Desde Madrid
Me siento a escribir mi habitual artículo de los viernes y compruebo que la actualidad nos sigue llevando por la obligación de hablar de temas relacionados con la Navidad. Tengo la certeza de que el mundo necesita detener la marcha desbocada de la violencia y meditar sobre lo que estamos haciendo y en la urgencia de lo que debemos hacer.
Reviso mis artículos del año pasado por estas mismas fechas y compruebo que no hemos avanzado nada en las buenas intenciones que el sentido común nos transmitió. Repito una frase del año pasado: “La sociedad mundial ha olvidado el verdadero espíritu de la Navidad. Más de medio centenar de guerras en diferentes partes del mundo, causan miles de muertes de inocentes, niños, ancianos, mujeres”.
¿Acaso no es verdad que las guerras continúan y con mayor virulencia? ¿No es eso un grave defecto del ser humano que sigue utilizando la muerte y el hambre como arma para solucionar sus problemas? Nadie busca la solución en forma pacífica, serena, dialogada…¿En dónde queda la evolución de la especie, si seguimos sin desarrollar nuestra inteligencia?
El Papa, los Reyes y gobernantes de medio mundo envían mensajes relacionados con el mismo tema, sin ser escuchados. Todos dicen con dramáticos acentos, que es imprescindible recuperar la paz. Incluso uno ha recurrido a la fe cristiana al decir: “Invito a todas las personas, a todos los pueblos y naciones a armarse de valor y hacerse peregrinos de esperanza, a silenciar las armas y a superar las divisiones”. Y también agregó: “Que se tenga la audacia de abrir las puertas a las negociaciones y a los gestos de diálogo y de encuentro, para llegar a una paz justa y duradera”.
Hasta un Papa señaló en su mensaje refiriéndose al Oriente Medio, “que callen las armas, con los ojos fijos en la Cuna de Belén. Que cese el fuego y que se ayude a la población extenuada por el hambre y la guerra”.
¿Y qué ha pasado en estos últimos doce meses? Que las armas no han callado, aunque se diga que hay acuerdos de paz que no se cumplen. Las muertes continúan cotidianamente tiñendo de rojo las páginas de la Historia. El abuso de los que tienen armas es constante y la violencia es el argumento que se utiliza para justificar lo injustificable.
¿Acaso en la invasión de Ucrania por parte de Rusia no es más de lo mismo? Se habla de gestiones, de reuniones, de condiciones abusivas e inaceptables, pero siguen los bombardeos indiscriminados, matando gente inocente y destruyendo edificios, viviendas, industrias, carreteras…La ley del más fuerte se mantiene. El negocio de la muerte sigue produciendo beneficios a los inescrupulosos. No hay tregua para la razón, para el diálogo y para la inteligencia que conduzca a la paz.
Peor aún. Surge un señor que asume la Presidencia de la mayor potencia mundial, Estados Unidos, y que se cree con el derecho de convertirse en el dueño del mundo. Utiliza un lenguaje procaz y violento, realiza acciones prepotentes, desmesuradas, inaceptables en pleno siglo XXI. Eso no es lo que todos pensamos, en cuanto a que la especie humana está avanzando en conquistar mejores condiciones de vida para todos. Donald Trump no representa la inteligencia que el ser humano presume en los tiempos actuales. Ha venido a romper la estabilidad que nos permitía avanzar y desarrollarnos en un sentido mucho más positivo. Todo lo quiere imponer mediante la fuerza de las armas, abusando de su poder militar. No de un razonamiento lógico, ni del avance del progreso social que nos corresponde.
Lo señalé hace un año y lo mantengo hoy: la ética y la moral humana están puestas a prueba en los tiempos que corren. Por lo tanto, es imposible permanecer en silencio y observar con pasividad tanta barbarie.
La Humanidad necesita recordar el verdadero sentido ético y moral de la realidad que merecemos vivir los seres humanos. Debemos descartar definitivamente la violencia como solución de los conflictos. La confrontación permanente, sin intercambiar ideas y razones, sólo nos lleva a la auto destrucción de nuestra propia vida.
Todo eso nos lleva a un retroceso en el desarrollo de las sociedades.
Debemos recapacitar y recuperar nuestro sentido común, nuestra ética, nuestra moral, porque el verdadero espíritu de la acción humana transita por los derroteros de la comprensión, del entendimiento y de la paz, con inteligencia, con progreso, con verdadera solidaridad social.


