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La pobreza como trauma sistémico

La pobreza como trauma sistémico: lo que el cuerpo hereda cuando nace en desigualdad

Una lectura desde el Método de Resonancia Límbica TriFocal

La pobreza engendra enfermedad y la enfermedad engendra pobreza. — Salvador Allende, 1939

Hay una pregunta que parece simple y que la medicina tardó en responder de manera honesta: ¿por qué la tasa de mortalidad por COVID fue seis veces más alta en La Pintana que en Vitacura, si el sistema de salud atendió a todos por igual?

La respuesta más rápida —la que el modelo médico hegemónico ofrece— apunta a la falta de acceso a atención médica. Pero el médico salubrista Hernán Sandoval lo refutó con una claridad que incomoda: la gente de La Pintana no fue desatendida. Fue igualmente tratada. Y aun así murió en mayor proporción.

La diferencia no estaba en el hospital. Estaba en el cuerpo con el que cada persona llegó al hospital. En la historia biológica que ese cuerpo portaba. En el estrés crónico acumulado durante años, décadas, generaciones.

Eso es lo que el Método de Resonancia Límbica TriFocal reconoce como trauma sistémico: el daño que no tiene un episodio singular identificable, sino que se inscribe en el organismo gota a gota, día a día, a través de la experiencia sostenida de vivir en condiciones que el sistema nervioso registra como amenaza permanente.

Foco 1 — El cuerpo que vive en estado de alerta permanente

Stephen Porges documentó que el sistema nervioso autónomo evalúa el entorno de manera continua y automática —un proceso que llamó neurocepción— buscando señales de seguridad o de amenaza. Cuando encuentra seguridad, el organismo entra en estado ventral: puede conectar, aprender, sanar, descansar. Cuando registra amenaza sostenida, activa los circuitos de supervivencia: el sistema simpático en modo lucha-huida, o el dorsal vagal en modo inmovilización y agotamiento.

La pobreza crónica es, desde esta perspectiva, una amenaza continua que el sistema nervioso no puede apagar porque no tiene fin. No hay un tigre del que huir. Hay una angustia estructural que no cesa: el arriendo que no alcanza, el trabajo que puede perderse sin aviso, el barrio que no es seguro, la comida que quizás no llegue, la dignidad que se erosiona en cada interacción con un sistema que dice, de mil maneras distintas, no hay espacio para ti.

El epidemiólogo Michael Marmot lo demostró con una elegancia científica que debería haber cambiado la medicina: en su estudio de funcionarios públicos ingleses, encontró que la esperanza de vida no dependía del ingreso ni del acceso a salud, sino del grado de control que una persona tiene sobre su propia vida. Los que no podían elegir dónde vivir, cuándo descansar, cómo criar a sus hijos —los que estaban permanentemente expuestos a la incertidumbre y a la impotencia— envejecían más rápido y morían antes.

Ese es el mecanismo fisiológico exacto: el estrés crónico produce una descarga sostenida de cortisol. El cortisol en dosis permanentes desgasta el organismo de maneras que se acumulan silenciosamente: inflama, deteriora el sistema inmune, eleva la presión arterial, desregula el metabolismo. El cuerpo de una persona pobre no es igual al cuerpo de una persona con recursos, aunque tengan la misma edad y el mismo diagnóstico. Tiene una historia biológica diferente grabada en sus tejidos.

Sandoval lo dice sin rodeos: en Santiago, la diferencia en esperanza de vida entre las comunas más ricas y las más pobres es de nueve años en los hombres y doce años en las mujeres. No porque los médicos de las comunas pobres sean peores. Porque los cuerpos llegan al sistema de salud con décadas de diferencia en su desgaste acumulado.

El primer foco del método trabaja con el cuerpo. Y lo que la epidemiología social muestra con una contundencia que no admite reducción es que trabajar con el cuerpo sin reconocer el campo social que lo formó es tratar el síntoma e ignorar la causa. Un cuerpo que vive en estado de alerta permanente no puede regularse con técnicas de respiración si el entorno que genera esa alerta no cambia. La regulación somática individual tiene un límite real cuando la desregulación es estructural.

