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    ¿Perdió Chile su rostro y su alma?

    ¿Perdió Chile su Rostro y su Alma? Trauma, desapego y la crisis moral de una Nación
    La sensación de que un país «camina sin alma«, donde la utilidad reemplaza a la dignidad y el otro es visto como una amenaza o un desecho, no es solo un problema económico o político. Es, en su núcleo más profundo, la manifestación de un trauma psicosocial no resuelto.

    Este artículo propone que la deshumanización observable en dinámicas como el clasismo, la explotación laboral y el abandono de los vulnerables es la proyección a gran escala de heridas psicológicas individuales y transgeneracionales. Integrando los marcos del psicoanálisis relacional, la teoría del apego, la psicotraumatología de Franz Ruppert y Bessel van der Kolk, y la Teoría Polivagal de Stephen Porges, exploramos cómo un modelo social que prioriza el rendimiento sobre el vínculo reproduce y agrava la «tríada fatal» del trauma temprano —no ser deseado, no ser amado, no ser protegido— a nivel colectivo. La paz social auténtica, por tanto, no llegará con meros ajustes técnicos, sino con un proceso de sanación colectiva que parta por reconocer estas heridas y reconstruya, desde la neurobiología de la seguridad, nuestra capacidad de vernos como iguales dignos de cuidado y respeto.

    Hay países que se extravían sin estruendo, no con un derrumbe, sino con un lento y sigiloso desprendimiento del alma. Este viaje hacia la oscuridad comienza cuando se normaliza una fractura interna: la capacidad de endurecer la mirada ante el sufrimiento ajeno, de dejar de sentir la culpa que nos recuerda nuestra humanidad compartida. Cuando esta fractura se institucionaliza, la maquinaria social funciona con una eficiencia aterradora, exigiendo sacrificios humanos como si la sangre ajena fuese el lubricante indispensable de un progreso vacío.

    Algo de esto le está ocurriendo a Chile. Pero para comprenderlo en toda su profundidad, debemos ir más allá de la crítica política y económica y adentrarnos en la psique individual y colectiva. Las políticas neoliberales, presentadas con la frialdad de una ciencia exacta, han instalado algo más que un modelo económico: han normalizado una moral del trauma. Es la moral de quien, habiendo internalizado que su valor depende únicamente de su utilidad y obediencia (estrategias de supervivencia ante un cuidado contingente), proyecta ese mandato sobre toda la sociedad. Las personas valen mientras producen, mientras no cuestan demasiado, mientras se ajustan a la norma. Después, el sistema —o lo que va quedando de él— las empuja al borde, en una recreación macroscópica del apego evitativo: se evita la dependencia, el costo emocional, la vulnerabilidad del otro.

    Los inmigrantes experimentan en carne propia esta dinámica traumática. Durante la cosecha, son necesarios con devoción; fuera de ella, son tratados como intrusos. Esta “doblez ordenada” no es solo hipocresía. Desde la Teoría Polivagal, el inmigrante es percibido por el sistema nervioso social como una señal de novedad y posible amenaza (neurocepción), activando respuestas defensivas de lucha/huida (simpático) o de rechazo (vagal dorsal). Se le quiere como recurso, pero se le teme y rechaza como persona plena. Esto refleja una profunda incapacidad para la mentalización —la habilidad de ver al otro como un ser con mente propia, con una historia y dignidad intrínseca—, dañada precisamente por experiencias tempranas de desamparo y desconfianza. La utilidad reemplazó a la dignidad porque, en algún lugar de nuestra historia colectiva, muchos internalizaron que su dignidad también era condicional.

    Con los adultos mayores, la lógica se vuelve kafkiana porque toca la herida más primaria: la del vínculo intergeneracional roto. Después de una vida de sostener al país, se les exige producir más porque “vivimos más”. La vejez, que debería ser un lugar de sabiduría y gratitud, se transforma en una cifra molesta. Esto es la expresión social de lo que Franz Ruppert identifica como el trauma del amor: la experiencia de no ser amado incondicionalmente, sino solo por lo que se puede dar. La longevidad se vive como una carga porque, en un sistema regido por estrategias de supervivencia traumática, la dependencia y la necesidad son percibidas como defectos intolerables, ecos de una propia infancia donde el cuidado fue escaso o condicionado.

    Y cuando la vida humana se vuelve demasiado costosa, emerge el concepto más desnudo y cruel: grasa. Grasa son los trabajadores cansados, las pymes endeudadas, los jóvenes pobres que no rinden según estándares abstractos. Esta categorización no es económica; es disociativa. Permite separar cognitiva y emocionalmente a un grupo de personas, verlas como “no-yo”, como restos sobrantes de un proceso de producción. Es el mismo mecanismo de defensa que permite a un superviviente de trauma aislar (disociar) las partes dolorosas de su experiencia para poder funcionar. A nivel social, esta disociación colectiva es el caldo de cultivo de la injusticia.

