Kundera, en un giro poético algo exagerado, dice de los jugadores: “tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”.
Bonito. Pero hay quienes, sin embargo, estimamos que en la forma de jugar, en particular del aficionado, se puede desentrañar la personalidad del jugador. La forma de actuar en la cancha nos dice como puede ser en su vida y frente a los demás. En el fragor del partido, están los que sufren en silencio la falta del contrario, o reclaman como desaforados al menor roce, o son aviesos en la marca, o denuncian al otro las mismas faltas que en ellos no ven. Están los conciliadores, los provocadores, los oportunistas, los generosos, los tímidos, los egoístas y los burlones. La fauna humana completa puede verse en el partido de la oficina el viernes por la tarde o en la del barrio el domingo en la mañana.
En su entretenida novela “El Fantasista” Rivera Letelier, nos refiere las curiosas técnicas a que el DT de Coya Sur recurría para planificar tácticamente un partido sólo observando ciertas situaciones cotidianas.
Desde su estratégico puesto de la sección tienda, su ojo vidente podía mirar, observar, pesar y sopesar, a regalado gusto, la contingencia del diario vivir de los coyinos. Por ejemplo, qué compraba la esposa de tal jugador clave del equipo contra el que le tocaba jugar el domingo. Si la mujer compraba carne, o un botellón de buen vino, la cosa andaba bien por casa y, por ende, el ánimo del jugador era óptimo, por lo tanto a ese jugador había que ponerle una marca personal en el partido. O si el domingo por la mañana la esposa de tal otro aparecía con la cabeza amarrada con un pañuelo, era signo inequívoco de que el hombre le había dado como bombo durante toda la noche y, por consiguiente, estaría debilitado y no significaba ningún problema en la cancha… Era de gran utilidad estratégica saber, por ejemplo, qué mujer de qué jugador le estaba quemando el espinazo con qué patas negras, O enterarse de casualidad que a tal jugador soltero, goleador del equipo, se le había visto circular frecuente y sospechosamente cerca del camarote del maricón Delfín. Avatares estos de vital importancia no sólo para predecir el estado físico y anímico de los jugadores involucrados, sino para saber qué cosas había que decirles en la cancha para calentarlos, sacarlos de sus casillas y que terminaran haciéndose expulsar.
Pero el futbolista profesional pretende la gloria y a veces la encuentra. Las vivencias, expectativas y tragedias del jugador, el alza y la decadencia, son tratados en la literatura pelotera. Quiroga se acerca a ellas de este modo en su cuento Suicidio en La Cancha de 1918, hace más de 100 años:
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones. Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente, puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto: -Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado… El quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
…Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
En “El penal más largo del mundo”, Osvaldo Soriano pone al arquero de protagonista; aquí el duelo es entre dos clubes de futbol que juegan en una liga que reúne a pueblos que nadie conoce y donde se dio la casualidad de que el eterno colista hoy disputaba la final con los ganadores de siempre.
Suspendido el partido por un árbitro noqueado al cobrar un inexistente penal de último minuto “…El tribunal de la liga, que se reunió el martes, determinó que faltaban por jugarse 20 segundos después del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas”.
Debe en consecuencia transcurrir una larga semana en que el drama se cierne sobre el arquero:
– “Constante los tira a la derecha.
-Siempre dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo se que él sabe – dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo, dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo se que él sabe- dijo el gato Diaz y se levantó para ir a dormir.
A partir de allí todos los días serán pesar y pensar en el penal que se viene.
…El jueves cuando lo encontraron caminado por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Los vas a atajar? Le preguntó ansioso el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy a consagrar cuando la rubia de Ferreira me quiera querer- dijo y silbó al perro para volver a su casa.
-El viernes, la rubia de Ferreira estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.
-Este te lo manda el gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
En este cuento, como se ve, para el jugador o será la gloria y su paso a la historia del pueblo o será el drama del olvido, la consagración del fracaso, la agonía de la derrota.
Sugiero leerlo, aunque de igual forma quiero referir el final del relato que concluye de manera magistral, con el aroma tal vez al cuento “Por un bistec” de Jack London:
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreira sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado. -Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mi.


