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Gaza y la banalidad del mal

Hannah Arendt fue al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961 esperando encontrar un monstruo. Encontró algo más perturbador: un hombre mediocre, burocrático, que había organizado el transporte de millones de personas hacia los campos de exterminio sin odio visible, sin satisfacción sádica, sin el perfil que la imaginación moral necesita para explicar la monstruosidad. Cumplía órdenes. Hacía su trabajo. Su sistema nervioso, en los términos de Hellinger, tenía la conciencia tranquila.

Lo llamó la banalidad del mal.

Lo que Arendt estaba describiendo, sin ese vocabulario, era exactamente lo que Bert Hellinger describiría décadas después como el mecanismo de la buena conciencia: el sistema interno que produce tranquilidad cuando cumplimos las condiciones de pertenencia al campo, independientemente de lo que esas condiciones requieran. La buena conciencia no evalúa el acto desde fuera del campo. Lo evalúa desde dentro. Y desde dentro, la lealtad al campo es el bien mayor.

“Las multitudes se han inventado para hacer cosas que el individuo no tiene el coraje de hacerlas. Precisamente por ello todas las comunidades, todas las sociedades, son cien veces más sinceras y más instructivas sobre la esencia del ser humano que el individuo, el cual es demasiado débil para tener el coraje que requieren sus apetitos…» — Friedrich Nietzsche, Fragmentos Póstumos, Volumen IV, Primavera de 1888

Nietzsche lo había visto antes que Arendt y antes que Bert Hellinger: la multitud hace posible lo que el individuo no tiene el coraje de hacer solo, precisamente porque el campo disuelve la responsabilidad individual en la lealtad colectiva. En Gaza, en el Líbano, en los despachos de Washington donde se firman las paces selectivas, esa disolución opera con precisión industrial.

Las cifras que el lenguaje burocrático intenta reducir a ruido

Desde el 7 de octubre de 2023, más de 72.300 palestinos han muerto en Gaza y más de 172.000 han resultado heridos. Entre las víctimas hay al menos 20.179 niños, incluidos 1.015 bebés menores de un año, más de 11.800 mujeres y 2.955 personas mayores de 60 años. El ejército israelí ha destruido 38 hospitales, 96 centros de salud, 197 ambulancias, 835 mezquitas y el 90% de los edificios de la Franja. El Instituto Max Planck de Investigación Demográfica estimó en noviembre de 2025 que el número total de muertes violentas en Gaza se situaba entre 100.000 y 126.000. Los cuerpos que siguen bajo los escombros, los que nadie ha podido contar porque el acceso humanitario sigue bloqueado, no aparecen en ningún expediente.

Desde el alto el fuego del 11 de octubre de 2025, el número de palestinos asesinados en ataques israelíes ha aumentado en al menos 749, con 2.082 heridos adicionales y 759 cuerpos recuperados de entre los escombros. El alto el fuego que no detiene los bombardeos merece un nombre más honesto: ocupación en pausa administrativa.

La campaña militar israelí en el Líbano ha dejado al menos 1.500 muertos, 4.800 heridos y 1,2 millones de desplazados. El ministro de Defensa israelí anunció que el ejército demolerá todas las viviendas en las localidades fronterizas libanesas siguiendo el modelo de Rafah y Beit Hanun aplicado en Gaza. Esa frase merece leerse despacio: el modelo de Rafah y Beit Hanun. Destruir todo para que no haya nada a lo que volver. Eso no es operación de seguridad. Es limpieza étnica con manual de instrucciones.

En Gaza, los ataques israelíes, incluidos ataques aéreos, bombardeos y drones, siguieron causando víctimas civiles durante las semanas del alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, provocando la muerte de al menos 200 personas desde el 28 de febrero de 2026. Al mismo tiempo, las autoridades israelíes cerraron pasos fronterizos, suspendieron movimientos humanitarios, suspendieron casi por completo las evacuaciones médicas e impidieron que los palestinos regresaran a sus hogares. Las FDI han causado el mayor número de amputaciones pediátricas de la historia, con más de 4.000 casos. Las bombas que produjeron esas amputaciones llevan sello de fabricación estadounidense.

Esto no es guerra. Es la administración sistemática del exterminio con sofisticación burocrática suficiente para que los cómplices puedan dormir tranquilos.

La buena conciencia como mecanismo de campo

El soldado que lanza una bomba sobre un campamento de refugiados no necesita odiar a los niños que están debajo. Solo necesita ser leal a su unidad, cumplir el objetivo, mantener su lugar dentro del campo militar que le da identidad y seguridad. El analista que selecciona blancos en zonas densamente pobladas tiene la conciencia tranquila mientras sus indicadores de éxito se alineen con los de su grupo. El portavoz que justifica la muerte de civiles como daños colaterales no miente necesariamente desde la hipocresía consciente: su conciencia está entrenada para evaluar los actos desde dentro del campo, no desde fuera.