Foco 2 — Las partes internas que aprenden a sobrevivir en la escasez

Franz Ruppert describió cómo el trauma fragmenta la psique en partes que operan con lógicas distintas. Lo que la investigación sobre pobreza temprana muestra es que esa fragmentación no espera a un episodio singular: puede instalarse como patrón cuando las condiciones de vida sostenidas superan la capacidad del sistema nervioso en desarrollo de integrarse.

Un niño que nace y crece en pobreza no solo tiene menos recursos materiales. Tiene menos seguridad neurobiológica: el cortisol elevado en el ambiente prenatal ya actúa sobre el desarrollo cerebral del feto. Hernán Sandoval lo señala con precisión que estremece: los niños que nacen y crecen en pobreza presentan una menor densidad neuronal, un déficit de desarrollo cerebral que no es destino irreversible pero que impone una desventaja real desde el inicio.

Eso significa que la Parte Traumatizada de una persona que creció en pobreza crónica no se formó en un momento dramático identificable. Se fue formando en la acumulación de miles de pequeñas experiencias de inseguridad: el hambre que a veces llegaba, el frío que a veces no se podía evitar, el miedo que tenían los adultos a cargo y que el sistema nervioso del niño registraba con perfecta fidelidad, la sensación de no tener suelo firme bajo los pies.

La Estrategia de Supervivencia que emerge de ese campo es también estructural: aprender a no pedir demasiado. A no esperar demasiado. A no ocupar demasiado espacio. A trabajar el doble para demostrar que se merece lo que otros reciben por derecho de nacimiento. Sandoval lo ilustra con una historia que condensa décadas de desigualdad sistémica: una joven de Ñuble, primera profesional de su familia, terminando Derecho, y la imposibilidad de conseguirle una práctica digna a pesar de sus esfuerzos. No le han dado cabida.

Esa frase —no le han dado cabida— es la voz que la Estrategia de Supervivencia de una persona criada en desigualdad ha escuchado de mil maneras distintas a lo largo de su vida. Y ante la cual aprendió a anticiparse: no pedir lo que no se va a dar, no exponerse a una negativa más, construir la identidad alrededor de la autosuficiencia y la invisibilidad como formas de protección.

La Parte Sana que el método trabaja en el segundo foco es la que puede reconocer esas partes con compasión —la que puede decirle a la Parte Traumatizada: lo que viviste fue real, el daño fue real, y no fue tu culpa. No como consuelo vacío. Como reconocimiento que tiene implicaciones fisiológicas concretas: el sistema nervioso que se siente visto y comprendido puede empezar a soltar la tensión crónica que la invisibilidad sostenida genera.

Pero —y esto es lo que la epidemiología social obliga a reconocer— la Parte Sana individual tiene un límite cuando el campo sistémico sigue activo. Una persona que trabaja en su regulación emocional mientras vive en condiciones de pobreza estructural no está en las mismas condiciones que una persona que hace el mismo trabajo desde la seguridad material. El trabajo interno es necesario y es posible. Pero no es suficiente como respuesta colectiva a un problema colectivo.

Foco 3 — El campo sistémico que transmite el trauma antes del nacimiento

Aquí es donde la epidemiología social y la mirada sistémica convergen con una precisión que debería cambiar la manera en que pensamos tanto la salud pública como la psicoterapia.

Hernán Sandoval introduce la epigenética como el mecanismo por el que la pobreza se transmite más allá de las condiciones materiales: el estrés crónico eleva el cortisol, el cortisol facilita la metilación del ADN —el bloqueo de sitios activos en el genoma— y esas modificaciones epigenéticas pueden transmitirse al feto cuando la madre está en edad reproductiva. La pobreza no solo daña al que la vive. Puede marcar biológicamente a quien todavía no ha nacido.

