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    Soberanía en tiempos de imperio

    La Hegemonía, el Vampiro y la Estaca: Soberanía en Tiempos de Imperio

    Un análisis desde la sombra de Gramsci y la luz de la coyuntura

    I.  La Gramática del Despojo: Lenguaje y Hegemonía en la Coyuntura Imperial

    Las guerras por los recursos no siempre anuncian su rostro. A veces, llegan vestidas de titulares, de encuadres lingüísticos que preparan el terreno para el despojo. La historia reciente de nuestra América es un manual de este proceder.

    Se llamó “captura” a un secuestro, “intervención quirúrgica” a un bombardeo, y “transición democrática” al desmantelamiento sistemático de un Estado para acceder a su subsuelo. Este desplazamiento semántico no es un exceso retórico, sino la operación misma del poder moderno que Antonio Gramsci teorizó: la construcción de una hegemonía cultural donde el saqueo aparece como necesidad, corrección o incluso beneficio.

    El lenguaje no describe; organiza, jerarquiza y, sobre todo, legitima. Actúa como un tribunal anticipado, donde la sentencia precede a la prueba, allanando el camino para la intervención material. El caso del secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, es paradigmático: al ser presentado por las agencias de inteligencia extranjeras y sus ecos mediáticos como una mera “captura” o “operación”, se buscó despojar al acto de su verdadera naturaleza criminal y geopolítica. Se trató de un acto de terrorismo de Estado –una acción clandestina y violenta patrocinada por un poder externo para decapitar un gobierno–, que fue linguisticamente rebajado a procedimiento policial o acción quirúrgica. Este eufemismo es el núcleo de la hegemonía gramsciana en acción: desactivar la percepción del horror para hacer aceptable lo inaceptable.

    Hoy, el teatro de esta batalla semántica y material se desplaza. La mirada del vampiro imperial, siempre hambriento de petróleo, gas y minerales estratégicos, se posa con renovada intensidad sobre sus vecinos. Cuando desde el norte resuenan amenazas de invasión contra México, disfrazadas de bravuconería política, debemos ver más allá del espectáculo. No se trata solo de un exabrupto; es la reactivación de un guion hegemónico.

    El objetivo primero no es el territorio inmediato, sino el marco de percepción: reinstalar la idea de que la soberanía de los pueblos del sur es una concesión revocable, un privilegio condicionado a la obediencia. Esta dinámica encuentra un espejo claro y trágico en el caso de Venezuela, donde la guerra comenzó cuando los grandes medios decidieron llamar “captura” a lo que era un secuestro, invirtiendo el orden jurídico y preparando culturalmente el terreno para el asalto a sus vastas reservas petroleras. Allí, la acusación de “narco-terrorismo” articuló un bloque histórico gramsciano: fusionó el interés material por los recursos con una superestructura ideológica de crimen y caos, legitimando la coerción e intentos de subversión como el ya mencionado.

    La respuesta contundente de la Presidenta de México a estas amenazas es un acto de contrahegemonía en tiempo real. Al calificarlas como “delirantes pero serísimas”, realiza el primer movimiento disectivo: desenmascara la irracionalidad de la pretensión, pero reconoce la lógica material de poder que la sustenta. Su discurso es una lección de gramática política soberana: “Cooperación, sí. Subordinación e intervención, no”. En esa dicotomía descansa la trinchera.

    “Cooperación” es el lenguaje entre Estados; “subordinación” es el lenguaje del virreinato. Al rechazar el segundo y afirmar el primero, se está disputando el sentido común mismo sobre la relación continental, una disputa que Venezuela libró en medio de un asedio mediático que buscaba, precisamente, anular su voz soberana y presentar el despojo –e incluso el terrorismo de Estado– como un procedimiento legal o una “cirugía” necesaria.

    II.  La Hidra Interna: Transformismo, Crisis Orgánica y el Asedio desde Dentro

    Pero la hegemonía imperial es una hidra de dos cabezas: una mira hacia fuera para disciplinar, la otra hacia dentro para encontrar complicidades. Gramsci llamó a este proceso transformismo: la capacidad del poder dominante para absorber, neutralizar y reconfigurar a las élites locales, vaciando de contenido cualquier proyecto autónomo. La verdadera batalla por México no se libra solo en la frontera o en los comunicados de prensa. Se libra en el corazón de su bloque histórico interno.

    La violencia que desangra a México es presentada hegemónicamente como una patología autóctona, el fracaso de un “Estado fallido”. Esta narrativa, amplificada por intelectuales orgánicos globales y medios que funcionan como tribunales anticipados, es un dispositivo de legitimación. Busca aislar el fenómeno, ocultando su naturaleza de circuito transnacional. Por eso la réplica es tan crucial al señalar que “la violencia en México es causada en parte por el flujo ilegal de armas desde Estados Unidos y el grave problema del consumo de drogas”. Esta afirmación es un diagnóstico materialista que desarma el relato hegemónico y expone la arquitectura real de un negocio binacional.

