Un mes antes de escribir este artículo, la investigación periodística de CNN expuso algo que muchos prefieren no mirar: existe una red organizada — no un caso aislado, una red — de hombres que se reúnen en plataformas digitales para compartir técnicas sobre cómo drogar a sus parejas mientras duermen, violarlas sin que lo sepan, grabarlo, y compartirlo entre sí como si fuera una mercancía. Casi mil miembros en un solo grupo de Telegram. Más de veinte mil videos en circulación. Un mercado. Una academia.
Esta noticia no surgió de la nada. Vino después del caso que conmocionó a Francia y que los medios del mundo cubrieron durante meses: el juicio de Dominique Pelicot, un hombre que durante años drogó a su esposa, Gisèle, mientras dormía, la violó repetidamente, e invitó a decenas de hombres a hacer lo mismo. Gisèle no recordaba nada. Su cuerpo portaba lo que su mente no podía saber. Cuando la verdad salió a la luz — a través de archivos encontrados en el computador de su marido — su mundo completo colapsó de una manera que ningún lenguaje ordinario alcanza a describir: el hombre en quien más confiaba en el mundo había convertido su cuerpo en objeto, sin su conocimiento, durante años.
Pelicot fue condenado. Muchos de los hombres que participaron también. Gisèle eligió hacer el juicio público — negándose a que ella permaneciera en el anonimato mientras los agresores eran protegidos. «La vergüenza debe cambiar de lado», dijo.
Esas palabras son mucho más que una declaración valiente. Son una formulación clínica precisa sobre algo que la psicología entiende bien: la vergüenza que las víctimas de violencia sexual internalizan no les pertenece. Se instala porque el sistema la dirige hacia ellas. Y una parte del trabajo de sanación es exactamente ese movimiento — devolver la vergüenza al lugar donde corresponde.
Claire tiene 58 años. Llegó a consulta acompañada por su hija, que esperó afuera. Lo que sabía, desde hacía tres semanas, era esto: su marido de veintinueve años había sido arrestado. Los investigadores le mostraron registros que ella no recordaba. Imágenes de sí misma que no reconocía. Años de hechos que habían ocurrido en su propia cama, en su propia casa, mientras dormía. Drogada por la persona en quien más confiaba en el mundo.
Claire no recordaba nada. Solo la noticia. Y el cuerpo que desde esa noticia se había vuelto irreconocible para ella.
Este caso es ficticio — construido para proteger la identidad de personas reales y para ilustrar el trabajo clínico. Pero el territorio que describe es real, y tiene nombre: es el mismo territorio del caso de Gisèle Pelicot, y es el mismo territorio que la investigación de CNN acaba de documentar como algo más extendido de lo que la mayoría quería creer.
Lo que Claire necesitaba no era un análisis sobre por qué le había pasado eso. Lo que necesitaba, primero, era que alguien estuviera presente con ella en ese territorio sin intentar resolverlo antes de recibirlo.
La pregunta que este artículo sí aborda es diferente: no cómo se ayuda a quien lo vivió, sino de dónde viene lo que ocurrió.
Raquel Schlosser es una psicóloga mexicana que lleva más de cuarenta años estudiando cómo la violencia — especialmente la violencia de género — se transmite de generación en generación. Fundó el Instituto de Estudios Transgeneracionales y fue pionera de las constelaciones familiares profesionales en México, trabajando directamente con Bert Hellinger durante años.
Su tesis central, formulada en lenguaje claro: muchos de los dolores que sufrimos no fueron producidos dentro de nuestra familia. Fueron producidos por el campo social más amplio — la cultura, la historia, las estructuras de poder — y nuestra familia simplemente los recibió y los transmitió hacia adelante.
Dicho de otro modo: la familia no inventa la violencia. La hereda. La reproduce. La perpetúa, muchas veces sin saber que lo hace.
Esta distinción parece sutil pero tiene consecuencias enormes para entender lo que CNN documentó.