Bert Hellinger identificó algo que la epigenética ahora confirma desde la biología molecular: los sistemas no transmiten solo recursos materiales o costumbres culturales. Transmiten la huella de sus experiencias no resueltas. Lo que en la teoría sistémica se llama lealtades invisibles tiene ahora un correlato biológico concreto: la metilación del ADN como memoria corporal de generaciones que vivieron bajo estrés sostenido.

Un niño que nace en una familia que lleva tres generaciones en pobreza no llega al mundo como una pizarra en blanco. Llega con un sistema nervioso que ya porta, en su biología, la historia de lo que sus ancestros vivieron. No como fatalidad —la epigenética también muestra que esas marcas pueden revertirse con condiciones suficientemente estables y sostenidas. Pero como contexto real que el modelo médico hegemónico ignora completamente cuando trata a esa persona como si su punto de partida fuera equivalente al de quien nació en Vitacura.

La pregunta sistémica que el tercer foco propone no es solo ¿qué te pasó a ti? sino ¿qué portaron quienes vinieron antes? ¿Qué nivel de estrés sostenido vivieron tus padres, tus abuelos, tu comunidad? ¿Qué marcas dejó ese estrés en los cuerpos que te precedieron, y cuáles de esas marcas llegaron a ti antes de que pudieras elegir nada?

Reconocer eso no es determinismo. Es honestidad. Y la honestidad es la condición de cualquier intervención que aspire a ser realmente transformadora.

Lo que el modelo médico hegemónico no puede ver

Sandoval reclama contra el modelo que pone el foco en la enfermedad y no en las condiciones que la generan. El Método TriFocal hace el mismo reclamo desde el campo de la salud mental: un modelo terapéutico que trabaja con el individuo sin reconocer el campo social que lo formó —que trata la ansiedad sin preguntar si el entorno que genera esa ansiedad es estructuralmente inseguro, que trabaja la autoestima sin reconocer que vivir en un sistema clasista que dice no hay espacio para ti tiene efectos reales y acumulativos sobre cómo una persona se percibe a sí misma— ese modelo tiene los mismos límites que el modelo médico que Sandoval critica.

No significa que el trabajo individual no valga. Significa que tiene límites reales cuando la causa es estructural.

Lo que tanto la epidemiología social de Marmot y Sandoval como el marco TriFocal proponen es la misma cosa desde ángulos distintos: que la salud —física y mental— es un fenómeno relacional y contextual, no individual. Que el cuerpo no puede entenderse sin el campo que lo formó. Que el campo no puede entenderse sin la historia que lo precede. Y que cualquier modelo de cuidado que aspire a generar salud en lugar de solo atender la enfermedad necesita trabajar en los tres niveles simultáneamente: el cuerpo que porta la historia, las partes internas que la procesan, y el campo sistémico —familiar, social, cultural— que la transmite.

En el siglo XXI tenemos que transitar de la atención de la enfermedad a la generación de salud. Y eso es un trabajo del conjunto de la sociedad. — Hernán Sandoval

La diferencia de doce años en esperanza de vida entre una mujer de Vitacura y una de La Pintana no es un dato estadístico abstracto. Es la acumulación de miles de días en que el sistema nervioso de una persona registró amenaza donde el de otra registró seguridad. Es la diferencia en cortisol, en metilación del ADN, en densidad neuronal, en desgaste acumulado de órganos que nunca pudieron descansar del todo.

Es, en el lenguaje del método, la diferencia entre un sistema nervioso que aprendió que el estado ventral es posible y uno que aprendió, generación tras generación, que la amenaza no tiene fin.

Sanar eso requiere más que técnicas. Requiere reconocimiento. Requiere justicia. Requiere, en el sentido más profundo que Hellinger y Bowlby y Porges y Sandoval comparten sin saberlo, que el campo social aprenda a decirle a cada cuerpo lo que el sistema nervioso más necesita escuchar:

Aquí hay espacio para ti.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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