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La libertad de prensa en cómodas cuotas

 

Por ReneX     @Eneatipo7

Manual avanzado para informar sin incomodar al dueño, al avisador ni al algoritmo.

Durante décadas se nos enseñó que la prensa era el cuarto poder: un vigilante insomne, una conciencia incómoda, un oficio ingrato dedicado a poner luz donde otros preferían penumbra. Una suerte de monje laico armado con libreta, preguntas y una saludable desconfianza del poder. Hoy, sin embargo, la prensa se parece menos a un contrapoder y más a un corredor de propiedades: arrienda espacios informativos dentro de condominios cerrados del propio poder, con áreas verdes retóricas, cámaras de seguridad ideológica y reglamentos internos contra ideas inconvenientes.

En Chile, el pluralismo mediático es una pieza de museo, se exhibe con solemnidad, se cita en seminarios, pero nadie lo usa. Megavisión pertenece al grupo Bethia, administrado por Carlos Heller Solari, ligado a la familia Falabella. Canal 13 orbita en la galaxia del Grupo Luksic, la mayor fortuna del país. Chilevisión, que no hace mucho fue parte del patrimonio del expresidente y millonario Sebastián Piñera, vuelve dócilmente a manos de grupos económicos locales tras un paso por la multinacional Paramount. La diversidad existe, por supuesto: cambia el logo, cambia el matinal, pero no cambia el interés.

Y está TVN, ese híbrido institucional digno de estudio: formalmente público, materialmente huérfano, administrado por directorios que reflejan la aritmética del poder político de turno. En su esfuerzo por parecer neutral, practica un equilibrio admirable: incomoda lo justo, corrige lo mínimo y se equivoca siempre hacia el mismo lado. La neutralidad, en este caso, no es virtud: es parálisis editorial con presupuesto limitado.

La prensa escrita tampoco requiere demasiadas presentaciones. El Mercurio no es sólo un diario: es una doctrina con imprenta, el ministerio histórico del sentido común empresarial, una editorialización permanente del statu quo. La Tercera intenta un maquillaje más moderno, una sintaxis algo más urbana, pero el espejo devuelve la misma imagen: poder económico opinando sobre sí mismo, con tono grave, gesto republicano y falsa preocupación institucional. El resto del paisaje es silencio tipográfico o irrelevancia estructural.

Existen, desde luego, oasis informativos. CIPER ha demostrado que el periodismo de investigación aún respira, aunque a veces camine por la cornisa entre la denuncia rigurosa y la tentación del encuadre narrativo. Pero estos esfuerzos deambulan en un ecosistema digital contaminado, donde flotan pasquines con diseño web y pretensión editorial: Ex-Ante, El Líbero, La Derecha Diario. Allí, la opinión se disfraza de noticia, la sospecha se presenta como evidencia y la tergiversación se celebra como coraje intelectual.

El lector ya no busca información: busca reafirmación emocional, aplauso identitario, un espejo que le devuelva la razón intacta.

Así, el debate público se convierte en una conversación de sordos ilustrados. Todos discuten el mismo tema, pero desde realidades incompatibles. Cada cual, parapetado en su micro-universo algorítmico, donde la verdad es personalizada, la mentira viene con refuerzos positivos y el disenso se castiga con invisibilidad. El algoritmo no informa: acaricia. No interpela: confirma. No educa: adiestra.

El resultado es una sociedad fragmentada por relatos, no por hechos. Hoy no somos ciudadanos informados, sino consumidores de versiones. Rehenes del mensaje, prisioneros de la desinformación y testigos del deterioro deliberado del pensamiento crítico. Por eso se lo ridiculiza, se lo desacredita y se lo cancela: porque el poder sabe —siempre lo ha sabido— que la crítica y la duda son el único antídoto eficaz contra la farsa.

La libertad de prensa sigue ahí, intacta en los discursos, solemne en las editoriales conmemorativas. En la práctica, eso sí, se paga en cómodas cuotas… con intereses, cláusulas de silencio y una letra chica que casi nadie quiere leer.

 

@MisColumnas

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