Hellinger no estaba hablando de patología. Estaba describiendo el funcionamiento normal de la conciencia humana. Esa conciencia no fue diseñada para evaluar la moralidad abstracta de los actos, sino para regular la pertenencia al campo. Cuando el campo requiere participación en el daño, la buena conciencia regula esa participación exactamente igual que regula cualquier otra conducta de lealtad. El piloto tiene buena conciencia. El técnico que mantiene los drones tiene buena conciencia. El político que autoriza el bloqueo de agua y alimentos tiene buena conciencia. El periodista que repite eufemismos sin contrastar cifras tiene buena conciencia. El ciudadano que mira hacia otro lado para no comprometer su pertenencia al campo geopolítico de su país tiene buena conciencia.

Los testimonios de Núremberg establecieron algo que la jurisprudencia internacional todavía intenta procesar: la obediencia a órdenes no elimina la responsabilidad moral individual. Pero los testimonios también revelaban algo que la jurisprudencia no puede resolver: que los perpetradores no experimentaban su participación como crimen. La experimentaban como deber. Como pertenencia. Como buena conciencia.

La misma dinámica aparece en contextos históricos radicalmente distintos. Los colonizadores que evangelizaban mientras esclavizaban tenían buena conciencia: su campo les decía que el fin justificaba el método. Los propietarios de esclavos que consideraban que su institución era benevolente tenían buena conciencia. Los regímenes del siglo XX que eliminaron a poblaciones enteras lo hicieron con sistemas burocráticos donde cada funcionario cumplía su parte y tenía la conciencia tranquila respecto a esa parte. Gaza no es la excepción. Es la regularidad.

El caso Netanyahu: la impunidad con orden de arresto

Benjamin Netanyahu es, en este momento, un prófugo de la justicia internacional que dirige un gobierno mientras la Corte Penal Internacional exige su arresto. La orden fue emitida el 21 de noviembre de 2024, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad vinculados a la ofensiva en Gaza. Hay 33 órdenes públicas de la CPI que siguen sin ejecutarse. Netanyahu es la más visible de ellas.

La justicia israelí anunció esta semana que reanudará el juicio por corrupción contra Netanyahu el 12 de abril, proceso que había sido suspendido durante el estado de emergencia declarado con motivo de la guerra contra Irán. El canciller iraní lo formuló con precisión brutal: un alto el fuego regional en el Líbano aceleraría el encarcelamiento de Netanyahu. Es decir: hay razones domésticas de supervivencia personal que explican por qué el Líbano fue excluido del alto el fuego entre Washington y Teherán desde el primer momento. La guerra que continúa en el Líbano no es solo estrategia: es también escudo jurídico.

Netanyahu expulsó esta semana a España del Centro de Coordinación Civil-Militar que supervisa el alto el fuego en Gaza, acusándola de librar una guerra diplomática. España respondió que no difama: describe. Que son un régimen genocida y criminal. Y que acabarán ante la Corte Penal Internacional. Que expulsar a un país de un organismo de supervisión humanitaria sea una respuesta aceptable en el sistema internacional actual dice todo lo que hay que saber sobre en qué se ha convertido ese sistema.

El papel de Estados Unidos: cómplice con cobertura filosófica

Washington no es un actor neutro al que los sucesos de Oriente Medio le lleguen desde afuera. Es el financiador, el proveedor de armas, el escudo diplomático y el avalador político de la operación. Trump, que el 5 de abril escribió en Truth Social abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno, y que amenazó con borrar toda una civilización iraní, firmó días después el alto el fuego con Irán y lo presentó como victoria total. Pero ese alto el fuego excluyó explícitamente el Líbano y no incluyó Gaza. Sesenta y tres países y la Unión Europea expresaron su profunda preocupación por la situación en el Líbano. Washington no firmó esa declaración.

La combinación es exacta: hacer la paz con quien tiene petróleo y dejar que el genocidio continúe donde no hay nada que negociar. Eso no es política exterior. Es contabilidad del horror con ruedas de prensa semanales.

Nietzsche vio este mecanismo con lucidez: la multitud hace posible lo que el individuo no tiene el coraje de hacer solo. Washington no ordena masacres de manera individual. Aprueba contratos de armas, ejerce vetos en el Consejo de Seguridad, normaliza la narrativa del derecho a la defensa mientras las bombas destruyen hospitales. Cada uno de esos actos tiene su responsable con buena conciencia. Ninguno siente que es él quien mata. Y juntos, producen el mismo resultado que un monstruo solitario no podría producir nunca a esa escala.

El idioma del genocidio y los que se niegan a pronunciarlo

La palabra genocidio tiene una definición legal precisa en la Convención de 1948: matanza de miembros del grupo, sometimiento a condiciones de vida destinadas a su destrucción física, imposición de medidas para impedir nacimientos. Los datos del propio ejército israelí, avalados por su inteligencia, confirman que el balance de muertos del Ministerio de Salud de Gaza es en gran medida exacto. La Corte Internacional de Justicia reconoció indicios de genocidio y estableció medidas cautelares. Amnistía Internacional, Human Rights Watch, relatores especiales de la ONU: todos han utilizado la misma palabra.

