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    El día que no pasó nada

    En política, uno aprende rápido que el ruido no siempre es lo más importante. A veces grita más el silencio. Ese que incomoda, que no se explica del todo, que deja la sensación de que algo ya estaba decidido antes de que nos enteráramos.

    La salida de escena de Nicolás Maduro ocurrió así: sin estruendos, sin imágenes de quiebre, sin esa sensación de final abrupto que suele acompañar a los cambios reales. Y la verdad es que eso no tranquiliza. Al contrario. Porque cuando un poder cae sin sacudir el piso, lo más probable es que no haya caído solo. Alguien sostuvo la puerta mientras salía.

    No hubo multitudes celebrando ni militares desbordados. Tampoco un vacío inmediato. Todo siguió funcionando. Demasiado bien. Y es que los procesos verdaderamente populares son torpes, ruidosos, desordenados. Se equivocan, se contradicen, se empujan en la calle. Esto fue otra cosa. Más bien pareció un cambio de turno cuidadosamente administrado.

    Además, el relato que durante años ayudó a explicar —y a justificar— la presión internacional sobre Venezuela empieza a perder fuerza. El famoso “Cártel de los Soles”, repetido hasta el cansancio, se diluye cuando deja de ser útil. No porque la corrupción haya desaparecido, sino porque el concepto ya no cumple su función. En política, las palabras también se desechan cuando ya no sirven. Como una herramienta gastada.

    Nada de esto ocurre en aislamiento. Mientras tanto, Estados Unidos vuelve a hablar sin demasiados rodeos sobre poder, control y territorio. El interés de Donald Trump por Groenlandia puede parecer anecdótico, incluso extravagante, pero no lo es. Es una señal muy fuerte. Una de esas que se dicen en voz alta para que nadie se confunda: los recursos importan, la posición estratégica importa, y las reglas son flexibles cuando estorban.

    Y ahí es donde todo se empieza a entender. Venezuela no es un caso excepcional, sino una pieza más de un tablero que se está reordenando. Las llamadas transiciones “ordenadas” suelen venderse como avances, pero muchas veces funcionan como reacomodos. Cambian los nombres, se ajustan los discursos, se limpian ciertas caras. El poder, en esencia, permanece.

    El problema es que en ese proceso la ciudadanía aparece apenas como telón de fondo. Se la invoca, se la menciona, se le promete un mañana mejor. Pero rara vez se la invita a la mesa donde se toman las decisiones importantes. La democracia queda reducida a un concepto decorativo, útil para legitimar lo que ya fue acordado.

    Tal vez estemos entrando en una etapa distinta. Más cruda. Menos preocupada por las formas. Un tiempo donde el poder ya no necesita grandes épicas ni discursos interminables, porque aprendió que el verdadero control se ejerce sin espectáculo. Con acuerdos discretos. Con silencios bien calculados.

    Por eso conviene prestar atención no solo a lo que se anuncia, sino a lo que no se discute. A las escenas que pasan rápido. A esa calma que no es paz, sino certeza. Porque muchas veces, cuando todo parece tranquilo, es justamente cuando el reparto ya terminó.

    Pasamos a otras noticias: el dólar sube, el petróleo se acomoda y, al parecer, nada realmente importante ocurrió.

    Buenas noches.

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