    La banca y su trato diferencial entre grandes y pequeños actores desnudan otra dinámica traumática: la identificación con el agresor. Las grandes empresas, percibidas como fuertes y exitosas, reciben un trato indulgente (como el niño que busca el favor del padre abusivo por seguridad), mientras que los pequeños son sometidos a la humillación (reproduciendo el rol de víctima). El sistema fue construido para sostener a los “fuertes” aunque caigan, una dinámica perversa que recuerda a los vínculos familiares traumatizantes donde el abusador es protegido y la víctima, culpabilizada.

    Nada, sin embargo, revela con tanta crudeza la enfermedad moral como el racismo y clasismo estructural. No siempre estalla en gritos; opera como un veneno que se desliza bajo la piel, una condena silenciosa. Este es el terreno del trauma de identidad colectivo. Hay un Chile que mira a otro Chile como si perteneciera a una especie distinta. El racismo activa respuestas neuroceptivas de miedo ante la diferencia (un tono de piel, un acento), respuestas que están sobredimensionadas por historias transgeneracionales de violencia, conquista y exclusión no procesadas. El clasismo es la estrategia de supervivencia perfeccionada: distingue por apellido, barrio o colegio para crear una ilusión de seguridad y pertenencia, excluyendo a otros para no sentirse uno mismo excluido. Es un “orden” tácito que santifica la desigualdad, un sacramento oscuro de un culto traumático donde el mérito individual es un mito que oculta el determinismo del origen.

    Los niños y jóvenes del mundo popular viven una vida escrita antes de que pudieran imaginarla. Se les pide mérito, esfuerzo y disciplina, como si todos partieran de la misma línea. Pero algunos parten descalzos, con su sistema nervioso ya marcado por el estrés tóxico de la pobreza y la inseguridad, mientras otros viajan desde la cuna en vehículos blindados por el privilegio. Esta desigualdad no es una falla del sistema; es su columna vertebral. En el lenguaje del trauma, el modelo necesita la desigualdad para crecer porque se alimenta de la misma dinámica de poder y sumisión que caracteriza a las relaciones de apego inseguro y abusivo. Los sueños también tienen dueño, porque la capacidad de soñar y proyectarse con libertad es un lujo neuronal que requiere de una base segura, de un apego seguro que millones nunca tuvieron.

    Así se forma un país donde el sufrimiento ajeno deja de doler, donde la injusticia se vuelve paisaje. La moral pública se disuelve como tinta bajo la lluvia porque el consenso social se ha construido sobre la negación colectiva del dolor propio y ajeno. Como bien intuía Dostoievski, la mezcla espesa de culpa y soberbia, la certeza íntima de que la injusticia no es un accidente sino el cimiento, revela una conciencia escindida. Todos lo saben. No pueden admitirlo, pero lo saben. Porque una sociedad que necesita despreciar para poder funcionar es una sociedad que ha comenzado a devorarse a sí misma, repitiendo en grande el ciclo de abuso y auto-abandono que muchos viven en su psique individual.

    Un país donde solo pierden los débiles no es un país: es una coartada colectiva, una estrategia de supervivencia masiva para no enfrentar el terror primordial a la desprotección. Un país que exige sacrificio a los pobres y blindaje a los poderosos ha renunciado a la justicia porque ha renunciado a la capacidad de empatía y co-regulación, funciones que solo florecen en un sistema nervioso que se siente seguro. Y un país que renuncia a la justicia empieza a caminar, lentamente, hacia su propia destrucción moral.

    Porque ninguna estadística puede justificar la crueldad. Ningún tecnicismo puede borrar el rostro del que sufre. Ningún modelo económico puede reemplazar el deber elemental de reconocer al otro como un igual, un deber que es, en esencia, neurobiológico: la activación de nuestro sistema de compromiso social (vagal ventral) ante la mirada de un congénere.

    Por eso, esta discusión trasciende lo económico y lo político. Es algo más antiguo, más humano y más grave: una batalla por el alma del país. Y esa alma está hoy secuestrada por quienes, desde sus propias heridas de identidad y sus estrategias de supervivencia desconectadas, confunden riqueza con virtud y éxito con mérito, sin mirar jamás la sombra que proyectan: la sombra larga del trauma no resuelto, del apego quebrantado, del miedo que se viste de poder.

    La salida de este laberinto moral no está en un nuevo manual de políticas públicas, sino en un proceso colectivo de sanación. Requiere crear, desde lo micro a lo macro, entornos de seguridad neuroceptiva donde podamos bajar la guardia. Implica, como sociedad, hacer el duelo por las heridas históricas y transgeneracionales, reconocer a los excluidos y reintegrar lo disociado. Exige una educación y una salud informadas sobre el trauma, que prioricen la regulación emocional y el vínculo seguro sobre el rendimiento ciego. Solo restaurando nuestra capacidad individual y colectiva de mentalizar —de ver con curiosidad y compasión la mente del otro— podremos desmontar la arquitectura de la deshumanización.

    La verdad que corroe por dentro si no se dice es esta: no nos faltan recursos naturales, energía para trabajar ni inteligencia, nos falta seguridad relacional. Y construirla es el acto político más revolucionario y urgente. Es reconectarnos con la simple verdad biológica de que, como mamíferos sociales, nuestra supervivencia y nuestra paz dependen, última e ineludiblemente, de nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros.

    Humberto Del Pozo López, Magister en Psicología (UNAM) y Magister en Economía (UCL)

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