Y sin embargo los principales medios de comunicación occidentales, los gobiernos aliados de Israel y los portavoces del gobierno israelí siguen usando el lenguaje de la operación de seguridad, la respuesta antiterrorista y los daños colaterales.

El lenguaje no es inocente. Llamar operación de seguridad a la destrucción del 90% de los edificios de un territorio y a la muerte de más de 20.000 niños es un acto político que hace el horror habitable para quien necesita seguir mirándose al espejo con buena conciencia. Eso es lo que Hellinger llamaría la conciencia del campo en su forma más perfecta: el sistema que permite sostener lo insostenible sin sentir que uno está sosteniendo lo insostenible.

Lo más difícil de ver: el horror sin monstruos

Hay algo que los contemporáneos de los grandes genocidios del siglo XX no pudieron hacer y que nosotros sí podemos: saber. No en retrospectiva, con la comodidad de la distancia histórica. Ahora. En tiempo real. Con cifras verificadas. Con imágenes. Con nombres.

Ritaj Rihan tenía doce años. Fue asesinada el 9 de abril de 2026 mientras estudiaba física entre los escombros de su escuela destruida en el norte de Gaza. Su último ejercicio de cuaderno pedía un ejemplo de la propiedad de los líquidos de ocupar el espacio del recipiente que los contiene. Ritaj escribió: como nosotros en Gaza. Murió con el cuaderno abierto en esa página. Eso no fue daño colateral. Fue la consecuencia lógica de una política sostenida durante dos años y medio con armas, dinero y silencio cómplice de las potencias que se llaman democráticas.

La historia no produce monstruos con tanta frecuencia como produce personas ordinarias con buena conciencia cumpliendo las condiciones de pertenencia a campos que producen horror. Eso es más difícil de ver, como decía Arendt. Porque exige mirar no solo a los perpetradores evidentes sino a los mecanismos de pertenencia que los sostienen. Exige mirar los silencios, las justificaciones, las miradas hacia otro lado. Exige mirarse a uno mismo dentro de su propio campo y preguntarse con honestidad si la tranquilidad que uno siente tiene que ver con la justicia o con la lealtad.

El antídoto: la mala conciencia

El antídoto que Hellinger propone, con toda la dificultad que conlleva, es lo que llama mala conciencia: la incomodidad que produce alejarse de las condiciones de pertenencia del campo cuando esas condiciones nos llevan a lugares que no podemos sostener desde la propia visión. El testigo que declara contra su propio bando. El funcionario que se niega a firmar. El soldado que filtra las ejecuciones sumarias. El periodista que nombra el genocidio aunque su medio pertenezca a un país aliado. El votante que sale a la calle aunque su gobierno apoye la operación bélica.

Todos ellos sienten mala conciencia respecto al campo inmediato que abandonan. Y buena conciencia respecto al campo más amplio: el de la humanidad compartida, el de los valores que trascienden la lealtad al grupo de pertenencia. El primer ministro británico calificó de inaceptable la continuación de los ataques en el Líbano. El presidente colombiano exigió sanciones si Netanyahu no respeta el alto el fuego. España pidió a la Unión Europea suspender el acuerdo de asociación con Israel. Estos no son gestos suficientes. Pero son la diferencia entre la buena conciencia cómoda y el intento, aunque imperfecto, de no ser cómplice.

Esa mala conciencia no es un rasgo natural del ser humano. Es una capacidad que se desarrolla. Y que requiere exactamente el coraje que Nietzsche decía que la multitud hace innecesario: el coraje de ser responsable individualmente cuando el campo ofrece la posibilidad de diluir esa responsabilidad en la lealtad colectiva.

La conciencia autónoma, la que puede evaluar el acto desde fuera del campo que lo produce, no surge espontáneamente. Se construye contra la corriente. Contra la presión del campo. Contra la comodidad de la pertenencia. Y cuando se construye, produce exactamente la incomodidad que la buena conciencia convencional llama traición y que la historia, con distancia suficiente, llama dignidad.

La pregunta que Arendt dejó sin respuesta completamente satisfactoria no era cómo fue posible Auschwitz. Era cómo lo impedimos la próxima vez. La respuesta de Hellinger, en sus términos, sería: desarrollando la capacidad de tolerar la mala conciencia que produce contradecir al campo cuando el campo se equivoca.

En Gaza, en el Líbano, en los despachos de Washington donde se negocian las paces selectivas, la respuesta sigue siendo, para la mayoría, no. La buena conciencia sigue siendo más cómoda. La pertenencia, más segura. El horror, mientras tanto, continúa. Con expedientes. Con ruedas de prensa. Con la tranquilidad perfecta de quienes cumplen su trabajo dentro de un campo que ha decidido que esos niños no tienen el mismo peso que los otros.

Eso es más urgente de entender que cualquier otra cosa.

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