Si los hombres de esa red fueran casos aislados de desviación individual — anomalías en un sistema sano — entonces la solución sería identificarlos, castigarlos, y asumir que el problema desaparece con ellos. Pero si lo que hacen es la expresión de algo más viejo y más amplio — si reproducen, de manera más extrema y organizada, algo que la cultura machista lleva siglos enseñando sobre los cuerpos de las mujeres — entonces el problema no desaparece con ellos. Requiere algo diferente.
Rita Segato, antropóloga argentina que ha dedicado décadas al estudio de la violencia sexual en América Latina, lo nombra así: la violación no es principalmente un acto de deseo sexual. Es un acto de poder. Una pedagogía de la crueldad.
¿Qué significa eso? Que la violencia sexual no solo daña a la persona que la sufre. Envía un mensaje colectivo — sobre quién tiene poder sobre el cuerpo de quién, sobre quién puede temer y quién puede dominar. Es una enseñanza que se transmite, que se aprende, que se practica entre pares.
Lo que CNN documentó es exactamente eso: una comunidad donde la violencia se enseña, se comparte, se perfecciona. No monstruos que surgieron de la nada. Hombres que aprendieron algo — en el hogar, en la cultura, en los grupos de pares — sobre lo que significa ser hombre, sobre qué tipos de poder son aceptables, sobre qué cuenta como «normal».
Aquí es donde la tesis de Schlosser se vuelve más incómoda todavía.
Porque si la violencia se aprende — si es una transmisión cultural que pasa de generación en generación — entonces los hombres que la ejercen también fueron formados por un campo. Tuvieron infancias. Tuvieron padres y madres. Estuvieron en escuelas. Vivieron en comunidades.
Esto no es una disculpa. La responsabilidad de quien ejerce violencia es suya, completa, indivisible.
Pero es una pregunta clínica y social que no podemos evitar si queremos que algo cambie: ¿qué tipo de campo produjo a ese hombre? ¿Qué modelo de masculinidad recibió? ¿Qué le enseñaron sobre el valor de los cuerpos ajenos? ¿Qué ocurrió con su propia vulnerabilidad cuando era niño, con su propio dolor, con su capacidad de sentir lo que otro siente?
Schlosser ha trabajado durante décadas con hombres que ejercen violencia. Lo que encuentra consistentemente no son personas nacidas sin empatía. Son personas en quienes la empatía fue aplastada — por campos que castigaron la ternura, que premiaron la dureza, que enseñaron que la vulnerabilidad es peligrosa y el dominio es poder.
La cadena de transmisión no justifica nada. Pero sí explica el mecanismo. Y el mecanismo puede, con el trabajo correcto, ser interrumpido.
El método TriFOCAL trabaja en esa intersección.
El Foco 1 — el cuerpo — es donde el trauma vive antes de que tenga nombre. Claire no recordaba los hechos. Su cuerpo los portaba. Antes de cualquier trabajo narrativo, el cuerpo necesita señales de que el campo actual es seguro.
El Foco 2 — las partes y las emociones — es donde la vergüenza que no le pertenece necesita ser recibida con cuidado, sin prisa. La parte que siente vergüenza no está equivocada al sentir algo — está equivocada sobre a quién le corresponde esa vergüenza. Ese movimiento — devolver la carga al lugar donde corresponde — es lento y requiere un campo que pueda sostenerlo.
El Foco 3 — el símbolo y el sentido — es donde la resignificación incluye, cuando es posible, el reconocimiento del campo más amplio. «Esto me ocurrió a mí. Y ocurrió en un campo que lo permitió. La responsabilidad no es mía. Y mi historia no termina aquí.»
Gisèle Pelicot fue valiente de muchas maneras. Pero la más importante, clínicamente, fue que rechazó cargar con una vergüenza que no le pertenecía.
«La vergüenza debe cambiar de lado.»
Ese es, en pocas palabras, el trabajo.
Humberto Del Pozo López es Psicoanalista Relacional · Constelador Sistémico Método de Resonancia Límbica TriFOCAL— Centro Bert Hellinger —


