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Ritaj, el tikkun y el mundo roto

Su nombre era Ritaj Rihan. Tenía un cuaderno. Tenía una silla. Tenía la obstinación de quienes saben que el conocimiento es lo último que nadie puede quitarte. Estaba en clase. Las fuerzas armadas israelíes habían derribado su escuela. Habían derribado su casa. Ella siguió estudiando entre los escombros, en un aula improvisada en el norte de Gaza, porque hay una forma de resistencia que no necesita armas: la de la niña que se niega a dejar de aprender aunque le hayan destruido todo lo que la rodeaba. Esta mañana del jueves 9 de abril de 2026, un dron, un misil o una bala acabó con esa resistencia. El cuerpo de Ritaj quedó tendido en el suelo, la sangre escurriendo por las comisuras de sus labios, el cuaderno manchado a su lado. Su madre la llora con los ojos abiertos porque quizás cerrándolos la volvería a ver.

No voy a publicar esa imagen. Prefiero guardar la otra: Ritaj viva, con esa terquedad, esa dignidad, esa humanidad en su mirada que la fotografía capturó antes. Esa humanidad es la que se intenta borrar con balas, drones y misiles. Esa humanidad es la que este texto se niega a olvidar.

Desde que entró en vigor la tregua de octubre de 2025, Israel ha asesinado a más de 700 palestinos. Desde octubre de 2023, el número de muertos en Gaza supera los 70.000, la mayoría mujeres, niñas y niños. A eso se suman miles de muertes en Irán y en el Líbano, acumuladas en estas semanas de guerra expandida bajo la Operación Furia Épica. El alto el fuego entre Washington y Teherán anunciado el martes 7 de abril excluyó explícitamente el Líbano: Netanyahu lo dejó claro desde el primer momento, la guerra con Hezbolá continúa. Y Gaza, que no fue incluida en ningún acuerdo, sigue acumulando muertos mientras el mundo celebra que el precio del barril bajó un catorce por ciento y los mercados rebotaron. Ritaj murió el mismo día en que los diplomáticos se felicitaban en Islamabad.

Los números son tan grandes que el cerebro humano, construido para comprender la muerte de una persona concreta, no puede procesarlos como lo que son: cada uno de ellos fue alguien que tenía un cuaderno, una silla, una madre, una obstinación específica y propia. Y aquí está la pregunta que no puede eludirse: ¿qué pasa dentro de nosotros cuando llevamos la cuenta de las muertes en vez de considerar toda la vida perdida y todo el dolor infligido con cada una de ellas? ¿En qué nos estamos convirtiendo cuando se nos reduce a una situación en la que no podemos impedir tantas muertes injustas, debiendo permitirlas, contándolas en paquetes de cientos y de miles mientras continuamos viviendo nuestras vidas? ¿Y si esta situación fuera insensibilizándonos y endureciéndonos el corazón hasta conseguir que seamos como la mayoría de israelíes que apoya y justifica las acciones de su gobierno en Gaza, en Irán y en el Líbano?

La cábala de Isaac Luria, el pensador judío del siglo XVI que desarrolló en Safed la versión más influyente de la mística hebrea, propone una imagen del mundo que la pregunta anterior hace urgente. Luria describe la creación como un acto de tzimtzum: la contracción de Dios para hacer espacio a lo creado. En ese espacio, los recipientes que debían sostener la luz divina no pudieron contenerla y se rompieron. Los fragmentos de esa ruptura quedaron dispersos en el mundo. Y la tarea de cada ser humano, lo que la cábala luriánica llama tikkun olam, la reparación del mundo, es recoger esos fragmentos a través de cada acto de amor, de justicia, de compasión, y devolverles su lugar. No como tarea colectiva abstracta. Como la suma de los actos individuales concretos de cada persona en cada interacción cotidiana.

Hay algo en esa imagen que ilumina de manera terrible lo que está ocurriendo. Porque el tikkun olam, la reparación del mundo, es también el nombre de una ética concreta que una fracción significativa del judaísmo actual ha traicionado de la manera más visible posible: matando a una niña que estudiaba entre escombros. No hay manera de recoger los fragmentos de la luz divina mientras se producen simultáneamente los fragmentos de un cuerpo de niña. No hay manera de invocar el nombre de una tradición de reparación mientras se opera la mayor maquinaria de destrucción de civiles que el Oriente Medio ha visto en décadas. La contradicción no es entre Israel y Palestina. Es entre una tradición y lo que se hace en su nombre.

El mismo impulso que Luria formuló como tikkun fue retomado y transformado por Yeshua en los términos más simples disponibles: amarás al prójimo como a ti mismo. No como mandamiento abstracto sino como descripción del único campo desde el que la acción genuinamente reparadora es posible. El que no puede estar en contacto con lo propio, con su propio dolor, su propia historia, su propia humanidad, no puede encontrar genuinamente la humanidad del otro. El amor al prójimo no es la negación del amor propio. Es su extensión. Y su opuesto no es el odio declarado. Su opuesto es exactamente lo que producen las guerras cuando se prolongan demasiado: la incapacidad de ver el rostro del otro como un rostro.

