En “Grandeza” Andrés Manuel López Obrador desmonta la Conquista: como un “crimen de lesa humanidad” contra pueblos nobles y un legado tóxico de avaricia y dominación.
El expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador ha lanzado su nuevo libro, Grandeza (Planeta, 2025), donde repasa la llegada de los conquistadores españoles a América. Su obra, de más de 600 páginas, llega en un momento de posible distensión entre México y España, tras años de hostilidad diplomática originada por su exigencia, siendo presidente, de una disculpa de la Corona española por los abusos de la Conquista. Aunque la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, había recibido con beneplácito el reciente reconocimiento español de “dolor e injusticia”, el libro de López Obrador reintroduce con fuerza su tesis central: la Conquista fue una invasión violenta, un “exterminio o crimen de lesa humanidad” y una “gran tragedia que no dejó nada bueno, o casi nada”.
López Obrador escribe que este proceso, lejos de traer justicia y progreso, “significó desdicha, corrupción, estancamiento y retroceso”, una opresión bárbara movida por el “hambre de oro”. Sin embargo, una lectura más profunda del evento histórico, enriquecida con los marcos teóricos de la antropóloga Rita Segato y el psicoterapeuta Bert Hellinger, así como con la larga historia del patriarcado, revela que la violencia de la Conquista no fue un hecho aislado, sino la expresión tardía de un paradigma de dominación de al menos 4500 años.
Hace aproximadamente 4500 años, la doma del caballo, el desarrollo del carro de guerra y las armas de bronce otorgaron a estos pueblos una capacidad bélica sin precedentes. Imponiendo su modelo jerárquico, guerrero y patriarcal, invadieron y suplantaron en Eurasia las antiguas sociedades gilanicas (término de Riane Eisler para culturas matrifocales, igualitarias y pacíficas). Este paradigma estepario basado en la omnipotencia masculina, la jerarquía rígida y la propiedad sobre las mujeres y la tierra, es el sustrato cultural que, tras milenios de evolución, llegó a América con los españoles. Para Segato, este evento encarna la “pedagogía de la crueldad” del mandato de masculinidad patriarcal, que transforma los cuerpos en territorios de conquista. La violencia de los conquistadores no fue meramente instrumental, sino performativa: un ritual para afirmar esa soberanía masculina y guerrera. López Obrador apunta directamente a los autores de esta invasión: los reyes españoles, a quienes describe como “aficionados a las guerras, ostentosos, derrochadores e ineptos”, situándolos “entre los peores gobernantes en la historia de la humanidad”.
El expresidente describe a los pueblos mesoamericanos como comunales, fraternos y ajenos a la avaricia, donde no existía la propiedad privada, el lucro, la esclavitud asalariada ni la corrupción. “Los bárbaros eran otros, no los indígenas mexicanos”, asienta, desmontando lo que llama “una propaganda maliciosa” —como las acusaciones de canibalismo— para justificar el despojo. Desde la perspectiva de Hellinger, estas sociedades, con raíces posiblemente en aquellos antiguos órdenes matrifocales o gilanicos, funcionaban bajo “órdenes del amor” más equilibrados. La Conquista representó una ruptura catastrófica de estos órdenes sistémicos. La imposición violenta de un nuevo “clan” (la Corona, la Iglesia, los encomenderos) creó lo que Hellinger identificaría como enredos y exclusiones masivas. Los indígenas asesinados, esclavizados y marginados se convirtieron en “miembros excluidos” cuyo trauma histórico persiste.
Al equiparar la Conquista a “un exterminio”, López Obrador describe un proceso donde murieron tres millones de habitantes indígenas. Segato diría que esto fue el etnocidio y epistemicidio necesario para instalar un régimen de género colonial. La crueldad —epidemias, hambre, matanzas— no era un exceso, sino el método para desarticular el mundo simbólico indígena y reemplazarlo por uno donde la verticalidad patriarcal y la economía de la deuda fueran naturales. López Obrador detalla cómo el saqueo extremo de oro y plata no trajo prosperidad a América ni a las clases bajas españolas, sino que fue derrochado por una élite “desalmada y corrupta”. “Es quizá esta desmedida ambición o avaricia (…) una de las peores herencias que nos dejaron los invasores españoles”, afirma.
El expresidente también deplora la impunidad histórica de los responsables (“ningún rey, papa católico, virrey o arzobispo haya sido enjuiciado”) y el desprecio simbólico de la metrópoli, que nunca dignó visitar sus colonias. Sin embargo, celebra la tenaz resistencia indígena, esa “lucha de supervivencia” basada en un “sincero amor por la libertad” que los llevó a refugiarse en los montes antes que someterse. Esta persistencia es, desde la óptica teórica, la resistencia de lo comunitario-femenino (en sentido político) frente al mandato de verticalidad patriarcal esteparia.
Finalmente, cuando López Obrador afirma que la democracia auténtica prehispánica era “la que se practica abajo”, vislumbra la memoria de un equilibrio sistémico quebrantado. Su reclamo, por tanto, trasciende la mera crítica histórica. Es un cuestionamiento, aunque intuitivo, a un orden mundial instaurado hace 45 siglos sobre los caballos domados de las estepas, y que encontró en la Conquista de América uno de sus capítulos más devastadores. Grandeza resuena así con la necesidad de desmontar el mandato de violencia (Segato) y de incluir a los excluidos para sanar constelaciones sociales rotas (Hellinger). La “grandeza” que invoca podría ser la memoria de un tiempo anterior a la omnipotencia guerrera y la posibilidad de restaurar un equilibrio basado en los valores comunitarios que, según el expresidente, aún perviven como reserva ética del pueblo mexicano: el trabajo, la honestidad, la creatividad y la fraternidad.
Humberto Del Pozo López, magister en economía (UCL) y magister en psicología{ (UNAM)


