunos es una excelente inversión, para otros es la imposibilidad de construir un proyecto de vida.
Porque nadie forma una familia en una pieza arrendada, renovando contratos cada doce meses y con la incertidumbre permanente de si el próximo año podrá seguir pagando.
En Chile, arrendar un departamento puede costar más que el sueldo mínimo. El dividendo de una vivienda se ha convertido en un objetivo inalcanzable para una generación que acumula estudios, deudas y empleos inestables. El mensaje implícito es brutal: trabajar ya no garantiza progresar.
Y luego nos sorprendemos porque la natalidad se desploma.
Quizás el problema no es que los jóvenes no quieran tener hijos. Tal vez han perdido la confianza en el futuro.
Porque tener un hijo es un acto de esperanza. Es creer que mañana será mejor que hoy. Pero una sociedad que obliga a sus jóvenes a vivir con ansiedad permanente, a postergar la independencia y a conformarse con salarios insuficientes está enviando justamente el mensaje contrario.
No somos máquinas diseñadas únicamente para producir. Somos seres humanos. Y un ser humano agotado, endeudado, sin acceso a la vivienda y sin expectativas de estabilidad difícilmente pensará en traer una nueva vida al mundo.
La clase política suele preocuparse por las consecuencias económicas de la baja natalidad: menos trabajadores, menos cotizantes y menos crecimiento. Pero pocas veces se pregunta por las causas.
Quizás la caída de los nacimientos no sea una moda ni una señal de egoísmo generacional. Quizás sea la forma en que una sociedad expresa que algo esencial dejó de funcionar.
Porque cuando una especie comienza a renunciar a su propia continuidad, tal vez no haya que culpar a quienes no tienen hijos.
Tal vez haya que preguntarse qué clase de país hemos construido para que millones de personas sientan que Chile ya no es un lugar seguro para traer una nueva vida.
Chile necesita más niños. Pero ha convertido las condiciones necesarias para tenerlos —un trabajo estable, una vivienda propia y la esperanza de un futuro mejor— en un lujo reservado para unos pocos. Y ninguna sociedad puede aspirar a sobrevivir cuando convierte la posibilidad de formar una familia en un privilegio, en vez de una expectativa razonable para quienes trabajan, sueñan y quieren construir un hogar.