    El riesgo para México, como lo fue y lo es para Venezuela, es la crisis orgánica: un momento en que las viejas formas de dominación ya no funcionan, pero no emerge una nueva hegemonía nacional capaz de unificar un proyecto popular sostenible. En Venezuela, un siglo de Estado rentista petrolero creó una sociedad dependiente, sin diversificación productiva y con una cultura política clientelar. Cuando los precios cayeron y la corrupción se hizo sistémica, el edificio colapsó en una crisis orgánica. Allí, el transformismo adoptó la forma del “madurismo sin Maduro”: la promesa de una transición controlada que, como revolución pasiva, cambiaba la figura visible del poder para dejar intactas las estructuras de subordinación y garantizar el acceso externo a los recursos. En este contexto, incluso un acto de terrorismo de Estado como el intento de secuestro presidencial podía ser interpretado por sectores internos como un “reacomodo” inevitable dentro de la lógica del poder global.

    Esta es la advertencia: la soberanía puede reducirse a un discurso vacío si las élites internas, en público antiimperialistas, exploran en privado acuerdos de acomodo. El vampiro imperial no actúa solo con colmillos; necesita intelectuales orgánicos que traduzcan su hambre en lenguaje civilizado y élites locales que negocien su porción del botín, normalizando incluso la amenaza del terrorismo de Estado como un riesgo geopolítico más.

    III. Forjar la Estaca: Guerra de Posiciones, Hegemonía Nacional y el Pueblo como Actor

    Frente a este doble asedio –el vampiro externo y el transformismo interno– la estaca debe forjarse en dos frentes simultáneos, tal como la teoría gramsciana prescribe, y cuya ausencia selló gran parte del destino venezolano.

    Hacia el exterior, la tarea es una guerra de posiciones en el lenguaje. Nombrar con precisión es un acto de defensa nacional. Decir “invasión” cuando amenazan con invadir, “ingobernabilidad exportada” cuando señalan el caos, “co-responsabilidad” cuando exigen soluciones unilaterales. Cada concepto debe ser una trinchera que impida el avance del sentido común imperial. La contrahegemonía exige decir secuestro cuando dicen captura, terrorismo de Estado cuando dicen cirugía o “operación especial”, saqueo cuando dicen transición. Nombrar el intento contra Maduro como lo que fue –un acto de terrorismo de Estado– es desmantelar el eufemismo y exponer la violencia real del poder.

    Pero la batalla decisiva, y la más compleja, es la interna. La soberanía no se decreta, se construye con hegemonía nacional. Un proyecto que no puede limitarse a administrar la renta de la proximidad geográfica (las remesas, el comercio asimétrico) ni a repartir clientelarmente los beneficios de una paz precaria, como ocurrió históricamente en Venezuela, donde se administró una bonanza pero no se construyó una dirección cultural sostenible que inmunizara contra el transformismo y fortaleciera las defensas ante agresiones como el terrorismo de Estado. Debe ser un proyecto histórico que articule, en un nuevo bloque histórico popular:

    1. Una base material diversificada que rompa la lógica del enclave y de la economía criminal, superando la maldición de la mono-exportación.

    2. Una reforma intelectual y moral que forme ciudadanos, no súbditos o clientes; que genere intelectuales orgánicos de la emancipación, y no administradores del discurso ajeno o de la renta.

    3. Una reivindicación de la fuerza pública como institución al servicio de este proyecto nacional, y no como actor económico o brazo de facciones, capaz de defender la integridad del Estado frente a amenazas tanto internas como del terrorismo de Estado promovido desde el exterior.

    Sin esto, la defensa de la soberanía será solo un episodio retórico, admirable pero efímero, frente a la maquinaria hegemónica que siempre vuelve, con nuevos eufemismos y viejos apetitos. La sangre que se derrama cada día en las calles y en la frontera no es solo humana. Es sangre soberana, es futuro extraído. La respuesta firme del Estado mexicano es un rayo de luz en la tormenta, una demostración de que el guion puede ser reescrito. Pero la obra completa requiere de un pueblo que no solo delegue, sino que se constituya en actor hegemónico de su propio destino.

    El imperio no teme a los discursos airados; teme a los pueblos que, habiendo comprendido las reglas del juego gramsciano, se organizan para cambiar el tablero por completo. La lección que emerge de la comparación con Venezuela es nítida: contra el vampiro imperial, cuyas tácticas van de la presión económica al terrorismo de Estado, no basta el discurso heroico. Se necesita la estaca de una hegemonía nacional real, forjada en la construcción paciente, tenaz y colectiva de un país que se pertenezca a sí mismo.

    Humberto del Pozo López es Psicoanalista y cientista social

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