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    Saboteando el termostato moral de la democracia

    La Máquina del Fascismo: Saboteando el termostato moral de la democracia

    La impresión de que el movimiento totalitario se ha instalado en EE UU no ha hecho más que crecer desde la actuación del ICE en Minneapolis. Este no es solo un síntoma político aislado, sino la manifestación superficial de una patología civilizatoria más profunda: la instalación programática del «analfabetismo moral» como proyecto político. Lo que enfrentamos no es solo la degradación de un individuo, sino la encarnación de una guerra contra el rubor civilizatorio que convierte la hybris desvergonzada en una credencial de poder. En el fondo, es un ataque sistemático al termostato moral de la sociedad.

    Los años veinte del siglo pasado estuvieron marcados por el fascismo, una palabra que no se debería emplear de forma leve. Desde el inicio de la segunda presidencia de Donald Trump, hace un año, pero sobre todo desde el brutal despliegue en Minneapolis de los paramilitares federales, la impresión de que el fascismo se ha instalado en Estados Unidos no ha hecho más que crecer entre escritores, comentaristas, historiadores y ciudadanos.

    Este fenómeno es la crisis orgánica gramsciana que señalan los analistas: una contra-hegemonía tribal que no busca persuadir con ideología, sino sabotear deliberadamente el mecanismo de autorregulación cívica.

    El espectáculo atroz, la mentira perpetua y la deshumanización de sectores enteros de la población son como golpes de calor ético repetidos, diseñados para sobrecargar y quemar los sensores sociales de la decencia. Su fin es mantener a la base en un estado crónico de alerta máxima, anestesiando la capacidad colectiva de sentir vergüenza y empatía, y congelando el termostato en la posición «tiranía».

    Las imágenes de individuos armados hasta los dientes, sin identificar, que apalizan a personas por protestar y detienen a ciudadanos por su acento o color de piel, son incompatibles con una sociedad democrática. Son el resultado visible de una «máquina de fracturación ética» en acción, que ha desconectado los sensores del juicio compartido. La muerte de civiles a tiros, en lo que parecen ejecuciones extrajudiciales, desató una indignación global y una oleada de referencias a los Camisas Negras y Camisas Pardas.

    Pero esto es más que una repetición histórica; es la personificación de un «ansia de dominación» que, como señalaba Edward Wortley Montagu, destierra todas las virtudes sociales. La incapacidad para ruborizarse del líder, lejos de ser un defecto, es «la insignia de su poder desvergonzado», ofreciendo a sus seguidores, desde su «yo traumático» colectivo, un pacto de inmunidad moral: se absuelve al líder de toda exigencia ética a cambio de la intoxicante sensación de un poder sin regulación.

    El escritor Stephen King habló de «Gestapo americana»; Siri Hustvedt escribió sobre Un nuevo tipo de fascismo. Jonathan Rauch, en The Atlantic, concluyó: «Sí, es fascismo», tras detallar los aspectos —desde el elogio de la fuerza bruta hasta la deshumanización— que convierten a la América de Trump en un país que se encamina hacia el abismo. Pero este análisis gana profundidad al comprender que la «desaparición de la bondad» es, en términos contemporáneos, la patologización del disenso y el silenciamiento de toda voz que intente reactivar el termostato moral colectivo.

    El historiador Robert Paxton, tras el asalto al Capitolio en 2021, retiró su objeción a usar la palabra «fascismo», considerándola ahora necesaria. Su advertencia se une a la de Hervé Le Tellier, quien recuerda que «los fascismos van más rápido que cualquier democracia». Sin embargo, la fe en la fortaleza de las instituciones puede ser insuficiente si no se atiende al sustrato cultural de la crisis.

    Los mecanismos de contención institucional son el «sistema de climatización» democrático, una infraestructura necesaria pero inútil si el termostato que la gobierna —la sensibilidad moral ciudadana— ha sido vandalizado y desconectado. La ingeniería social del trumpismo promueve una «desconexión relacional patológica» donde el único vínculo legítimo es la lealtad al líder, y la única emoción noble, la indignación contra el enemigo.

    Pero en Minneapolis también hemos visto a miles de personas que parecen haber aprendido la lección de los años treinta: si no se lucha por la libertad, se puede perder. Como recordaba Joyce Carol Oates, siempre hay personas valientes que se oponen a un Estado autoritario. La verdadera resistencia, por tanto, debe ser, como se desprende del análisis del analfabetismo moral, «somática, colectiva y alfabetizadora».

    No basta con esperar a que las instituciones contengan al tirano. Hay que forjar activamente una «contra-hegemonía contra-analfabeta». Esto implica recuperar la parresia (hablar verdad al poder) y, crucialmente, emprender una reparación comunitaria del termostato moral social.

    Debemos construir «talleres de calibración cívica» —comunidades de cuidado, diálogo verdadero y acción solidaria— donde se restablezca colectivamente la sensibilidad ante la transgresión. Donde el rubor ante la mentira descarada o la crueldad no sea un signo de debilidad, sino la prueba de que los sensores de la dignidad compartida siguen operativos y pueden volver a regular el clima ético de la sociedad.

    ¿Estamos viviendo un retorno del fascismo y no solo en Estados Unidos? La respuesta es mucho más importante de lo que podamos pensar. El «momento en que todo explote» no será solo el estallido de una crisis política, sino posiblemente el colapso definitivo de un sistema de autorregulación social ya sobrecargado y saboteado.

    Frente a la hybris desvergonzada del Baalzebú moderno, la esperanza no reside en una fe ingenua en el pasado, sino en la capacidad biopolítica y pedagógica de re-aprender a sonrojarse. De reconectar, barrio a barrio, conversación a conversación, los cables del juicio ético.

    La tiranía, al final, no teme a los críticos; teme a los ciudadanos que, al reparar su termostato moral interno, se convierten en técnicos de la decencia colectiva y guardianes de un clima democrático habitable. No solo los estadounidenses se están jugando su futuro en libertad; nos lo jugamos todos en esta batalla por el control del clima moral de nuestro tiempo.

    Humberto Del Pozo López es pscoanalista y cientista social

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