Tras un mensaje aleccionador, anunciando su muerte sin decirlo, este lunes 15 de junio se nos fue el Maestro Abraham Santibáñez Martínez. Cuatro días antes había cumplido los 88. Nos dejó una congoja en el alma, porque siempre pensamos que los hombres buenos, geniales, consecuentes y éticos hasta en el andar, eran inmortales. En el caso de Abraham, y de muchos más que ya se han ido o que están a punto de hacerlo, debemos convertirlos en inmortales con su recuerdo, con sus enseñanzas, con su pensamiento e ideas, pero por sobre todo, por su ejemplo ético y moral.
Abraham Santibáñez nos deja esa huella profunda, indestructible y señera. Con una claridad meridiana en su verdad, con un sentimiento humano a flor de piel, con la sencillez de los grandes y consecuentes profesionales. Y eso viene a significar que no se ha ido. Su cuerpo se pierde en las tinieblas de lo desconocido, pero la luz de su trayectoria se queda iluminando a quienes toman el testigo de su ejemplo.
Los que quedamos, profesando diversas ideas, credos o sentimientos distintos, debemos recordar siempre el cómo se implementaron en este mundo tan convulso. La tolerancia es el principio y el final de todo. Abraham la practicó desde su cristianismo consecuente, desde su periodismo de combativa elegancia y desde sus columnas periódicas convertidas en ventanas abiertas para que entre el aire fresco.
Cada cual debe asumir su propia decisión, pero dentro de esa línea que nos une que es, precisamente, la tolerancia. Enfrentar otras ideas, pero tratando de comprenderle. Confrontar acciones no compartidas, pero buscando las razones del que las impulsa. Como siempre lo hizo Abraham, con la suave contundencia de los sabios.
El diálogo permanente, la palabra oportuna, el mensaje consecuente, son elementos más que necesarios para avanzar por los caminos del futuro. La pelea, la confrontación por la confrontación, resulta un sinsentido, un barullo anacrónico, obsoleto, innecesario. El poder por el poder, el interés personal por sobre cualquier otro, conduce a la exclusión injusta y salvaje. La guerra basada en justificaciones pequeñas, mezquinas y abusivas, es demostrativa de la derrota de la inteligencia.
He aprendido todo esto por convencimiento de mi relación con gente como Abraham Santibáñez. En mi octogenaria vida me he ido formando, desde el hogar hasta hoy mismo, por enseñanzas que la sabiduría tolerante me ha inculcado, desde el diálogo permanente con personas consecuentes con lo que profesan. No ha sido necesario seguir sus ideas propias, sino practicar el método y transitar por las ideas personales que se van formando según cómo entendamos la vida en la mejor forma para el resto de la gente. Hay muchas formas de hacerlo, cada cual debe autoconvencerse, pero siempre dejando abierta la posibilidad tolerante de que alguien puede convencerte de una forma mejor, y cambiar o adaptar lo que te parezca oportuno para tu tránsito vital.
¿Que todo esto es difícil? Por supuesto que sí. Pero hay formas tan convincentes de explicarlas, tan sencillas de practicarlas, como lo hizo siempre Abraham Santibáñez con su tono mesurado, con su palabra precisa, con su ejemplo tolerante.
Duerme tranquilo, querido Maestro. Tu ejemplo se queda entre nosotros, con tu figura guardada entre nuestros mejores recuerdos.


