“EL CICLISMO ES LA MUERTE LENTA DEL PLANETA”.
La frase no fue dicha en una sobremesa ni en redes sociales. Fue pronunciada por un banquero frente a una sala llena de economistas. No como una provocación absurda, sino como una explicación brutalmente honesta del modo en que funciona la economía contemporánea. No se trataba de atacar a la bicicleta, sino de exponer una lógica que rara vez se dice en voz alta.
El razonamiento es simple, casi mecánico.
Un ciclista no compra automóvil ni pide créditos para financiarlo. No paga combustible, seguros obligatorios ni mantenciones periódicas. No utiliza estacionamientos concesionados ni contribuye a justificar nuevas autopistas, pasos sobre nivel o carreteras urbanas. No activa grandes cadenas de consumo asociadas al transporte privado.
Tampoco engorda con facilidad.
No llena consultas médicas de forma constante. No depende de medicamentos crónicos ni de tratamientos largos y costosos. En promedio, se enferma menos, vive más y necesita menos del sistema de salud.
Desde una mirada puramente económica —y profundamente reducida— esa persona “no aporta”. No porque no trabaje, no porque no pague impuestos, sino porque no gasta lo suficiente. No alimenta la rueda del consumo permanente que sostiene el modelo. En un sistema que confunde bienestar con crecimiento, la salud se convierte en una anomalía.
En el extremo opuesto, la enfermedad es un motor económico.
Cada nuevo local de comida rápida es celebrado como inversión y empleo. Activa proveedores, transporte, publicidad, franquicias y arriendos. Luego, activa clínicas, consultas, exámenes, tratamientos, dietas, cirugías, medicamentos y soluciones para problemas que antes no existían. Todo suma al PIB. Todo se registra como crecimiento. Aunque el resultado sea una población más cansada, más enferma y más dependiente.
La paradoja es brutal: una sociedad sana es menos rentable que una enferma.
Una persona que camina o pedalea es vista como un mal negocio. Una persona sedentaria, endeudada y medicada, en cambio, es un cliente ideal.
Aquí la pregunta deja de ser provocadora y se vuelve urgente:
¿Es la bicicleta una amenaza para la economía?
¿O es la economía la que se ha construido sobre la necesidad de que las personas enfermen para sostenerse?
Porque cuando el éxito se mide solo en consumo, cualquier práctica que reduzca gastos es vista como un problema. Cuando el indicador principal es el movimiento del dinero, no importa hacia dónde ni con qué consecuencias humanas. Importa que circule. Aunque en el camino se desgaste el cuerpo, el entorno y la vida cotidiana.
Elegir entre una bicicleta o un McDonald’s no es una caricatura.
Es una decisión política, económica y cultural.
Es el reflejo de dos modelos de sociedad: uno que invierte en salud, autonomía y tiempo; y otro que necesita dependencia, enfermedad y consumo constante para seguir funcionando.
La bicicleta no es el problema.
La verdad es que el problema es otro: un sistema que solo reconoce valor cuando hay dolor, deuda o dependencia de por medio. Un modelo que funciona mejor con cuerpos cansados, con diagnósticos que se acumulan en carpetas médicas y con enfermedades que, aunque suene brutal, ayudan a cuadrar las cifras.
Y es que cuando una persona sana empieza a parecer un mal negocio, ya no estamos hablando de transporte ni de hábitos de vida. Estamos hablando de algo más incómodo, más profundo. De una crisis moral. Porque en el momento en que la salud deja de ser un objetivo y pasa a ser una amenaza para el mercado, la economía deja de estar al servicio de la vida y la vida se convierte, casi sin darnos cuenta, en un insumo más.
Por eso el dilema no es bicicleta o automóvil, ensalada o hamburguesa, parque o mall. Esa es solo la superficie. El dilema real es si seguimos sosteniendo un modelo que necesita que la gente se enferme para funcionar, o si nos atrevemos, de una vez, a imaginar uno que no confunda crecimiento con desgaste humano.
Además, si somos honestos, lo que lo asfixia no es la bicicleta ni la vida sana. Es una economía que ha aprendido a crecer también desde la destrucción: desde la enfermedad, desde la catástrofe, desde la guerra. Una economía que suma cuando algo se rompe, cuando alguien cae, cuando todo debe volver a construirse.
Y ahí está el problema de fondo: un sistema que confunde movimiento con progreso y reconstrucción con bienestar, incluso cuando el costo humano es demasiado alto.