El filósofo Emmanuel Levinas, él mismo judío, superviviente, pensador que construyó toda su obra sobre la experiencia del horror del siglo XX, pasó su vida pensando en lo que llamaba el rostro del otro: esa presencia concreta, irreductible, que nos interpela antes de que podamos clasificarla, justificarla o ignorarla. El rostro del otro es la fuente de toda ética, decía. No la norma abstracta, no el cálculo de consecuencias, no la ideología. El rostro. La cara de Ritaj Rihan mirando a la cámara antes de que la matasen es ese rostro. Y la pregunta de Levinas, trasladada a este momento, es simple y devastadora: ¿cuántos rostros podemos borrar antes de perder la capacidad de ver alguno?

Eric Fromm lo tradujo al lenguaje del siglo XX en términos que el trabajo clínico reconoce desde adentro: el amor no es un sentimiento que le ocurre a alguien. Es una práctica. Un arte que requiere conocimiento, esfuerzo y la decisión repetida de orientarse hacia la vida del otro con la misma atención que se orienta hacia la propia. El amor como verbo, no como sustantivo. La guerra, en ese marco, no es solo la muerte de personas. Es la destrucción sistemática de la capacidad de practicar ese arte, en las víctimas que mueren, en los sobrevivientes que cargan el trauma, y en los perpetradores que han tenido que desconectarse de su propia humanidad para hacer lo que hacen.

Vivimos en un momento donde el campo cultural global produce con eficiencia creciente las condiciones contrarias a ese impulso. La polarización convierte al diferente en enemigo. El miedo justifica la violencia. El cinismo concluye que la reparación es imposible. Trump amenazó con matar toda una civilización iraní, luego firmó un alto el fuego y lo declaró victoria. Netanyahu comparó los bombardeos sobre el Líbano con las Diez Plagas de Egipto horas antes de que misiles iraníes impactaran en Tel Aviv. El lenguaje del genocidio y el lenguaje de la guerra santa se retroalimentan en un espiral que cada vez necesita más muertos para sostener su propia narrativa. Y en el centro de ese espiral, una niña con un cuaderno.

La cábala de Luria tiene una respuesta para la parálisis que esa espiral produce: no hay acto demasiado pequeño. Cada chispa que se recoge contribuye a la reparación del todo. No de manera metafórica sino literal: el mundo que existe después de cada acto genuino de compasión, de cada interacción sostenida desde el amor al prójimo, de cada espacio seguro construido en la comunidad inmediata, es un mundo diferente del que existía antes. Hellinger lo formularía desde el trabajo sistémico: el campo que porta la herida puede ser el campo que porta la sanación. Lo que se da en una generación puede ser recibido en la siguiente. Lo que un sistema nervioso aprende en un campo de amor, genuino, no perfecto, pero real, puede ser lo que ese sistema transmite.

El trabajo clínico no es ajeno a eso. Cada sesión donde un sistema nervioso puede experimentar que el campo puede sostenerlo, que hay un otro que puede estar presente sin huir de lo que ese sistema porta, es un acto de tikkun. Pequeño, específico, en una sola relación. Y exactamente por eso, real. Guardar la imagen de Ritaj viva, con sus ojos tercos y su cuaderno, es también un acto de tikkun. No es un gesto sentimental. Es un acto político y ético. Es insistir en que esa vida importaba exactamente lo mismo que cualquier otra. Es negarse a que su muerte sea procesada como un número dentro de un paquete de miles. Es reconocer que la humanidad no se mide en la tecnología de las armas ni en la sofisticación de los argumentos jurídicos: se mide en si somos capaces de ver el rostro del otro y responder a él.

Desde que comenzó la Operación Furia Épica el 28 de febrero de 2026, más de 4.200 personas han muerto en Irán, 1.500 en el Líbano, y la cuenta de Gaza sigue. El FMI revisó a la baja el crecimiento mundial. Las bolsas subieron cuando se anunció el alto el fuego. Nadie subió cuando Ritaj murió. Y esa asimetría, entre lo que mueve los mercados y lo que mueve la conciencia, es quizás el síntoma más claro del grado de ruptura al que hemos llegado.

¿Qué haremos para reparar lo roto? No todo puede repararse desde donde estamos. No podemos detener un dron. No podemos desactivar la decisión de un Estado que ha decidido que matar a una niña estudiando entre escombros es un acto militarmente justificado. Lo que podemos hacer es exactamente lo que la cábala de Luria describe: en cada interacción, en cada comunidad inmediata, en cada espacio donde nuestra presencia pueda hacer que el campo del otro sea un poco más seguro de lo que era antes de que llegáramos. Negarnos al entumecimiento. Insistir en el rostro. Practicar el amor como verbo, no como sustantivo. Sostener la memoria de Ritaj no como imagen de tragedia sino como interpelación viva: ella estudió hasta el último momento porque creyó que el conocimiento y la dignidad merecían ese esfuerzo. Lo que debemos a esa obstinación es, al menos, no mirar para otro lado.

No es poco. Es exactamente lo que se puede hacer. Y en el mundo luriánico, en el que cada chispa recogida transforma literalmente el todo, es también, de alguna manera que la razón no puede medir del todo, suficiente para seguir.

Humberto del Pozo López es Psiconalista relacional – Constelador sistémico – Cientista Social 

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